Por Isabel Rosas Martín del Campo
Dogman, una película de perros con sentido humano…
Aclaro, que me refiero al sentido humano, pero de los perros el cual adquirieron gracias a la presencia de un niño al que agradecen su compasión y el que, al mismo tiempo, encontró refugio y amor entre esos seres caninos. Me recordó al niño (Birdman) quien vivió entre pájaros, abandonado en un sótano por su propia madre.
Hoy nos encontramos atados a una serie de paradigmas ideológicos que en vez de confluir se alejan más, como si se quisiesen construir al mismo tiempo diversos universos cohabitando de vez en cuando y, cuando únicamente conviene.
Parece ser que en esta diversidad ideológica del siglo XXI se ha concebido espontáneamente una era de perros y gatos sobreprotegidos por ser hoy un tipo de opción piadosa a la que puede aspirar una persona, una familia o una comunidad para creer que son buenos o que son heroicas sus acciones en un mundo tan hostil como lo es el presente.
La indiferencia y el desamparo
La indiferenciada población de seres vivos callejeros es una evidente realidad del desamparo al que se está sometiendo a los más indefensos; animales, niños, “minusválidos” y ancianos.
No obstante, esta indiferencia pone su mira compasiva desde perspectivas muy controvertidas.
Por un lado, vemos un cúmulo de reels de pequeñas y graciosas mascotas ─casi caricaturas de bebés─ instalados en habitaciones amuebladas, ambientadas y con todos aquellos accesorios que antes se pensaban exclusivamente para recibir a un hijo humano: ropita, utensilios, juguetes, camitas, etcétera.
En otro escenario no menos bizarro, están los que se inclinan por adoptar a cuanto animal puede caber dentro de sus propiedades.
Diez, veinte o los que su bolsillo, supongo, puede concederles para satisfacer su idea de ayuda humanitaria, o debo decir “animalista”.
Sea una casa llena de perros o gatos agradecidos y felices unos rescatados u otros adoptados el caso es que sigue con más indiferencia la trata de niños y de mujeres por mencionar uno de los tantos casos de inmisericordia en la producción social.
Lo cierto es que algo está sucediendo en las conciencias que puede sugerir el comienzo de una perturbación inentendida del humano hacia el humano con una compasión autoimpuesta mucho más sensible hacia el animal indefenso en esta vorágine moderna.
¿Es miedo a tener hijos humanos? quizá en el subconsciente más profundo hay angustia por el futuro inmediato que revela un escenario nada prometedor para la raza humana cada vez más confundida por la incertidumbre y más inmersa en la tecnología que sugiere escenarios menos dramáticos y más digestivos.
Lo cual esboza que concebir hijos sería integrarlos a un mundo agotado y sobreexplotado de consumismo.
Y este oculto y masivo pensamiento infunde la lógica, para resolver esa necesidad de tener y amar a un hijo, de que lo mejor es adoptar un animal porque es un eterno bebé que no habla, pero todo entiende como propio; que jamás odia ni abandona y convenientemente su vida es corta y reemplazable.
Una mascota elevada al concepto de “hijo”.
Sin embargo, nadie supera la muerte de un hijo humano, pero sí la de una mascota (aún y que ésta sea concebida como tal). Una mascota se recuerda, pero un hijo humano jamás se olvida.
Por otro lado, están personas que su odio es un tipo de amor salvaje hacia sus fieles y presos animales subyugados a sus desafortunadas y cruentas vidas infrahumanas.
Los que utilizan a sus “mascotas” como moneda de cambio. Sometiéndoles a peleas clandestinas o explotando hembras para la venta de sus crías con el fin de ganar mucha plata a costa de sus vidas y de su desgracia callada, sus heridas y sus cicatrices (también las de su alma) para después abandonarlos como basura.
Es una especie de “amor” descarnado y violento que deja ver la naturaleza precaria del ser humano atormentado desde su infancia como única excusa.
Un niño atormentado
Pues caso contrario, en la película en cartelera: Dogman (cuyo guion y dirección es de Luc Besson), se plantea la vida de Douglas, un niño también atormentado desde su infancia.
¿Abandonado por la inmisericorde vida? ¡No! por su familia; con una atemorizada madre incapaz de rescatarlo del castigo infame de un padre colérico y un hermano fanatizado por un Dios, en su cabeza iracundo.
Así Douglas es echado a una jaula de perros de todas la razas quienes lo protegen y reciben entendiendo su presencia no como una especie distinta sino como otro más de la jauría.
El tiempo que duró cohabitando con estos seres que no hablan, pero sienten y perciben el sufrimiento de la otredad fue el suficiente para entender la frase con la que inicia la película: “Cuando un hombre es desafortunado, Dios le envía un perro”. – Alphonse de Lamartine, y que para este niño desafortunado fue justamente la única esperanza para querer seguir viviendo a pesar de sus concatenados infortunios.
Hasta llegar al ser adulto transformado en un hombre cultivado por sí mismo y por la inspiración de una mujer cuyo abandono involuntario da fe de que la vida de Douglas debía encontrar su propósito con la “familia” (manada) de esos perros en sus mismas circunstancias.
Quizás esta historia únicamente pretende mostrar a través de su alegoría el drama de la indiferencia humana en donde “el humano si come humano” para dar fe de que, “perro no come perro”.
Y entiéndase esta expresión como muestra de la ferocidad del hombre y de la mansedumbre del animal a su amparo o explotación.




















