Por Isabel Rosas Martín del Campo
Detrás del brillo.
Hoy quiero compartir con ustedes un pensamiento que ha rondado siempre mi conciencia sobre los certámenes de belleza. En mi opinión, ya deberían de haber desaparecido, sobre todo ahora que el feminismo es una consigna y etiqueta. Me cuesta entender la contradicción: por un lado, peleamos por un lugar igualitario en todos los ámbitos, y por otro seguimos alimentando concursos donde, en buena medida, son los hombres quienes siguen marcando las reglas del juego. A veces la escena me recuerda esas viejas películas de gánsteres en las que las mujeres desfilan frente a quienes van a elegirlas. Aquí no hay subasta explícita, pero la lógica de exhibición y selección no está tan lejos.
Nunca he sido partidaria de los certámenes de belleza. Me cuesta verlos como algo inocente. Detrás del espectáculo percibo una maquinaria que reduce a las mujeres a cuerpos evaluables, a figuras entrenadas para encajar en un molde muy preciso de “perfección” física. Antes de pisar la pasarela, muchas de ellas se ven empujadas a “recomponerse”: dietas extremas, gimnasio, cirugías, retoques aquí y allá, todo para encajar en un estereotipo de cuerpo ideal que les asegure pertenecer al juego.
La pregunta es inevitable: ¿por qué le damos más importancia al físico que a eso que llamamos el interior verdadero? ¿Y qué es, en realidad, ese interior verdadero? Justo eso es lo que este tipo de concursos maquilla: intenta convencernos de que no se trata solo de la belleza física, sino de “lo que ellas son”, cuando en la práctica el foco de la cámara sigue siendo el cuerpo.
Si el objetivo fuera realmente valorar lo que son por dentro, ¿por qué no existen certámenes dedicados a jóvenes que estén cambiando el mundo y las conciencias, sean bellas (según el canon) o no?
Concursos donde el criterio principal fuera la lucidez, la ética, la creatividad, la capacidad de transformar realidades, y no la talla, la altura o el tipo de rostro. Esa ausencia dice mucho de cuáles son, todavía, las prioridades de esta sociedad.
Se les reviste de discursos de liderazgo, filantropía y empoderamiento. Todas parecen tener una causa, un proyecto social, una narrativa de servicio. Y, sin embargo, no puedo evitar preguntarme ¿cuánto de todo eso es auténtico y cuánto forma parte del libreto que hace más digerible el espectáculo? Cuando el centro sigue siendo el cuerpo sometido a la mirada y al juicio ajeno, es difícil no ver ahí una forma sofisticada de cosificación.
Al mismo tiempo, sería injusto creer que todo es mentira. Seguramente muchas de ellas sí trabajan en proyectos reales, sí estudian, sí piensan, sí sienten de manera profunda lo que dicen defender. Es probable que varias hayan encontrado en este formato una plataforma para amplificar causas que les importan de verdad. Y esa posibilidad merece al menos el beneficio de la duda.
Mi crítica no va contra ellas como personas, sino contra el sistema que las envuelve. Un sistema donde el éxito se mide, primero, por la medida de la cintura, la armonía del rostro, la seguridad en tacones y el ángulo perfecto frente a la cámara. Después, si queda espacio, se habla de la mente, la ética, la sensibilidad. El orden de los factores revela las prioridades.
De tal suerte, estos certámenes me generan una incomodidad profunda como mujer: mientras mezclan discursos de poder femenino, sus dinámicas antifeministas siguen colocando el cuerpo femenino —sobreexplotado bajo la bandera de la belleza— en el centro de todo. Así, me debato entre lo que veo y lo que quisiera creer. Y en medio de esa tensión elijo sostener dos cosas a la vez: mi intrépida crítica hacia el formato y, al mismo tiempo, la posibilidad de que, dentro de ese guion, haya realmente mujeres que sí están intentando cambiar algo desde adentro, además de sus cambios físicos en busca de la perfección.





















Muy buena reflexion.
Creo que esos concursos ya son anacrónicos y de hecho estan en sus ultimas.