Diálogo con Elena Poniatowska sobre su vida, su obra y su visión del feminismo.

Por Agustín Labrada

Una luz suave, color ámbar, se desliza sobre el rostro de Elena Poniatowska y se enreda en el aire donde flota mi asombro. Pienso que es un privilegio conversar con esta mujer que cálidamente ha dialogado –en las tribulaciones de su oficio periodístico– con los principales artistas del país y con su gente más sufrida, como la heroína de su dramática novela Hasta no verte Jesús mío.

Ha venido Elena a Chetumal a decirle a su pueblo quién fue Tina Modotti, esa fotógrafa italiana que –aparte de testimoniar en blanco y negro un fragmento de América– se comprometió con una causa que aspiraba a la justicia, como la propia Poniatowska comprometió su voz para acusar al gobierno mexicano por el asesinato de los estudiantes que, en 1968, protestaron en paz en la Plaza de las Tres Culturas.

Esta Elena, que no conoce murallas ni guerreros que se disputen su corazón, tiene tras de sí una obra periodística –sin la que a México le faltaría un pedazo de su alma– publicada en revistas, periódicos y libros como La noche de Tlatelolco; Nada, nadie (Las voces del temblor); Fuerte es el silencio, y Todo México, por cuyas páginas desfilan múltiples personalidades artísticas.

Como narradora ha escrito relatos y novelas en los que prevalece un intenso fondo testimonial, donde reinan los personajes femeninos. Tinísima, De noche vienes, Lilus Kikus, La Flor de Lis y Querido Diego, te abraza Quiela… son algunos de sus títulos que otros amigos le entregan para que ella, generosa, escriba su nombre como una huella enigmática mientras dialoga con mirada de niña.

¿Su obra literaria parte de una perspectiva ideológica?

Yo creo que es una inclinación natural hacia los fenómenos sociales que prevalece en mí, más que una ideología, una inclinación natural hacia lo desconocido que finalmente me enriquece mucho, porque ninguna persona de mi clase social me ha dado tanto como Jesusa Palancares, los ferrocarrileros y todas esas personas que he conocido en situaciones extremas de marginalidad y en la misma cárcel. Cuando conoces a la gente que está en la cárcel, ellos te cuentan sus vidas con una enorme facilidad, buscan un oyente, alguien que los escuche. Tienen la sensibilidad a flor de piel y en esas circunstancias se obtiene eso que los franceses llaman la historia oral de la sobrevida.

¿Cree más en la intuición que en la racionalidad a la hora de escribir?

No es que crea realmente, pero he actuado más por intuición que por racionalidad.

¿La personalidad de Elena Poniatowska se desdobla en sus heroínas?

Bueno, yo quisiera muchas veces ser como Tina Modotti y ser como Jesusa Palancares, tener esa capacidad tan grande de amar y de ser una linda gente a lo largo del tiempo.

¿Qué características ha de tener, a su juicio, una buena novela-testimonio?

Ser buena como lo son Biografía de un cimarrón y Canción de Rachel, del cubano Miguel Barnet. Así como las que hizo el estadounidense Oscar Lewis o su coterráneo Truman Capote, que cuando escribió A sangre fría interrogó verdaderamente a cada uno de los personajes de la novela hasta sentir el fuego de la veracidad.

¿Hay alguna finalidad en la creación literaria?

No sé. La literatura ennoblece la vida interior del lector, pero cada quien le da un uso personal, particular. No se puede decir que la literatura pueda cambiar al mundo, pero sí lo refleja.

¿Por qué escribe Elena?

Escribo porque es mi manera de estar sobre la tierra. Es lo que hago desde 1953, son muchos años. Es lo que le da sentido a mi vida.

¿Cómo repercute el periodismo en los planos formales y expresivos dentro de su literatura?

Me ha ayudado muchísimo en los diálogos, porque hago entrevistas, y en adquirir la costumbre de escribir diariamente, porque en el periodismo le exigen a uno un trabajo cotidiano. Quizá en lo que no me ha ayudado sea en la autocrítica, aunque personalmente pienso que soy muy crítica contra mí misma.

Para que alcance relieve estético y perdurabilidad como escritura, ¿qué elementos debe poseer un texto periodístico?

El primer elemento es estar bien escrito. Algo mal escrito no le sirve a un lector ni a una causa ni a nada. Además, debe contar algo que pueda conmover a la gente.

¿Otras manifestaciones artísticas confluyen en su prosa?

La música por el ritmo con que escribo, y la pintura por las imágenes plásticas. También la fotografía, algunos de mis textos son como fotos, y he escrito bastante sobre el tema, porque me apasiona.

¿No cree que el uso de demasiados localismos en las expresiones de sus personajes sea una barrera para que lectores no mexicanos comprendan claramente sus historias?

Sí, supongo que sí, pero no lo puedo evitar. No me preocupa porque apenas me doy cuenta de cuando hay o no hay un localismo. Es que yo aprendí español cuando llegué a México con las muchachas que trabajaban en mi casa y una era de Tabasco, otra de Veracruz, algunas del Bajío, de Querétaro, en fin… Ellas me pegaron sus localismos y yo los decía con una pasividad enorme. Nunca pensé si me entenderían o no, pues yo las entendía a ellas, y así me he expresado literariamente.

¿Con qué escritores mexicanos se siente en deuda?

Me siento muy en deuda con Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Elena Garro, y escritores más jóvenes como Agustín Ramos y José Agustín, que es un hombre a quien yo quiero y admiro profundamente.

¿Y de nuestro continente?

Gabriel García Márquez y sobre todo Alejo Carpentier, un gran escritor que no ha recibido todo el reconocimiento que merece. Me impactaron profundamente sus novelas El recurso del método y Los pasos perdidos. También Concierto barroco y toda su novelística y su conocimiento de la música.

De no haber ocurrido la tragedia de Tlatelolco, ¿su obra hubiese tomado otro rumbo?

No, porque antes de Tlatelolco yo escribí un libro que se llama Todo empezó un domingo, que publicó el Fondo de Cultura Económica, sobre qué hace los domingos en la ciudad la gente más pobre como las muchachas que apenas salen para pasearse por el camellón o para recargarse contra los postes de la luz a platicar. Entonces yo ya había hecho eso con dibujos de Alberto Beltrán, y ya tenía un gran interés por las manifestaciones populares.

¿Se siente contenta con sus libros?

No, para nada. Es por ello que sigo escribiendo.

¿Qué opina del discurso femenino en la literatura?

Ahora se habla de crítica feminista en los principales centros académicos de la Ciudad de México. Aralia López, Nora Pasternak y otras mujeres han profundizado en sus estudios teóricos, pero yo no sé nada de eso. Conozco más en el terreno de la ficción, como Laura Esquivel que maneja la cocina en su novela Como agua para chocolate. ¿Y qué más femenino que la cocina? Por ello ha sido criticada o más bien envidiada, porque a los hombres les enfurece que las mujeres tengan éxito y comentan: “¡Ay!, ¿y ahora para tener éxito hay que ser una pinche vieja?” Las odian por eso y les llaman pinches viejas, pero en realidad sí ha habido un gran interés por las escritoras como no había sucedido antes, y esto empezó a raíz de que la chilena Isabel Allende publicó La casa de los espíritus y le siguieron otras como Ángeles Mastreta con Arráncame la vida, Silvia Molina, María Luisa Puga… que tienen ya un público cautivo.

¿Está satisfecha con el tratamiento que le dan los escritores hombres de este tiempo a los personajes femeninos?

No, salvo en Figura de paja, del yucateco Juan García Ponce, que sí sabe transformarse en mujer y tratar a la mujer. Pero las mujeres de Carlos Fuentes, por ejemplo, en Diana o la cazadora solitaria, son muy denigradas porque él las maltrata y no las sabe pintar. Por otra parte, las mujeres que citan escritoras como Rosario Castellanos son siempre fracasadas. Quizá Elena Garro en Los recuerdos del porvenir tiene una buena imagen de mujer, pero después (en otros libros) cayó en estereotipos. A la literatura mexicana, escrita por hombres y por mujeres, todavía le hacen falta grandes personajes femeninos, de altos vuelos, como Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos.

¿Cómo ve a México dentro de cien años?

¡Ay, qué tristeza! Pues como vamos, veo que cada día va a haber una mayor invasión de mexicanos pobres hacia los Estados Unidos, pero también un mayor triunfo de esos mexicanos pobres en Estados Unidos. Yo creo que tiene que haber un cambio, ya muchísima gente lo está pidiendo a gritos. También creo que estamos entrando en un siglo donde se verá el florecimiento pleno de la mujer.

Me despido de Elena entre voces que buscan en su voz un eco de sabiduría. Se reconoce en el afecto colectivo y bromea sobre la suerte. Busca el minuto preciso para cada detalle: un elogio a la película Danzón de María Novaro, una crítica a los escritores pretenciosos, la confidencia de haber deseado cantar en un cabaret… Honda es su modestia y eso conmueve como los seres que habitan sus historias.

Afuera, el sol enceguece y se regodea al transgredir la frontera dentro de una bahía que surcan embarcaciones tan frágiles como ese otro límite, el del tiempo, que a mis espaldas rompe melodiosamente Elena Poniatowska al cruzar la avenida y hundirse en los laberintos cinematográficos del Museo de la Cultura Maya, donde se fusionan mitos de la creación y tecnología de brumoso horizonte.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.

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