El catedrático y escritor, David Lara Catalán, analiza a fondo el libro “En la figura del mundo”, sobre la vida y obra del filósofo Luis Villoro, obra escrita por su hijo Juan Villoro, en la que no sólo profundiza sobre el legado de sus ensayos, sino en la forma de aterrizar su erudición en la vida diaria.

Por David Lara Catalán

Luis Villoro Toranzo (Barcelona, 1922) es uno de esos filósofos que me hubiera gustado conocer y charlar por horas y horas.

Confieso que más que charlar mi rol sería el de preguntar y volver a preguntar.

Entre otras cuestiones, me hubiera gustado preguntarle por qué su inclinación hacia la filosofía, cuál era su visión entre el pensar y el hacer, su relación con el amor, el futbol, preguntarle a un filósofo que decía que la “filosofía no es una profesión, sino una forma de pensar” acerca de su perspectiva de la sociedad mexicana en las últimas décadas.

Hubiera sido interesante conocer de alguien que estudiaba el “sentido de la vida” su idea de cuál puede ser éste en sociedades convulsionadas por la delincuencia, los populismos, la falta de compromiso con la comunidad, desde luego, entre otros muchos temas más.

Sentimientos y emociones que enganchan

En la figura del mundo (Random House, 2023), Juan Villoro va trazando, de manera anecdótica, pero también con gran erudición, la trayectoria de su padre. A lo largo de las páginas de este libro se van recreando ambientes, ideas y personajes, sentimientos y emociones que enganchan desde el primer momento a quien lea el libro.

Juan Villoro

De manera amena el libro de Juan Villoro es una invitación para leer de modo más riguroso y académico al autor de El proceso ideológico de la Revolución de Independencia (1981), Creer, Saber, Conocer (1982), El concepto de ideología y otros ensayos (1985), entre otros libros y ensayos más.

Me gustaría proponer tres puntos para acercarnos a este libro:

1) La idea e importancia de las genealogías

2) La famosa e histórica tesis marxista (Sobre Feuerbach) que reclama para la filosofía no solo la contemplación, sino más bien, la transformación del mundo, así como también

3) aquella idea hegeliana de “vidas logradas”.

Las genealogías, esos vínculos no sólo genéticos, sino también sociales y culturales, propios de la interacción humana a lo largo de nuestras historia, nos van dando forma, van moldeando nuestras personalidades, nos van dando un sello tan peculiar que hace de nosotros seres muy particulares al momento de expresar nuestras emociones o virtudes, nuestros miedos o aspiraciones, nuestras limitaciones o nuestras formas de superarlas, un sello que se impregna en nosotros y que es nuestra carta de presentación ante los demás, ante el mundo, un sello siempre lleno de plasticidad que permite irnos haciendo, transformando, en el andar de nuestros caminos.

No sólo contemplar, sino transformar

Ahí estriba la importancia de la idea de que, no solo basta contemplar el mundo, sino que se trata de transformarlo. Para empezar, transformar nuestro propio mundo. Tal vez una de las transformaciones más radicales a nivel personal tenga que ver con la congruencia entre lo que se piensa y se hace, entre lo que se sabe y lo que se hace con ese saber. En medio de un mundo pragmático y utilitario esto parece una vacilada decimonónica.

Sin embargo, me parece que no es posible pensar transformar el mundo sin antes haber transformado el propio. Por cierto, el ejemplo, nuestro ejemplo, puede ser avasallador y conllevar a otros al interés por lograr vidas logradas o, del otro lado, vivir una vida alienada y carente de sentido.

Lo que se hace con las ideas: la praxis

Cuando le preguntan a Luis Villoro quién sería su personaje más importante, la respuesta es precisa: Gandhi. Y esto debido a que veía en él no solamente las ideas, sino lo que hacía de sus ideas.

La contemplación del mundo es una actividad de muchos filósofos e intelectuales que se encargan de repetir lo dicho por otros filósofos más, son grandes eruditos que, sin embargo, no transitan hacia la praxis, la acción comprometida con uno mismo y con el prójimo, con la comunidad en la que está inscrito. Al leer este libro se descubre a Luis Villoro como filósofo, pero también como un hombre comprometido con la transformación de su comunidad. La frase es clara: “El ejemplo se da no se proclama.”

Luis Villoro es un ejemplo de aquello que representa el rasgo ético de vida lograda, un tema que debía cuestionarnos, pero también animarnos a no ser uno más en la vorágine de las grandes masas que diluyen la idea de individualidad y su posibilidad de creatividad y criticidad.

Sin duda, Luis Villoro es un ejemplo de la frase que aparece en el libro: C’est une vie réussie. Una vida de éxito.

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