El consumo de drogas sintéticas va en aumento en el sur del Estado, lo que ha causado un problema de salud pública e, incluso, muertes por sobredosis.
La presencia de niños trabajando sigue siendo una postal en la zona cañera. Sus padres los llevan para obtener mayores ingresos.
Ricardo Hernández
No pasan las seis de la mañana de un domingo y Adrián ya está de pie: con la cama perfectamente tendida, mientras sus dos amigos de ocasión con los que gastó el día anterior están aún borrachos.
Uno de ellos no pasa los 20 años y de lo alcoholizado que está no se le entiende nada de lo que habla. Solo nos sigue a todos lados e interrumpe la plática con risas que suelta a destiempo, como apenas entendiendo lo que se dijo hace 10 minutos. Y el otro es un adulto mayor, flaco sucio medio ido: la mano derecha fracturada por una caída de hace horas, desatendida, aún morada e hinchada. Y en la zurda una botella de Caña Real de 27% de alcohol que se sigue empinando.
Los tres suelen reunirse a diario para consumir alcohol y otras sustancias psicoactivas para paliar la soledad y el cansancio de la jornada en el campo. Los tres son migrantes que llegaron a trabajar en la zona cañera de Quintana Roo, uno de los puntos de mayor producción de azúcar del país, ubicado en el último y olvidado rincón del sureste mexicano, donde el consumo de drogas sintéticas va en aumento, lo que ha causado un problema de salud pública e, incluso, muertes por sobredosis, sin ninguna autoridad que intervenga a manera de prevención o de atención.
De los tres hombres, el de la cama perfectamente tendida: Adrián Antonio López Duarte, de 47 años y originario de Flores, Guatemala, es un caso peculiar, por haber llegado sin familia, completamente solo. Asegura haberse desenganchado de la metanfetamina a tiempo y, a diferencia del resto de jornaleros de por aquí, que regresan a sus lugares de origen al término de la cosecha, lleva viviendo una década en el mismo cuartucho que le asignaron desde que llegó y que ahora llama hogar.
Una de las principales actividades del Estado

La zona cañera de Quintana Roo se compone de catorce ejidos agrícolas que se extienden por casi 100 kilómetros en la frontera con Belice. De acuerdo con datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), ocupa una superficie cercana a las 35,000 hectáreas. Toda esta área antes era selva media y baja, parte de lo que se considera el segundo macizo forestal más importante del continente, sólo después de la Amazonía. Aquí se produjeron 1.2 millones de toneladas de caña de azúcar, que luego se procesaron para conseguir azúcar estándar y composta. Las ventas de esta industria se calculan en 1,500 millones de pesos anuales y los empleos generados ascienden a los 30,000, lo que la convierte en una de las principales actividades del estado, después del turismo y la construcción.
El trabajo aquí se divide en dos temporadas. La primera es para hacer todo para que la caña de azúcar vuelva a brotar. Y la segunda, conocida como zafra y que va de noviembre a junio, es para la cosecha. Al año se requieren cerca de 3,000 cortadores de caña que migran desde otros estados de la República como Chiapas o Oaxaca, principalmente, o desde países vecinos como Guatemala y Belice. La mayoría son indígenas tzeltales, tzotziles, zapotecos, mayas, mames, huicholes, tlapanecos, chinantecos, coras, según la antropóloga Martha García Ortega, investigadora de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), que lleva años estudiando la zona cañera. Cada cortador llega con extensas familias, de hasta 15 integrantes, que también son la base de esta industria, porque los hijos, de manera ilegal cuando son menores, también acuden a cortar caña, mientras que la esposa y las hijas se quedan a cargo de los cuidados y de los trabajos del hogar.
Desde Guatemala a la soledad

Sin embargo, Adrián Antonio López Duarte, el de la cama perfectamente tendida, llegó solo. Adrián es alto, la barba y la cabeza, afeitadas. El día en que lo conocí llevaba el torso desnudo que deja ver lo bronceado que está, pues se le marca la forma de una camisa de tirantes. Los brazos, como todos aquí, gruesos, mucho más en los antebrazos por la fuerza que hacen al sostener el machete con el que cosechan. Y el pantalón de gabardina lo ajusta con un cinturón que dice Tommy Hilfiger, pero en la hebilla tiene la silueta de un caballo bronco. Adrián tiene la voz grave, habla atropellado, como entusiasmado, con palabras que revuelve y frases cortas, caóticas, que en seguida reformula y que deja caer como en carrete. Dice que salió de Guatemala porque las pandillas empezaron a hacerle la vida imposible, hasta que un buen día se hartó: “Y entonces por eso en una peda decidí salirme para Belice”.
No era la primera vez que iba al vecino país. Era común que él y otros tantos cruzaran la frontera para trabajar. Pero aquella vez fue definitiva. Estuvo dos años en la pizca de naranja y la cosecha de caña de azúcar en Belice, pero no le terminaba de convencer. En una de las jornadas de cosecha unos compañeros le dijeron de lo fácil que es cruzar a México, le dieron indicaciones y a los pocos días partió.
“Me vine solo. Llegué a (San Francisco) Botes. Pregunté: ¿aquí ya es México? Me dijeron que sí. ¿Por dónde están los albergues donde uno se puede quedar a vivir a cortar caña? Y me dijeron”, recuerda Adrián.
“… checa ahí cuál cuarto, agarra uno, aquí es tu casa, bienvenido, hermano.”
Por el Río Hondo
Para llegar tuvo que cruzar en lancha el delgado río Hondo, frontera natural con Belice. Y luego caminar un poco hasta los inmensos campos de monocultivo que se abren a partir de ahí. Llegó con 33 años a San Francisco Botes, una de las 14 comunidades cañeras de Quintana Roo, pero también, uno de los puntos de mayor contrabando del sureste: tráfico de migrantes, mercancías, armas y droga. Caminó hasta la vecina comunidad de Cacao, donde se empleó para la zafra. De inmediato percibió la hospitalidad del mexicano.
“Me ofrecieron una chela. Antes de la chela me dijo un cuate: ¿ya comiste?, me preguntó. “No, traigo unhaaambre de perro le dije yo. Calmado, ahorita te doy de comer, me dijo. Me invitó a comer y luego chelas y todo. Me dijeron: checa ahí cuál cuarto, agarra uno, aquí es tu casa, bienvenido, hermano. Y ahí me di cuenta de cómo existe una canción, desde que era niño en Guatemala la escuchaba, que decía ‘Como México no hay dos’”, cuenta.
—Y para la contratación, ¿no tuviste problemas con tu patrón por los papeles? —pregunto.
—No, son tan buena onda: “Fírmale acá. No pasa nada. Vamos a sacar una constancia de que vives acá desde hace varios años. Te hace constar como mexicano”.
—O sea, que te falsificaron un acta de nacimiento mexicana…
—Me pusieron como Veracruz. Veracruzano. Desde que llegué a México no deseo regresar a Belice ni ir para allá a los Estados Unidos. Ya no tengo el sueño americano. Aquí siento la paz que buscaba.
La palabra, el trabajo forzoso de 15 horas
El contrato de los cortadores es de palabra. El acuerdo consiste en que, mientras dure la zafra, toda la familia puede vivir en las galeras, que son los diminutos cuartos al pie de la carretera, de una sola pieza, sin ventanas, techo de lámina, sin ningún mueble, objeto o adorno. Se les paga 60 pesos por cada tonelada de caña de azúcar cortada que se salda el fin de semana. Solo se les proporciona un machete y ningún equipo de protección.
La migración motivada por pobreza, los apalabramientos y los pagos por destajo son prácticas que pueden ser señal de trabajo forzoso y que mantienen en una situación vulnerable al trabajador, de acuerdo con Tania Carol, senior de la oficina de asuntos multilaterales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Niños con machete

Como el pago es tan bajo, los jornaleros suelen trabajar más de 15 horas, a veces seguidas, otras divididas entre el día y la madrugada, cuando el sol caribeño no castiga tanto. Así intentan conseguir lo suficiente para mantener a la familia. Eso explica también que lleven a sus hijos hombres al campo a trabajar para obtener mayores ingresos. El cansancio y el estrés por llegar a un salario que alcance para comer orilla a los jornaleros a consumir todo tipo de drogas, sobre todo alcohol, marihuana y, desde hace pocos años, la metanfetamina. En los recorridos hechos para este reportaje en cinco comunidades se vio fumar sustancias psicoactivas e ingerir bebidas desde bien temprano hasta la madrugada.
“…la marihuana yo la he observado que es natural y te da hambre, pero hay otras sintéticas que te dan energía, te dan energía y no te duele nada”.
Marihuana y drogras sintéticas
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Adrián explica la dinámica de trabajo y por qué es común que los trabajadores recurran a las drogas. “A los encargados de cada campo les llaman cabos, algo parecido. Ellos te explotan mucho. Porque, para que te jales bien con él tienes que cortar duro. Tienes que trabajar durísimo… a los mejores cortadores sí los quieren. Pero en el corte de caña si tú dices: yo no quiero maltratar mi cuerpo, porque entre más duro lo trato más me estreso y más lastimado me siento, entonces, voy a cortar despacio. Entonces, el cabo pasa checando y dice: ¡SÁCATE!. No le gusta. Para que el cabo te quiera tienes que cortar todas las gavillas (conjunto de plantas de caña) y otra y otra y otra. Entonces, por eso a veces se consume hasta droga para aguantar. Es lo que consume la banda, consume droga. Y no solo marihuana, sino otras sintéticas. Porque la marihuana es más natural. Mis respetos. Porque la marihuana yo la he observado que es natural y te da hambre, pero hay otras sintéticas que te dan energía, te dan energía y no te duele nada. Y rindes. Y rindes. Pero te quita el hambre. Y entonces por eso los ves bastante degradados. Te quita el hambre, pero sí hay algunos que ya la controlaron”, dice Adrián.
Él mismo tuvo que consumir marihuana para paliar el hambre y el dolor muscular, y después, cocaína y metanfetamina (cristal) para aguantar la jornada.
“No todos controlamos la droga. Probé la marihuana y los efectos me gustan mucho. Yo quedo bien relajado, bien relajado, pero cuando ya fumo marihuana me siento tan relajado que digo: ahorita no quiero trabajar, quiero estar así como, como alucina mucho. Con la marihuana siento que puedo imaginar, que puedo tener algo que deseo. Algo que deseo, por ejemplo, bien marihuano, bien marihuano, imaginaba que podía yo casarme con una hermosa mujer. Hasta andábamos en un coche. Fantasías. Por eso me decían los cuates: órale unos tanques, pero yo decía allá en la casa, en el camino, porque la marihuana le rompe la madre al estrés”, dice Adrián
“La metanfetamina la probé y sí, no me duele nada y también sentí ganas de TA’-TA’-TA’, pero ¿comer? No, no quiero comer. No quiero comer. Y cuando llego a la casa y quiero dormir, no puedo. Entonces veía que se me estaban yendo los ojos para adentro. Los efectos se sienten sabrosos. Y sí me gustó. No me duele nada, nada, nada. Pero no puedo dormir ni comer. Hay uno en los campos que carga marihuana y de repente saca una bolsita de cristal. Tiene gran poder, eh. Mis respetos. Yo he probado varias drogas. Pero vi que no las domino bien porque de alguna forma no me funcionan bien. Pero mis respetos para el cristal, eh. Poquitito. No más jalas poquito. Probé la cocaína, pero se necesita mucho. ¡Snif! Pero ese cristal tiene un gran poder. Esa droga. ¡Sinf! Porque, mira, jalas. ¡Sniif!. Se siente bien chingón. Ahorita casi no sientes nada, pero conforme van pasando los minutos, como a los 20 minutos, sientes que viene el efecto. Mira, no tengo nada de flojera de caminar y puedo caminar para donde sea, voy contento. Te da emoción. Te da energía. Activo. Andas contento. Nadie va a andar enojado si consumió cristal. Y le va a dar energía”, prosigue.
La segunda parte del reportaje especial se publicará el próximo viernes.




















