Por David Lara Catalán

El tiempo es implacable: transcurre y nos devora de modo irremediable.

Mientras no lo haga somos como una especie de viajeros dentro de su lógica.

Viajeros que lo medimos, y así, 24 horas son 24 horas y 365 días son 365 días, nos guste o no.

Sólo nos queda percibirlo

La percepción del tiempo juega tanto con nuestras mentes que, a veces, 365 días pueden ser lentos: sobre todo en esas ocasiones en las que esperamos que algo maravilloso suceda.

Es tanta su lentitud que nos desespera, angustia y pensamos tanto en ello que, a veces, ni siquiera nos preparamos para recibir eso maravilloso que deseamos.

En algunas otras ocasiones 365 días vuelan con tanta prisa y, además, nos atropellan con una fuerza increíble que, cuando menos lo pensamos, ya no somos los niños y jóvenes de ayer.

Nuestra percepción se instala en el 98 por ciento de nuestra actividad mental

Justo ahí donde se tejen miedos, sueños, aspiraciones, locuras, frustraciones y que nos dan un toque de «particularidad«.

Dice Edgar Morin que sólo el 2 por ciento de la actividad cerebral tiene una bidireccionalidad con el mundo exterior, así que ya nos podemos imaginar todo lo que nuestra imaginación puede hacer.

Entre la lentitud y la prisa me gustaría que hubiera un equilibrio, pero eso sólo es un deseo.

Del equilibrio puede surgir ecuanimidad y, tal vez, humildad; y probablemente, muchos otros rasgos que nos ahorrarían tantos dolores de cabeza.

Sobre todo, porque no es fácil guiar a estos viajeros del tiempo que somos nosotros en el trayecto que le corresponde a cada uno, y no creo que exista una receta para hacer de nuestros viajes algo cómodo y sin tropiezos.

Suponemos que nos bajaremos en la última estación y que cuando lo hagamos habremos satisfecho todos nuestros deseos y anhelos.

Sin embargo, es probable que no suceda así, en algún momento del trayecto se puede acabar el viaje y todos esos deseos y anhelos que deseábamos para cuando llegáramos a la última estación simplemente no se concretaron.

La manera de percibir el tiempo conduce a algunos viajeros a esperar

“Este no es el momento”, se dicen quedamente como tratando de justificar la inacción. Pero ¿Cuándo es el tiempo correcto?

En nuestros años de niñez o juventud repetíamos la versión de la linealidad del tiempo.

Naces, creces, te reproduces y mueres, era la consigna. ¿Pero, qué había al interior de cada una de esas fases?

Algunos se reproducían y otros más morían, no me refiero a la muerte física y, sin embargo, no había crecimiento, sobre todo mental.

Algunos viajeros tomaban el viaje con tanta aceleración que, al llegar a los 20 o 25 años, ya no había nada por descubrir, la vida les parecía aburrida y decadente.

Otros más, al primer tropiezo se rendían y el viaje les resultaba estéril y, de tanta inutilidad, que preferían quedar bajo tierra antes que seguir luchando. Para estos últimos cabe bien la frase de que: “lo fácil es morir, lo difícil es vivir”.

No hay manuales precisos para vivir: cada uno vive de acuerdo con su momento de interés y comprensión de lo que le rodea.

Lo que para algunos es tardanza para otros es el momento exacto. Pienso, por ejemplo, en mi caso.

Muchas de las cosas que he soñado desde mi niñez han llegado en mi edad madura y después de mucho insistir.

¿Tardanza? Tal vez sí, en la opinión de algunos. En mi propia opinión sólo han llegado y me siento afortunado de haberlas disfrutado, incluso, aquellas que en algún momento fueron dolorosas o desafortunadas.

Desde luego, deseo seguir viviendo y disfrutando de este viaje que es único e intransferible.

Sobre todo, espero no desperdiciar los tramos que me queden por recorrer.
Algunos datos: entre mis recuerdos y expectativas… ¡Nunca es tarde!

1. A la edad de 38 años publiqué mi primer libro “La melancolía en tiempos de la modernidad”.
2. Tenía 44 años cuando crucé la línea de meta de mi primer maratón. Chicago 2007.
3. Con 45 años me tomé la foto en Abbey Road, en Londres, que cruzaron los Beatles y que es la portada de uno de sus discos. Ni en el mejor de mis sueños lo habría creído.
4. A los 48 años tomaba café y disfrutaba Champs Elysees en Paris.
5. A la edad de 51 años obtuve la Maestría en Gestión Pública en el Tecnológico de Monterrey.
6. Céline nació cuando tenía 52 años.
7. Llegué a vivir a USA a los 54 años.

Y seguramente habrá muchas más aspiraciones…

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