“Paradójicamente, ante un marco público-político hiperjuridificado, lo que impera es la anomia, la arbitrariedad o el capricho”, dice el filósofo, quien analizó una columna del doctor Ignacio Alonso Velasco, publicada en Grupo Pirámide.

Por David Lara Catalán

Hace unos días el Dr. Ignacio Alonso Velasco publicó un artículo en Grupo Pirámide en el que señala la necesidad de que “la cancha esté pareja”, en referencia a la necesidad de que “no lo está para los que venimos de fuera, aunque contemos con cualidades que nos hacen aptos para el desarrollo del país en el que decidimos vivir.”

El doctor Alonso es de origen español y lleva años en México, durante un buen tiempo ha estado luchando por modificar el marco jurídico que permita a los naturalizados mexicanos tener acceso a mejores oportunidades de desarrollo profesional. No ha sido fácil su lucha.

Me parece que ha hecho un gran esfuerzo, pero existen dos o tres asuntos en los que hace falta incidir, de modo mucho más radical. Estos tienen que ver mucho más con el ámbito cultural y educativo, de formación moral, mucho más que con cuestiones jurídicas.

Sentido de comunidad

En principio, quiero destacar que en sociedades como la nuestra –la mexicana- estamos muy lejos de contar con un sentido de comunidad, con esto me refiero a una comunidad permeada por el respeto, el autorreconocimiento, la autoestima, como cuestiones emblemáticas que hacen posible ver en los demás exactamente estos valores, lo que podría traducirse en un proceso que, eventualmente, haría posible el reconocimiento social de cada uno de nosotros.

Axel Honneth ha citado una cuestión filosófica que envuelve, en tanto problemática social, nuestra cotidiana convivencia, dice él: “La única forma en que los individuos son constituidos en personas es al aprender a referirse a ellos mismos, desde la perspectiva de una aprobación o alentadora de otros, en tanto seres con ciertos rasgos y habilidades positivas.”

En este marco destaco una primera condición que va más allá de lo jurídico, es decir, el proceso de reconocer y aceptar rasgos y habilidades positivas en los demás.

El egoísmo social impide entender que podemos crecer como comunidad, siempre que exista disposición al reconocimiento e importancia de la interacción humana, y en ese sentido nos destacamos como pocos: Sin la confianza en nuestras propias habilidades es imposible reconocer las de los demás.

Y resulta muy significativo que, más que fuerzas externas, sean las barreras personales, como las inhibiciones psicológicas y miedos, las que acentúan el rechazo o discriminación hacia los demás, ya sea por raza, género, color de piel, preferencias políticas, religiosas o sexuales, entre otras muchas más. Cualquier marco jurídico resulta insignificante ante un contexto que demanda la formación de una voluntad racional capaz de encauzar la acción social con respeto hacia uno mismo y hacia los demás, incluso, hacia la propia ley.

Las luchas por ser reconocidos

Paradójicamente, ante un marco público-político hiperjuridificado, lo que impera es la anomia, la arbitrariedad o el capricho.

Cuando el doctor Alonso refiere a la necesidad de una “cancha pareja”, -por cierto, una frase recurrente en todos los ámbitos, sobre todo en el juego que se juega todos los días y a todas horas, esto es en el ámbito político-electoral-, creo advertir la necesidad de no ignorar las luchas que cada uno tiene por ser reconocido.

Las distintas formas de faltas de respeto como el insulto o la humillación, la discriminación o la indiferencia, la minimización o subestimación, cuestiones que son vividas incluso en el ámbito familiar; redundan, por un lado, en la conformación de una vulnerabilidad personal y social que inhiben, por el otro lado, la formación de una voluntad racional, tan necesaria para entender que son posibles el desarrollo y el progreso y, particularmente, el reconocimiento de cada uno de nosotros.

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