Por Isabel Rosas Martín del Campo 

La idea de clasificarnos por el color de la piel ha sido la principal señal de que la incompetencia humana prevalecerá eternamente.

Nada existiría en el universo entero (dentro del cual existimos) si no fuera por la complementariedad que se transforma en dicotomías ideológicas.

En cuyo caso el color de la piel es un mecanismo biológico de tecnología de punta avanzadísimo y, que unos pocos pequeños de mente impusieron como símbolo de inferioridad o de superioridad, según sea el caso.

No sé en que momento de la historia se ignoró que gracias a la fuerza biológica de la raza negra el ser humano pudo llegar a occidente y al oriente y cómo en el camino evolucionó el cuerpo para la resistencia de cada entorno. Tal vez si lo sé, la religión es un punto de partida…

La complementariedad es la unión dinámica de polos opuestos con un fin único, la comprensión de la existencia y la creación de la vida y su conservación. Nada en la vida no tiene color, cada color tiene una razón tecnológica complejísima que va más allá de cualquier tecnología de inventiva humana.

Pero la racionalidad que nos caracteriza es un arma de doble filo. Ha generado un tipo de canibalismo latente y permanente en quienes ostentan poderío y en consecuencia crueldad. Hay muchas formas en que el ser humano come a su igual, pensando que no lo es y que, además es inferior; se lo deglute para vomitarlo de asco.

Así, la diferencia racial tiene que convertirse en espectáculo mercadológico publicitario para escalar la aceptación del color de piel que se sugiere inferior. La moda es una de las estratagemas más vulgares para hacer pensar a la masa colectiva que ya no existen las diferencias peyorativas basadas en el color de piel, en la obesidad o en la fealdad.

Lo cierto que hoy sigue habiendo racismo hacia la raza negra y hacia la raza indígena mientras que la raza oriental, antes dentro de este corpus de discriminación, hoy es tendencia gracias a este espectáculo mercadológico que induce pensamientos colectivos y obedientes.

Una verdadera lástima. En su libro «Lo pequeño es hermoso» el economista Schumacher nos invita a que sepamos que el «quid de la vida económica y de la vida en general, es su necesidad constante de buscar una reconciliación viviente de los polos opuestos». En sentido opuesto, agregaría que esa «búsqueda constante» es el encuentro que justamente ignoramos.

 

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