• El escritor plantea si la lectura nos hace mejores seres humanos o detiene la violencia generalizada en nuestras sociedades o reduce la pobreza en nuestras comunidades.

Por David Lara Catalán

Leer, escribir, ver una película o un documental, pintar, escuchar música; son todas, dentro de muchas más, actividades que generan placer a los sentidos.

Si las llevamos un poco más adelante, son actividades que nos amplían nuestros horizontes de significado, nos permiten comprender la intención de un poema o de una novela, de un cuadro artístico o de una pieza musical.

¿Qué estamos haciendo en el mundo?

Bien se podría decir que son buenas herramientas para generar una sensibilidad respecto al mundo que nos rodea.

Con mundo quiero abarcar al mundo de la naturaleza y a la relación que generamos con nosotros mismos y con los demás seres humanos.

Y por sensibilidad me quiero referir a ese ejercicio de comprensión de la existencia humana: a veces cargada de dolor o frustración, de angustia o desesperación, de alegría o pasión, de contrastes emocionales o intelectuales tan polarizados que no puede uno permanecer ajeno a la pregunta de qué estamos haciendo con el mundo en que vivimos.

Sin embargo, este es el mejor escenario, tal vez el escenario ideal de las actividades ya descritas.

Y digo, sin embargo, porque la lectura en sí misma o las diversas manifestaciones artísticas no necesariamente nos hacen mejores seres humanos per se.

Tal vez sí nos pueden dar un toque de soberbia y repetir o citar, incluso en su idioma original, a tantos autores. Eso tal vez se pueda llamar erudición, pero nada más.

La pregunta pertinente aquí es: ¿Qué significa ser mejores humanos?

Me gustaría sugerir que se trata de un ejercicio que nos permite identificarnos con nosotros mismos, reconocer de qué estamos hechos, pulir aquello que nos molesta, entender la relevancia de la congruencia dentro de nuestras existencias, coadyuvar en el desarrollo de aquellos que interactúan en nuestro contexto y, si fuera posible, configurar una sensibilidad hacia temas como el respeto, la autoestima y la dignidad.

Me parece que considerar, en particular, a la lectura como la salvación de todos nuestros problemas es una total estupidez.

Nos preocupa saber qué porcentaje de población lee, cuántas librerías o expendios de libros o periódicos hay, nos comparamos con otros países, enfatizamos que una sociedad que no lee no avanza, pero al menos por un momento debíamos reflexionar en la siguiente idea: ¿De verdad la lectura nos hace mejores seres humanos o detiene la violencia generalizada en nuestras sociedades o reduce la pobreza en nuestras comunidades?: No necesariamente.

(Una pregunta que no puede ser excluida, aunque requiere de un análisis mucho más profundo es la que inquiere acerca del papel de las universidades en la conformación de seres humanos productivos)

Ideología barata

A mí me parece que esto de leer, así a secas, y ofertar libros para acabar con nuestros males es sólo un ejemplo de ideología barata que nos enreda y confunde aún más en el marco de lo que sucede en la vida pública.

Porque realmente leer no es repetir al pie de la letra lo que alguien ha escrito.

Leer es comprender, es tener en cuenta que la interpretación que hacemos no es más que nuestra forma de querer entender lo escrito, entonces, se requiere que lo leído entre a una dinámica de discusión de argumentos, de ideas, aceptar que no se trata de competir a ver quién tiene la mayor cantidad de libros en su acervo, sino que se trata más bien de conformar conceptos y visiones del mundo más robustos, con mayor peso, conceptos que, en la medida de lo posible, trasciendan el mundo de las ideas y se instalen en prácticas que nos aseguren mejores condiciones de vida.

En sentido ulterior considero que la verdadera utilidad de los libros consiste en construir esa sensibilidad social que, con entusiasmo, nos lleva a construir vidas más útiles, individuos más conscientes de sí mismos y de su responsabilidad en la relación que guardan con los demás, buscando trascender a la proposición demagógica y sumamente ideológica de que “leer, así a secas, nos hará libres”.

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