Por Isabel Rosas Martín del Campo

Qué puede significar un número en un mundo que se rige por ellos día y noche.

Podemos caminar por cualquier calle y a nuestro paso encontraremos números por todos lados.

Todos tenemos un nombre por el cual respondemos, pero también somos un número.

Cuando ingresamos a un hospital nos convertimos en número de cama; un presidiario en número de celda, un alumno es un número de matrícula, como ciudadanos somos un número de pobladores.

La vida se mide en números, el tiempo es el correr infinito de números. En tan sólo un párrafo he repetido la palabra número diez veces.

Un número perfecto (once) ha dejado de serlo

Cumplimos años contando los años y los meses y los días y las horas, y luego está la fecha que también es decodificada en números cuando, en vez de escribir el nombre del mes se coloca el número del mes.

Es como si de pronto las palabras ya no fuesen tan importantes para un tipo de realidad que sucumbe al inevitable mundo numérico que rige la existencia total del universo. Un día, por ejemplo, es el resultado de veinticuatro horas del planeta girando sobre su propio eje que además gira alrededor del sol trescientos sesenta y cinco días incansablemente.

Me pregunto qué pasaría si la tierra dejara de girar, todos los números de la naturaleza dejarían de existir porque la vida terminaría.

Así es, somos los humanos los únicos que sabemos de la existencia de los números con un tipo de conciencia inteligente que hemos decidido llamar matemáticas.

Ningún animal, planta ni elemento del universo (incluido su planeta tierra, que creemos nuestro) saben contar. No lo creo, jamás he visto a mis gatubelos contar las croquetas que se comen o medir el tiempo, porque ellos rigen su vida en función de lo que su cuerpo les pide en relación con la naturaleza.

Caso tristísimo para el humano

Nosotros hemos perdido toda relación con la naturaleza pendientes del mundo que sumamos, multiplicamos y dividimos cada día para finalmente llegar a un resultado numérico. Puesto que, nos la pasamos contando números. Es decir, dormimos no por la misma razón de un gato o de un perro o de un pájaro.

Dormimos porque es la hora de dormir; cuando los números del reloj digital indican que ya es tiempo de irnos a la cama cerrar los ojos y lograr quedarse dormido.

Tampoco comemos porque tengamos hambre necesariamente, lo hacemos porque los números indican que es la hora del almuerzo o de la cena.

No sabemos nada naturalmente.

Vivimos subyugados a los números día y noche. Contamos el dinero y si los números son altos entonces nos sentimos felices porque la cantidad en decenas es valiosa para saber que las horas trabajadas han sido remuneradas.

¿Cuántas veces hemos sido no conscientes del paso del tiempo?

Cuando dejamos, evidentemente, de contar números y eso ocurre cuando estamos en estados de éxtasis o de paz. Y eso casi nunca sucede gracias a los números humanos.

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