El escritor tamaulipeco Orlando Ortiz diserta sobre la creación literaria.

Por Agustín Labrada

Clasificado por el crítico Paco Ignacio Taibo II como el más áspero y beligerante escritor de la Generación de la Onda y con más veinte libros escritos, Orlando Ortiz se dedicó en las últimas décadas a compartir su sabiduría literaria en talleres que impartidos a lo largo de todo México.

Diversos autores y estudiantes asistieron a esos talleres sobre narratología y ensayística, donde Ortiz declaró haberse enamorado de las letras tras leer Las aventuras de Huckleberry Finn, y sentir influencias de la prosa narrativa creada por Anatole France y Honoré de Balzac.

Ortiz estudió literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, y es autor de las novelas En caso de duda, Vidrios rodos y Una muerte muy saludable; y de las colecciones de cuentos: Sin mirar a los lados, El desconocimiento de la necesidad, Secuelas y Desilusión óptica.

Orlando ha incursionado también en el ensayo, la crítica, el guión televisivo y la literatura policíaca, género que le apasiona y del cual publicó la antología La violencia en México y, según Taibo: “el único cómic revolucionario de nuestra historia contemporánea: Torbellino”.

¿Piensa en la historia que pueda gustarles a los posibles lectores o en la historia que le provoque satisfacción personal?

Pienso más que nada en la realización íntegra del asunto que haya elegido por voluntad propia e insisto en la configuración verbal de los personajes. No me siento bien hasta que oigo sus voces. Para desarrollar mis historias, suelo tomar la idea de una nota aparecida en los periódicos, del comentario de algún amigo o simplemente de una imagen o una palabra que me inquiete.

¿Una inquietud temática?

No, diría que una inquietud formal y estilística, aunque no soslaye el tema. Pienso que se van conjugando el contenido y la forma, pero a mí me da un gran placer trabajar con las técnicas, profundizar en la estructura, todo el entramado arquitectónico.

¿Es posible escribir un relato, sólido e interesante, prescindiendo de técnicas narrativas contemporáneas?

Sí, pero para ello se necesita mucho oficio, mucha capacidad y mucho talento. De alguna manera, narrar una historia de actualidad sin el apoyo de las técnicas conquistadas es algo así como pelear a mano, cuerpo a cuerpo. Es muy difícil, hasta el mismo Jorge Luis Borges llegó a afirmar que la virtud mayor de la narrativa consiste en apoyarse exclusivamente en la historia.

¿Cómo maneja a sus personajes?

Yo dejo que los personajes crezcan solos. Se puede tener un control, pero si tratas de imponerte sobre ellos de un modo omnisciente quedan muy planos… Su sicología, su léxico, su apariencia física van desarrollándose en la medida en que avanza la novela o el relato largo… Yo les dejo que vayan resolviendo sus propias situaciones.

Sé que en el fondo todo esto es como una metáfora, pero después de manejar novelas uno sabe que hay personajes que llegan a alcanzar vida propia e incluso existen personajes que originalmente son de apoyo, de contraste, y terminan asumiendo un rol y una fuerza que no imaginamos, dentro de la libertad que le concede el narrador.

¿El ejercicio periodístico le ha ayudado en su oficio de narrador?

Mi experiencia en el periodismo ha sido de colaborador y no de reportero, como en el caso de Ernest Hemingway. He sido articulista y entrevistador y pienso que ahí he aprendido a buscar la economía dentro del lenguaje y a evitar la barroquización del discurso.

¿Qué otras disciplinas se mezclan en su creación?

Digamos que algunos recursos cinematográficos y musicales, ya sea por asimilación o por coincidencia. A diferencia de muchos, opino que el cine no influye en la literatura, sino que la literatura (que es anterior) influye en el cine. Técnicas como el encuadre, los planos, las secuencias… ya estaban desde antes en la novela.

Por ejemplo, en la obra del naturalista Emile Zola se hacen grandes descripciones que pueden manejarse como si fuera en el cine, o en las mismas narraciones de Stendhal en El rojo y el negro… Aún la creación fílmica es muy dependiente de la literatura, pues generalmente en las películas siempre hay una historia que contar.

Con la música la relación viene por la búsqueda de cierta armonía, ritmo y efecto dentro de mi prosa. Hay contrapuntos en la estructura formal que coinciden, sobre todo en mi libro Papeles vacíos, donde manejo lo que yo llamo dos sinfonías, que están armadas en cinco movimientos con palabras narrativas que también suenan.

¿Aportó algo a la literatura la Generación de la Onda?

Rompió con parte de la tradición y, en mi caso, según opinan los críticos, llevé la literatura de la “Onda” a sus máximas posibilidades. Creo que mi novela En caso de duda aportó algunos elementos propositivos, formales, que no se dieron en la obra de José Agustín y de otros autores. También yo introduje elementos contenidistas en el uso más libre de las conductas sexuales y un juego de carácter formal en el lenguaje, que no era exclusivamente el albur o el juvenilismo, así como una estructura más compleja, razón por la cual no ha generado seguidores. Muchos se quedaron en el principio, en la epidermis (el rock, las drogas, el sexo…), cuando lo más importante era la actitud contestataria.

Para ser respetada en toda su magnificencia por la crítica, ¿qué requiera la novela policíaca?

Hay un pecado de culpa original entre los cultivadores de la novela policíaca en México. Tienen la necesidad de explicar y justificar el porqué abordan el género policíaco y hasta mencionan a grandes escritores y directores de cine relacionados con el fenómeno. No hay que justificarse con nadie, sino ser coherente y escribir con calidad. Una buena novela no necesita de un tema especial.

¿Orlando Ortiz cómo ve la literatura mexicana contemporánea?

Veo una especie de enflaquecimiento frente a los impulsos de décadas anteriores. Ya no hay propuestas ni retos, sino inseguridad y falta de incentivo para la indagación y la experimentación. Los jóvenes tienen dominio y conciencia de los recursos literarios, de muchas técnicas, saben cómo escribir, pero no tienen nada que decir y producen una obra literaturizada, que no recoge realmente sentimientos, emociones y demás virus. Les falta algo de suma importancia: vitalidad. Están las mujeres narradoras en un proceso crucial, llegarán a hacer historia con sus novelas, tanto en México como en el continente, donde he visto una ausencia de perspectivas, sobre todo en un modelo de izquierda que se viene abajo al entrar en crisis sus ideas sobre socialismo y libertad.

¿Cuál ha sido el momento más satisfactorio en su carrera de escritor?

Iba ser la publicación de mi primer libro En caso de duda, pero unos días después se produjo la matanza de Tlatelolco. La represión del dos de octubre de 1968 acabó con mi alegría y estuve mucho tiempo sin hacer literatura, porque pensaba que no valía la pena escribir una novela cuando los soldados estaban acribillando a personas inocentes.

Quizá haya sido ese silencio voluntario la causa de que el nombre y la obra de Orlando hayan aparecido poco en estudios y críticas concebidas en esas décadas de confusión y entrega, de esperanza y letargo, en las cuales coincidieron peligrosamente literatura y política.

El novelista Ernest Hemingway sugería que el periodismo puede ser un buen entrenamiento para el escritor y que escribir cartas en vez de cuentos era un lujo que proporcionaba placer, y eso hizo Ortiz durante los años en que siguió la ruta relampagueante de la izquierda mexicana.

Cuando las aguas sociales volvieron a su cauce y el paisaje político se hizo más transparente, Orlando retornó a la escritura literaria sin la fama y el impacto que mitificó a otros escritores de la “Onda” como José Agustín, Parménides García, Héctor Manjarrez y Jorge Aguilar Mora.

Tal injusticia también fue señalada por Paco Ignacio en su artículo “El neopolicíaco latinoamericano”, aparecido en la revista Blanco Móvil. Sin embargo, Ortiz sonríe y, en antagonismo con la filosofía poética de Jorge Manrique, añade: “Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor.”

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.

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