De acuerdo con los testimonios proliferan las pistas clandestinas en el Sur del Estado, provenientes del cono sur con destino al resto del país, Estados Unidos y Europa.

Ricardo Hernández

La zona cañera de Quintana Roo es conocida desde hace décadas por ser un punto clave para el trasiego de drogas. Aquí proliferaron –y siguen– las pistas clandestinas donde aterrizan avionetas cargadas de droga proveniente del cono sur con dirección al resto del país, a Estados Unidos o Europa.

“Es un punto importantísimo, sobre todo, por el paso de drogas. O sea, es difícil de exagerar porque es por donde más pasa (de la frontera sur), tanto por mar y por el río Hondo, como por avionetas y también por tierra”, opina en entrevista Carlos Barrachina, integrante del Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt, con amplia experiencia profesional en temas de seguridad nacional, quizá, una de los investigadores que mejor conoce el panorama delictivo de la región.

Carlos Barrachina Lisón

La zona cañera, apunta, también ha sido conocida por el alto consumo de alcohol y marihuana.

“Hay trabajadores que si no les incluyes dosis de marihuana u otra droga, además del salario, no te quieren trabajar…”

Gente alcoholizada o fumando marihuana

“Como la zona cañera es una zona donde la gente que vive ahí tiene dinero, por el tema de la caña, las tierras, la caída de avionetas y todo esto; por eso el consumo de marihuana y del alcohol ha sido bastante importante y hasta normal, de hecho. Cualquier día que pases ves gente alcoholizada o fumando marihuana”, dice Barrachina.

Es tan común el consumo de sustancias que, según José Zacarías, uno de los 3,200 productores de caña de azúcar que hay, en los acuerdos de contratación de trabajadores suelen incluir el suministro de drogas.

“Hay trabajadores que si no les incluyes dosis de marihuana u otra droga, además del salario, no te quieren trabajar. Hay productores que les reparten su droga en los campos para tenerlos contentos”, dice en entrevista Zacarías.

Metanfetamina: segunda droga más consumida

Ahora bien, a partir de 2010 y de manera más marcada desde 2014, las drogas sintéticas comenzaron a ganar terreno en Quintana Roo, según datos epidemiológicos de adicciones de la Secretaría de Salud. En los informes del Centro de Integración Juvenil de Chetumal, consultados por este medio, se lee que el consumo de metanfetamina se disparó con la pandemia. El problema se agudizó tanto que la metanfetamina se colocó como la segunda droga más consumida en el sur de la entidad, superando a la coca y a la piedra, pero por debajo del alcohol.

En la zona cañera, por menos de 100 pesos se puede conseguir una dosis de cristal rosa, azul o blanco, que puede durar uno, dos o tres días, dependiendo el grado de adicción. Esta expansión de sustancias de tipo anfetamínico va en paralelo con las emergencias por sobredosis.

Muerte a los 16 por sobredosis

La Cruz Roja, en su pequeño consultorio que tiene en la comunidad de Álvaro Obregón, donde se localiza el ingenio –la fábrica privada procesadora de la caña de azúcar–, informó que, durante la temporada de zafra, cada semana pueden llegar a atender hasta a tres personas con sobredosis por metanfetamina.

Para intentar contrarrestar los efectos, que van desde la taquicardia hasta fallos cardíacos o convulsiones, se les suministra Propranolol. “Recuerdo que el año pasado uno de ellos murió. Tenía 16 años”, dice Gabriel González, encargado de esa oficina. La Cruz Roja atendió en la temporada pasada al menos 11 casos de sobredosis por metanfetamina. Todos eran jóvenes, trabajadores de comunidades como Palmar, José Narciso Rovirosa, Pucté.

Adrián, el de la cama perfectamente tendida, me comentó que también ha consumido cristal para experimentar en el ámbito sexual.

El cristal: energía de sobra

“El cristal lo he probado así salteado. Por ejemplo, mira, yo descubrí para qué es esa sintética. Mira, es para trabajar o si tú vas a quedarte con una hembra toda la noche. No vas a dormir y tienes energía de sobra para masacrarla. (risas pudorosas). Me di cuenta que es para masacrar una hembra, tener energía y al tiro todo. Claro, si la usas para trabajar puedes trabajar toda la noche. Si la usas con una hembra te alborota el deseo sexual, lo activa. Quisiera comérmela, metérmela en la nariz. ¡Snif! ¡Sniiif! Descubrí: es para tener sexo explícito durante varias horas o para trabajar bastante el químico cristal. Pero es bastante potente. Mis respetos. Es la más poderosa que he conocido”, dice Adrián.

No sabe explicar bien por qué, pero Adrián dice que no se enganchó de la metanfetamina, como todos los demás que conoce y sabe que la consumen. Esboza una respuesta y dice que, quizás, porque él encontró el modo de escaparse de jornadas extenuantes durante la zafra.

“Ya uno quisiera terminar la zafra, ya quisiera que terminara, ya no quisiera ir a cortar uno”

“Yo me he dado cuenta que se parece uno a los vehículos: cuando ya llevan cinco meses los carros de que salen a la caña ¿cómo los mira uno? Ya quedó tirado, se quedó tirado, se descompuso, se le fregó algo, se le descompuso algo, algo se le descompuso. Así somos nosotros, ya uno quisiera terminar la zafra, ya quisiera que terminara, ya no quisiera ir a cortar uno, porque hay veces que uno llega al cañal y la piensa, porque las pegadas están largas, o sea, lo que te dan para cortar al día”, dice Adrián.

Él ha renunciado a emplearse de lleno durante la zafra y mejor participa en la otra temporada, la de siembra, de julio a octubre, cuando se prepara la tierra para que rebrote la caña de azúcar y que requiere de muy pocos trabajadores: chapeadores para eliminar la vegetación que crece entre y alrededor de las varas dulces.

“Está bien mal pagado»

“Existe otro trabajo que no es la zafra; que es la siembra. Aquí pasan (en carro) unos patrones. ¡Bip! ¡Bip! ‘¿Vas a ir conmigo? Vamos a chapear el cañal’, nos gritan. En esa temporada el cañal está creciendo, las cañas están pequeñas. Hace falta chapear alrededor y eso no cuesta mucho. Solo trabajamos tres horas y te dan 200 pesos. Eso es bastante cómodo comparado con cortar caña”, dice Adrián.

Y durante la zafra Adrián sólo se emplea algunos días o a veces ninguno.  “Este año no me contraté. Le voy a ser sincero, este año no me contraté, como lo hablé con usted, es bien duro y está mal pagado. Yo estoy yendo puro por día, digamos, por día, jornalero. Entonces, es mucho más cómodo, me siento más tranquilo. Y casi no padezco estrés. Bien estresado con tanto horario de trabajo. Bien estresado uno porque estuvo 10-15 horas. Y todos se quejan porque está bien mal pagado”, dice.

Es por eso también que Adrián lleva viviendo aquí casi 15 años: cinco en Cacao, la comunidad a la que llegó, y otros 10 aquí en Pucté, donde sucedió la entrevista.

Adrián invita a conocer su galera, una que sobresale del resto por estar bien cuidada, bien pintada. Quizá sea el único de todos los jornaleros de la región que tiene cama, pues el resto usa hamacas que cargan desde sus pueblitos. Aunque, a decir verdad, es sólo una tabla con una colchoneta encima, sostenida en cada esquina por tambos de pintura. Todo se nota limpio. Tiene un sillón de un lado y un altar a la Virgen María del otro. En la cabecera cuelga una bandera de México. Hay también un perchero con 12 prendas, una bolsa de plástico con croquetas de perro y varias botellas de alcohol, la única droga que no ha podido dejar.

“Ayer no tomé tanto porque quedé con el patrón de ir a cortar caña mañana, pero sí me gusta tomar diario, ponerme pedo. Ese también es el problema, por eso de consumir cerveza, como es muy divertido, no puedo ahorrar. Pero la paz que buscaba la encontré en este lugar”, dice Adrián, que está completamente solo, cuyos únicos tres amigos son el perro callejero que llegó hace unas semanas, el menor de edad ahogado de alcohol que se ríe a destiempo y el viejo con la mano destrozada, que como los otros miles de trabajadores migrantes en la zona cañera se marcharán al terminar la zafra.

El olvido de este, el último palmo de país

La zona cañera se encuentra en el último y recóndito palmo del sureste mexicano. De un lado, la inmensa selva. Del otro, el río Hondo y, poco más allá, Centroamérica. Son pocas las instituciones que llegan hasta acá. Hay un par de unidades médicas, varias primarias, algunas secundarias, pocos bachilleres y apenas una universidad que opera desde en 2022, como parte del programa federal Universidades del Bienestar.

Hay también una oficina de representación de la Fiscalía General del Estado de Quintana Roo. La puerta estaba detenida por una garrafa de agua vacía, el baño alumbrado con una vela a medio consumir, donde había también una barra de jabón usado, un vaso de unicel mordido, con un cepillo de dientes verde y una pasta de dientes chica. Quizá lo más valioso de toda la oficina es el frigobar del fondo y el único aparato de aire acondicionado prendido a 20 grados Centígrados.

La misión es consultar por un evento ocurrido el 13 de marzo de 2023, una manifestación de jóvenes estudiantes, quienes rayaron toda la fachada porque una de sus compañeras fue violada. La furia se desató ese día porque la Fiscalía no abrió la carpeta de investigación por violación, sino por acoso. Gracias a las manifestaciones y la presión de los estudiantes, la autoridad corrigió la página, aunque hasta ahora no se ha solucionado el caso, uno de tantos que se dan en esta zona, donde son comunes las agresiones contra mujeres.

Es difícil conocer el panorama porque, por ejemplo, el C4 no cuenta los casos de violencia contra la mujer en la zona cañera en los reportes que elabora cada trimestre al respecto.

Fuera de ahí, ningún otro ente público cuenta con oficinas aquí, ni el DIF para atender población vulnerable, ni el Instituto Quintanarroense de la Mujer o la Secretaría de Seguridad que podría prevenir delitos y brindar atención victimal, tampoco se ve a Desarrollo Social ni mucho menos Cultura. Quizá las únicas dos instituciones locales con actividad en la zona son Sipinna, con sus brigadas integrales, y la Secretaría Trabajo y Previsión Social que recién inició mesas de trabajo para erradicar el trabajo infantil forzado en los cañaverales.

Ahora bien, los usuarios de sustancias adictivas tampoco encuentran opciones profesionales e institucionales. El Centro de Integración Juvenil (CIJ), la institución dependiente de la Secretaría de Salud, dedicada a la prevención, tratamiento, rehabilitación, investigación científica y formación de especialistas en materia de consumo de drogas, que es la única institución que podría brindarles ayuda, les queda a más de 50 kilómetros. Además, no cuenta con capacidad para llevar servicios a la zona cañera, según confirmó Salvador Aceves Fajardo, ex director de la sede en Chetumal.

Quizá esto explique el subregistro en los datos oficiales. De acuerdo con el último informe disponible, de 2021, del Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones (SISVEA), de la Secretaría de Salud, solo el 1.9% de las personas que llegaron a un Centro de Tratamiento y Rehabilitación No Gubernamental en Quintana Roo refirió la metanfetamina como “droga de impacto”, es decir, aquella por la que acudió el usuario a solicitar tratamiento.

Pero esta versión no cuadra con el testimonio de Adrián, el de la cama perfectamente tendida, o de las otras decenas de cañeros entrevistados. Tampoco con lo que pasa en el único grupo de Alcohólicos Anónimos que hay en la región, ubicado en la comunidad cañera de Álvaro Obregón, donde se encuentra el ingenio donde se procesa la vara dulce, pues la mayoría de los 17 integrantes llegó aquí pidiendo ayuda por su excesivo consumo de metanfetamina, como fue el caso de Jan Carlos.

Una historia de abandono, drogas y el volver a empezar

La finada madre de Jan Carlos Quintana era de Honduras. Llegó, como todos los migrantes de Centroamérica que viven en la zona cañera, cruzando el Río Hondo en una pequeña lancha. Vivió hasta su muerte en Álvaro Obregón, el corazón de esta región, donde se encuentra el ingenio San Rafael de Pucté, construido en 1979, privatizado en 1988 y de donde cada año salen, aproximadamente, 150 mil toneladas de azúcar listas para consumo humano, según la Fader.

El abandono

Es una comunidad agrícola industrial, configurada a partir de las necesidades de esta fábrica que no deja de expulsar humo ni desechos tóxicos líquidos durante la zafra. En el ingenio trabajan 462 obreros, repartidos en tres turnos, que por las noches buscan tugurios donde desahogarse. En uno de ellos trabajaba como fichera la madre de Jan Carlos. Ahí se embarazó dos veces. A los dos hijos, a Jan y a su hermano menor, los regaló con familias diferentes. Aquella herida de abandono arrastró a Jan a las calles, a buscar aceptación y sentido de pertenencia. Lo encontró en un grupo de jóvenes usuarios de drogas, cuando tenía apenas 15 años, según me cuenta, que se lleva a cabo en las inmediaciones del ingenio donde actualmente trabaja como obrero.

La coca

Empecé primero con la marihuana. La amistades. Muchachos de secundaria. Un carrufo de mota te hace sentir feliz, relajado, en el ambiente. En ese momento yo sentía que era ¡ufff! Yo sólo quería encajar en un grupillo. Probaba también el alcohol. Después de eso, a los 16 años, probé la cocaína. Cuando la inhalé dije, no, pues snifff. ¡Asumecha! Te da pa’arriba. Cómo no se va a sentir bien si de la nada de te sientes apagado y ora sí que das un suspiro a la vida y vuelves para arriba, sientes que puedes hacer todo, que nunca te vas a cansar, sientes como una euforia que realmente piensas que nunca se va a acabar, y cuando se acaba, te das otro suspiro y listo, vas para arriba otra vez.

A los 17 empecé a consumir la cocaína en forma sólida: la piedra. La pruebo y es realmente una euforia que no te causa ni la cocaína, ni la marihuana, ni el alcohol. Pero ahora sí es como dicen: como las Sabritas, no puedes probar solo una. Cada vez te dura menos el efecto. Y necesitas fumar cada vez más.

“Criko” y tres días sin dormir

Después de eso estaba muy sonada la metanfetamina, mejor conocida como cristal acá o el “criko”, como lo conocen aquí. Me dicen, “prueba esto”. Es una dosis que, con un suspiro que le des, te dura toda la noche. Y dicen que la curiosidad mató al gato. Y sí. La pruebo, me doy uno y empiezo a llorar, por lo fuerte que es ese tipo de droga. Y me dicen, ahora emparéjate con el otro lado de la nariz.

El alcohol ya no me hacía nada. La piedra tampoco. Le daba cuatro, cinco suspiros y ya no me hacía nada la coca o la piedra. Y decía, oye, coño, estoy gastando mi dinero, cuando puedo comprar una pequeña dosis de cristal, me dura toda la noche y todavía me quedan dos o tres dosis para el otro día.

Entonces, para apretar un poquito más la bolsa y que el dinero dure y me haga sentir bien, pues me doy cristal. Eso, a los 18 (años). Me duraba tres días una dosis. Imagínate, tres días sin dormir, coño. Sintiendo esa euforia pues claro que te sientes demasiado bien, porque dices, coño, tengo suficiente batería para hacer lo que sea.

De 130 kilos a 60

Luego empecé a fumar el cristal y ¡caramba! Una euforia sentía. Y empezaba a fumar, fumar, fumar. Era una persona que pesaba 130 kilos. En cuestión de ¿qué será? En un mes o dos mi peso pasó a los 60 kilos. Era un esqueleto. A los 18 me salí de la casa de la familia que me cuidaba, de la casa de mi mamá, porque a la señora esta le decía mamá. Me fui a vivir a la narcotiendita donde comprábamos la droga, si no mal recuerdo, un mes. Más perjudicador, porque es donde está la mata.

En ese momento, surge la oportunidad de trabajar en la fábrica, en el ingenio, un primo que trabajaba ahí se ofreció a meterme. Muevo cielo, mar y tierra para poder entrar. Dejo de consumir todo para limpiarme. Recuerdo que este cuate me dice que lo intentara. Y le digo que sí. Y paso sin consumir drogas seis meses. Fue curioso, el día de mi cumpleaños me tocó el antidoping para entrar. Y salgo positivo. Por más de cinco meses me desintoxiqué y todo, para que no valiera la pena. No quería ver a mi primo. Le había fallado. Sentí que mi mundo se iba abajo, porque la única oportunidad que tenía, otra oportunidad de vida, la había dejado ir, porque todo lo que sembré lo estaba cosechando.

LSD

Me metí a trabajar a una taquería. Decepcionado, vuelvo a recaer en drogas más fuertes, sintéticas, con LSD, ácidos, me empezaba a meter tachas, muchas, muchas drogas que no conocía, pero que me metía para sentirme mejor por no haber pasado un examen de doping. Caí en un abismo del cual me había costado demasiado salir.

Estuve tan mal que mi mamá biológica me buscó para que dejara las drogas, pero yo le decía que si nunca me cuidó, cómo iba a ser que hasta ahorita se preocupara. Pasa el tiempo y mi mamá biológica fallece. No tenía a nadie, a nadie, nadie. Solo nos tenía a mi hermano y a mí. Yo me hice cargo. Era un lunes 13. Estoy durmiendo en mi cuarto y me hablan, me dicen “ve a ver a tu mamá porque está agonizando”. Me quedo en shock. Digo qué hago ahora, cómo la voy a ayudar. Fue un largo proceso de una semana que ufff, lo sentí muy largo, que culminó en un solo día, muy rápido.

Su madre tenía diabetes y el día fatal superó los 400 miligramos de glucosa por decilitro de sangre, el cuádruple de lo normal. Jan Carlos le pidió de favor a un amigo que los trasladara en su camioneta hasta el área de urgencias del Hospital General de Chetumal, a más de 50 kilómetros de Álvaro Obregón. Pero en el camino falleció.

Actualmente, Jan Carlos tiene 24 años. Y lleva tres años “limpio”, desde que acude a este grupo de Alcohólicos Anónimos, quizá la única organización que, junto con la Cruz Roja, está respondiendo al problema del consumo generalizado de drogas en la zona cañera.

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