Inicio Columnas Opinión | Todos debemos ser felices, nadie debe sufrir I Isabel Rosas...

    Opinión | Todos debemos ser felices, nadie debe sufrir I Isabel Rosas Martín del Campo

    Por Isabel Rosas Martín del Campo

    Que difícil resulta asumir y superar las culpas. Sin darnos cabal cuenta de que para lo único que sirve la culpa es para hacernos retrógradas, vivir eternamente en un tipo de pasado que te obliga a vivir a destiempo como si se hubiesen detenido las horas del reloj y hubiéramos quedado paralizados a un solo instante.

    O como si un tipo de audio repitiese una y otra vez las últimas palabras, hasta taladrarnos el cerebro y caer muertos de desesperación más que de desesperanza.

    Nietzsche en su escrito “Más allá del bien y del mal” es crudo para decir lo que dice porque sus ideas no parten de las buenas voluntades sino de la voluntad que cuesta trabajo enfrentar: la Voluntad como acción en concreto y en presente, la que no permite paralizarnos ni por miedo ni por valientes.

    El filósofo nos hace reflexionar en la pregunta: “¿qué cosa existente en nosotros es lo que aspira propiamente a la “verdad?” y, entrecomilla verdad, como si este concepto lo pusiese en tela de juicio.

    Puesto que a lo que verdaderamente aspiramos es a la “no verdad”. Pues resulta que el valor de la voluntad exige preguntarnos si es la verdad la que se planta frente a nosotros o, somos nosotros quienes nos plantamos delante de los problemas intentando ocultarla, para resolverlos con la no verdad.

    El riesgo de enfrentarse a la verdad

    Pues no hay un riesgo mayor para el hombre que enfrentarse a ella, a la cual inevitablemente le sigue la voluntad. Una consecuencia de una verdad afrontada o, la voluntad como una mera idea que podría llegar a ser si, realmente nos superásemos a sí mismos.

    Continúo con “más allá del bien y del mal” porque comenzaré a entrar en terreno difícil para una sociedad que piensa que todo está en control, y que todos debemos ser felices y que nadie debe de sufrir, como si la felicidad y el sufrimiento fuesen seres en eterna lucha, en vez de entenderse como fuerzas opuestas que nos dan equilibrio y balance para aceptar por qué, de pronto, el sufrimiento puede ser duradero mientras que la felicidad es instantánea, casi orgásmica.

    Y es que estamos empeñados en engañarnos. La verdad del engaño, la verdad del error o la verdad del egoísmo no suelen ser bienvenidas en la mente y en la conciencia de cada humano. Esto supondría saberse imperfecto, aunque paradójicamente si de religión se trata la imperfección es parte del dogma a seguir.

    Esto significa que para ser bueno y alcanzar la gracia eterna, tenemos que aceptar que somos infinitamente pequeños ante ese dios que todo nos lo da a su voluntad a pesar de la nuestra. En cambio, pensarnos imperfectos ante nuestros pares es algo casi insoportable de aceptar, al punto de llegar a una horrible “confusión de delirio y deseo”, ante este mundo que nos inventamos y acomodamos a nuestro albedrío: pasajero, seductor y engañador.

    El remedio del problema

    El mundo se enferma y, al mismo tiempo se cura. El problema es el remedio no la cura, pues son varias y distintas “las exigencias fisiológicas a conservar una determinada especie de vida”.

    Y como Nietzsche, lo expone claramente en su ensayo, el riesgo mayor seguirá habiéndolo mientras el hombre continúe siendo “la medida de todas las cosas”.

    La cultura humana ultramoderna secuela de la sociedad moderna nos dejó evidentes condiciones para una vida que navega, se ahoga y nada dentro de una invasiva “no verdad”: una fácil, sin riesgos y sobre todo sin culpa. Por supuesto, esto coloca a las realidades humanas “más allá del bien y del mal”.

     

    Te puede interesar: Premio Pritzker de Arquitectura, premia a la ARQUITECTURA AUSTERA /Anne Lacaton y Philippe Vassal I Isabel Rosas Martín del Campo

     

    Isabel RosasIsabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura. Vive en Cancún desde hace veintiocho años.