Por Isabel Rosas Martín del Campo
¿Cuándo dejamos de ser niños y por qué el sistema nos obliga a claudicar ante esa naturaleza? Más allá del desarrollo biológico que marca el tránsito a la pubertad, existe una «conciencia infantil» que representa, quizás, la etapa más inteligente del desarrollo cognitivo humano.
A diferencia del adulto, cuya inteligencia se mide por la acumulación de datos, la del niño radica en su capacidad inmanente de asombro; es una inteligencia que no reside en lo que sabe, sino en la libertad absoluta para preguntarse aquello que no sabe que ignora. ¿No mereceríamos todos ser comprendidos desde esa facultad de absorber el mundo sin el menor temor?
Sin embargo, el sistema educativo y social opera desde la ignorancia del adulto, no desde la inteligencia del niño. Bajo el pretexto de la «madurez», se adoctrina al infante para recrearlo en la incompetencia, enterrando sus facultades naturales bajo estructuras rígidas y obsoletas. Cuando un niño sobresale, se le etiqueta como «superdotado», cuando en realidad solo está ejerciendo la capacidad cognitiva que nos es propia a todos antes de ser castrados por un sistema estandarizado.
¿Es realmente un halago llamar a alguien «niño» por su vivacidad, si al mismo tiempo lo despojamos de su reconocimiento como sujeto intelectual? Y es que el niño es el ser más inteligente en estado natural porque es el único que habita el asombro puro. El adulto «sabe» (o cree saber) y, al saber, deja de buscar, al mismo tiempo que despoja al niño de ese estado latente. Como si hubiese olvidado ¿qué es ser niño?
Hoy, el «Día del Niño» se ha transformado en un ritual de consumo donde el regalo es, paradójicamente, una herramienta de atrofia. ¡Celebremos el DÍA DEL NIÑO!, regalándole juguetes para idiotas o dispositivos de última generación que lo convierten en un receptor pasivo, un ser que solo mueve el dedo índice frente a una caja de Pandora digital que succiona su capacidad de descubrimiento. Para que deje de explorar el mundo físico y no genere sus propias sinapsis a través del error y el juego, a cambio, démosle la pantalla, la entrega de una realidad predigerida y alterada. Al cabo, al «entretener al niño» (que significa tener entre, detener), le quitamos el tiempo necesario para el aburrimiento, que es la antesala de la creatividad y la reflexión profunda.
¿Cómo no esperar que el mundo esté de cabeza si hemos sustituido el pensamiento complejo y la curiosidad radical por la anestesia de lo insulso?
Dejamos de ser niños cuando permitimos que la «seriedad-adulta» del sistema sustituya al juego, que es el método de aprendizaje más sofisticado que existe. El mundo lo hacen los humanos, pero son los niños quienes poseen la clave para reconfigurarlo. Si no rescatamos esa inteligencia que habita en la pregunta infinita, seguiremos siendo adultos incoherentes que, en su afán de «educar», terminan por aniquilar la capacidad de asombro de la especie. Al final y al principio el mundo de adultos lo hacen los adultos; los niños son solo niños…




















