Inicio Columnas Opinión | El complejo de Casandra, los dones y los esfuerzos del...

Opinión | El complejo de Casandra, los dones y los esfuerzos del prójimo | David Lara Catalán

Por David Lara Catalán

Casandra, según la mitología griega, fue una mujer muy hermosa, hija de Príamo y Hécuba.

Apolo le concedió el don de la clarividencia a cambio de que fuera su amante, al tener ya el don Casandra rechazó a Apolo, quien enojado la maldice y la condena a que sus predicciones no tengan credibilidad.

Muchos creyeron, contrariamente, que estaba loca y fue víctima de su propia paradoja, es decir, tener un don especial y, sin embargo, no poder ganar credibilidad ni éxito con su don.

La caída de Troya profetizada por ella es un buen ejemplo

Desde luego que existen diferentes formas de interpretar su historia, una de ellas es la que a continuación trataré de desarrollar.

El enfoque básicamente apunta más al tema de los dones que al de la traición y el castigo de Apolo a Casandra.

Dones

Así, a modo de preguntas: ¿De qué sirve tener un don y, sin embargo, no desarrollarlo y alcanzar cierto grado de éxito? ¿De qué sirve tener un don y que los demás no lo valoren o crean en él?

Por mucho que se quisiera no se trata de pura satisfacción personal, una visión solipsista que se regodea en sí misma no sirve de nada en términos generales. De ninguna manera.

Estoy seguro de que existen una gran cantidad de personas de diferentes razas, edades, perfiles culturales, preferencias sexuales, con grandes y variados talentos que les dan un toque muy particular a nuestras pluralidades, pero sin reconocimiento no sirven de nada.

Pluralidad y diferencias

Según lo veo, por aquí empieza justamente el problema: la pluralidad que implica diferencias.

Desde que nos hemos dedicado a definir si alguien es heterosexual u homosexual, joven o viejo, nacional o extranjero, hombre o mujer, blanco o negro, con tal de “ubicar” a cada uno en su “justa dimensión”, y “darles los derechos que les han sido arrebatados”, hemos perdido la capacidad de percibir y valorar el talento de las personas independientemente de su origen, religión o sexo.

Me refiero a un talento en particular: credibilidad

Siempre en la línea de que la credibilidad es un valor que se cultiva y se perfila de modo educado en nuestras interacciones sociales: ¿Le debemos creer más a un heterosexual que a un homosexual sólo porque sí? ¿Debíamos hacerle más caso a una ultra feminista con sus demandas de reivindicación que a un macho cualquiera?

¿Tiene más credibilidad un ateo que un fanático religioso? ¿Sólo por ser hombre, o mujer, se debían tener más derechos y más credibilidad?

¿Existe algún político o gobernante -bien podrían ser las Casandras de nuestros tiempos, en el sentido de la traición a sus votantes- que goce de credibilidad debido a las funciones que realiza responsablemente hacia sus conciudadanos?

Creo no exagerar cuando señalo que la falta de valor hacia la credibilidad es uno de los más grandes problemas sociales que vivimos a nivel global, sobre todo porque deriva en múltiples formas de irrespeto hacia la existencia de los demás y, aunque a veces nos es fácil engañarnos, hacia uno mismo.

Respetar la pluralidad y, en consecuencia, nuestras profundas diferencias y valores, nos ofrecería, probablemente, un buen margen para construir una voluntad más racional que requerimos cuando discutimos con los siempre diferentes, cuando decidimos que buscamos una sociedad más proclive hacia el reconocimiento del valor de los demás, cuando no renunciamos a la utopía de vivir de modo más decente -me refiero particularmente a no vivir de explotar el esfuerzo de los demás-, cuando aceptamos los dones y los esfuerzos del prójimo.

No creo que necesitemos de cada vez más complejas leyes para hacer valer los derechos propios y ajenos -ya de por sí vivimos una sociedad hiperjuridificada-, lo que necesitamos es de esa voluntad racional para reconocer que la pluralidad es esencial en nuestras interacciones cotidianas. ¡Menuda tarea!

Te puede interesar Opinión | Sueños de niñez: para nuestro tiempo nunca es tarde | David Lara Catalán