Por Isabel Rosas Martín del Campo
La película Frankenstein de Guillermo del Toro cambia por completo el corazón filosófico de la novela original. Allí donde Shelley construyó una tragedia sin consuelo, Del Toro levanta, en cambio, una fábula sentimental muy oportuna para la mentalidad condicionada del siglo XXI a los finales felices que te redimen gratis, con inmortalidad incluida y perdón de última hora.
En la novela de Shelley la criatura no es inmortal. Es resistente, anómala, perturbadora, Del Toro rompe ese límite de raíz: propone una criatura inmortal y auto-regenerativa al 100%. Puede ser destrozada, hecha pedazos… y su organismo vuelve a cerrarse, a regenerarse, a insistir. Y nunca se le ocurre quemarse, en cambio la última escena cae en el ridículo de la criatura “súper héroe-mesías inmortal. ¿En qué estaba pensando Del Toro?, ya tenemos bastante con Avengers.
Es el clásico superhéroe naciente en el siglo XX y remasterizado en el siglo XXI: un nuevo mesías laico que viene a redimir al mundo; su mera existencia empieza a leerse como símbolo de esperanza eterna. El mensaje implícito es inquietante: si sólo Dios es inmortal y ahora la criatura también, ¿entonces qué ha hecho Víctor Frankenstein? (o, debo decir Del Toro) ¿Se ha limitado a desafiar a Dios… o lo ha superado? “EL FRANKENSTEIN DE DEL TORO: CUANDO LA CRIATURA ES MÁS PODEROSA QUE DIOS”.
Discursos actuales
Del Toro convierte el experimento de Víctor en una hazaña teológica: ha creado algo que, en la práctica, está por encima del orden natural e incluso del orden divino. La criatura se vuelve una especie de robot orgánico del siglo XIX. Muy afín a los discursos actuales sobre entidades artificiales “que sienten” pero que, al no tener ciclo biológico, son potencialmente inmortales.
Shelley fue mucho más lúcida: incluso lo monstruoso, si es vivo, debe ser mortal. El verdadero límite ético está en aceptar que la vida no nos pertenece.
Lo radical de Shelley es que Víctor jamás tiene la oportunidad de pedir perdón a su criatura. No hay escena de reconciliación ni de abrazo final. Shelley nos muestra a un hombre capaz de desafiar a la naturaleza y sus leyes, pero incapaz de asumir su gran equivocación con plena conciencia y, por tanto, incapaz de arrodillarse ante la vida que ha creado. (no consuela sus actos, los expone sin la hipocresía de Del Toro). Puesto que él , muy convenientemente, regala a Víctor lo que Shelley le niega.
Se abre el espacio para que el creador pida disculpas, para que la culpa se exprese, para que el espectador reciba el mensaje explícito de que “siempre podemos perdonar y ser perdonados”. Y ESO NO ES VERDAD. La vida no te da siempre segundas oportunidades. Y muchas veces ni siquiera da primeras. Shelley lo sabía en carne propia. Las mujeres de su tiempo no tenían ni siquiera la primera oportunidad de hablar, de decidir, de ser escuchadas. Y eso es exactamente lo que Del Toro convenientemente disfraza: borra la brutalidad de esa imposibilidad histórica y la reemplaza por una escena reconciliadora pensada, quizá, para quedar bien con la sensibilidad de la mujer del siglo XXI, la que pide representación, fuerza, redención… dentro de un sistema que sigue siendo el mismo.
Sacudidas de conciencia
¿Qué se gana con eso? ¿A quién sirve esta corrección empática?
Lo que se necesita hoy no son palmaditas emocionales, sino sacudidas de conciencia. Sin embargo, los radicalismos de hoy son, en el fondo, los mismos de aquel siglo, sólo que ahora vienen envueltos en hedonismo: queremos ver la oscuridad, pero salir del cine con la tranquilidad de que, al final, hay esperanza, perdón, inmortalidad, segundas oportunidades para todos. El final esperanzador se vuelve así una muestra poéticamente cursi de este espíritu: nos deja una sensación agradable sin tocarnos de veras el modo en que vivimos.
No se trata de negar el talento de Del Toro ni de juzgar “buena” o “mala” su película. Se trata de ver qué pierde este Frankenstein sentimental cuando se aleja del Frankenstein de una mujer que escribió desde la intemperie, sin finales felices, sin segundas oportunidades gratuitas, sin la obligación de darnos consuelo.





















Coincido
Ultimamente muchos cineastas se han tomado esa libertad de modificar las historias y darles ese final idilico, utopico, diferente a lo planteado por el autor. Esta tendencia es una falta de respeto al trabajo de un escritor y del publico que no reconoce la historia original.
Es una constante ya en los cineastas modificar los trabajos llevando al cine a precuelas y spin offs y secuelas y modificar los finales.