Vértice se complace en compartir con sus lectores un avance de una novela en preparación del connotado escritor quintanarroense.

Mario Pérez Aguilar

Después de su increíble y larga historia de amores clandestinos, fue la inesperada muerte del marido, y no el azar, lo que puso al viudo junto a la viuda. En la víspera de su unión, al doctor Marcelo Pérez-Carretero, el viudo, lo sorprendió el mensaje que había tardado quince años en llegar a mitad del chequeo rutinario a sus pacientes en el hospital general de la ciudad. Por debajo de su bata blanca, irrumpió en su bolsillo el sonido vibrante del bendito mensaje esperado por todos esos años. Como un acto reflejo, quiso saber de inmediato la fecha y volteó hacia el calendario puesto en la mesita: era el catorce de noviembre de 2019. Miró hacia afuera y pudo ver, desde la ventana, que el sol golpeaba el pavimento y desprendía vahos que semejaban espejismos al paso de los vehículos. Suspiró con un leve temblor de barbilla: las cosas se estaban dando como habían soñado.

Como todas las tardes, desde que llegó al hospital, había cogido la carpeta metálica de fichas amarillas pendida de una de las paredes para revisar las prescripciones que había puesto antes y dejar por escrito otras nuevas. Mientras se cercioraba de los signos vitales de sus pacientes, les tomaba la temperatura y les hacía preguntas acerca de cómo se sentían con su voz de barítono, les hablaba de nimiedades de la ciudad con el único afán de distraer los síntomas de las enfermedades y despistar los dolores.

Atendía esa tarde a un grupo variopinto de enfermos. Uno de ellos, un hombre de unos setenta y seis años, cuya enfermedad para entonces se hallaba en etapa terminal, estaba cubierto por una maraña de tubos de diversos diámetros que iban desde el tronco a la parte baja del abdomen y parecían un plato enmarañado de espagueti. El doctor, para realizar su labor, tuvo que mover uno de aquellos espaguetis y situarlo en la parte superior de la cabeza, cerca de la coronilla, provocando con ello que el hombre, despidiendo un leve quejido, abriera los ojos. La enfermera que acompañaba al doctor, practicante de la Escuela de Medicina, sintió un leve impacto de conturbación. El doctor, sin embargo, lo miró apacible y abrigó su mirada con una sonrisa de alivio. Estaba consciente de que en unos días el hombre se pondría a salvo de las trampas de la memoria y le dio una palmadita de solidaridad en el hombro. El sujeto entornó los ojos y se refugió en sus resuellos. Pérez-Carretero y la joven enfermera se alejaron de la cama.

La rutina los llevaba a un paciente en una habitación al final del pasillo. El silencio del hospital era como un murmullo agudo y profundo. Fue en ese instante, mientras caminaban, en que el silencio se interrumpió por el sonido del mensaje en el celular del doctor. De inmediato pensó que debía tratarse de ella, de Osmaira, y empezó a preocuparse. No se detuvieron, siguieron su paso pausado a lo largo del pasillo. Echó, sin embargo, un vistazo con el rabillo del ojo y lo confirmó; no abrió el mensaje, imaginó que su presentimiento podría cumplirse y eso lo ponía sumamente nervioso. Le pidió a la enfermera que se detuvieran un instante para que tomara agua del servidor. Ella lo esperó parada mientras él se inclinó y ladeó un poco la cabeza para que su boca alcanzara el grifo. Osmaira le había prometido ponerlo al tanto tan pronto sucedieran las cosas, y sólo de pensarlo le sudaban las manos. Prefirió, en cambio, dirigir sus recuerdos a los días lejanos cuando la conoció en el aula universitaria. Mientras tanto, siguieron su camino hacia el final del pasillo, la enfermera le iba informando sobre el estado de salud del enfermo que visitarían en breve pero él no la escuchaba. Recordaba que le había contado a Osmaira en aquella ocasión, no sin una sonrisa maliciosa, que en el lugar donde había nacido, en Chetumal, en el culo del mundo, cerca de las poblaciones regadas como ventiscas y cayos en el mar de leva del extremo sur del Caribe mexicano, frontera con Honduras Británica, la vida parecía reciente, y aunque el oficio de cuidar y curar enfermos apenas empezaba a ser de uso común (antes sólo habían curanderos y parteras), la tranquilidad y la paz eran tan diáfanas que casi podían tocarse con los dedos. A la enfermera le dio la impresión de que el doctor la estaba ignorando y dejó de darle los pormenores del paciente. Él no dijo nada cuando ella dejó de hablar. Siguieron caminando en completo silencio mientras él iba recordando que Osmaira se rio en serio porque quizá supuso que él era un provinciano locuaz como había muchos.

Antes de llegar al fondo del pasillo, empezó a suponer que tal vez el mensaje que recién le había llegado le podría impedir continuar con su labor y decidió suspenderla. La enfermera le enseñó el expediente del paciente: un joven de veinte años a quien un día antes había operado de apendicitis. La visita era de rutina. Le dio indicaciones ahí mismo, de pie, bajo la luz del pasillo, para que ella lo revisara y le escribió la nueva prescripción de medicamentos. Se despidieron.

Él entonces se fue andando pegado a la pared, disimulando la incertidumbre de sus pasos hasta alcanzar las escaleras, y empezó a bajar. Se detuvo entre los pisos tercero y segundo porque en su cabeza, atribulada desde hacía unos minutos por el reciente WhatsApp, empezaron a centellear imágenes de cuando a sólo unos días de haber conversado con ella por primera vez después de su clase de Anatomía I, a sus cincuenta y tres años, había comenzado a dejar su vida en ella.

Sin embargo, el mundo había cambiado desde esa primera vez que habían conversado. Lo que podía tocarse ahora con los dedos no era la paz, sino la violencia. El país era otro. Los acontecimientos de fin de siglo habían dejado una huella en todos. La segunda década del tercer milenio estaba por terminar y muy pronto arrancaría la tercera con una combinación impresionante de avances tecnológicos y desastres antropogénicos: ciencias robóticas, genomas, alimentos orgánicos y chatarra, “veganerías”, compras en línea, líderes espirituales de la autoayuda new age, cirugías plásticas, aplicaciones Tinder, teléfonos inteligentes, entre cientos de muchos otros; acompañados, en forma simultánea, por secuestros, cobro de derechos de piso, extorsiones, corrupción extravagante, guerras entre y contra los cárteles de las drogas. “La Civilización” se había transformado y, en su torrente, había transformado a todos. El siglo XXI estaba en movimiento, y el doctor Pérez-Carretero, a sus sesenta y ocho años, tenía la certeza de que a ellos dos el destino, finalmente, los había alcanzado.

Siguió bajando las escaleras, y, mientras lo hacía, decidió por fin leer el WatsApp y confirmar sus temores: «¡Hazael acaba de morir!»

Su mano trémula se crispó sin remedio, y estuvo a punto de dejar caer el celular. La noticia tuvo en realidad un efecto contrario a lo que esperaba: hizo trizas su visión y trastabilló en las escaleras. Se mareó un poco, logró asirse del barandal y detuvo su camino para no caer de bruces. La pared de ladrillos se convirtió en su refugio: la tantaleó por un instante con cuidado y logró sentarse en el tercer peldaño con su parsimonia de viejo. Clavó los codos en las rodillas, se tomó la cabeza y se sorprendió a sí mismo llorando sin consuelo. Primero con pequeños sollozos, desalojando las lágrimas con la punta de los pulgares, y luego con una suerte de espasmos incontrolables. Lloraba sin ambages, indiferente a los que pasaban y lo veían.

A lo largo de sus años de médico su disputa infructuosa con la muerte había fortalecido su capacidad de resignación y el juramento hipocrático lo había ayudado a implantar algunas artimañas apropiadas para el olvido. Había visto morir a muchos pacientes a lo largo de su vida, a varios amigos, e incluso a su esposa Eloísa, a muchos otros desconocidos y nunca, nunca antes había llorado como entonces. No había duda, esta muerte era muy distinta a las demás. Lloraba inconsolable por aquel hombre bueno y afable que tuvo que morir para que él fuera feliz.

No sabía si en realidad lloraba por aquel hombre o por todo el peso del azar de su relación con Osmaira. Ella se lo había advertido desde mucho tiempo atrás: «Cuando él muera, si muere antes que yo, por supuesto, no me busques enseguida, sé prudente, deja que las aguas tomen su nivel, por favor, sobre todo por mis hijos.» Pero se acogía también a la incertidumbre causada por ella, cuando, hacía un año apenas, la salud de Hazael había declinado bastante, su amor acorralado pisaba los catorce años, y le había prometido que él sería el primero en saber sobre la muerte del marido. Y lo había cumplido. Además, sus hijos, así como la hija de él, ya eran adultos y habían tomado sus caminos. Era tiempo ya de que el viudo se pusiera junto a la viuda.

Mario Pérez Aguilar (Chetumal, México, 1954) es economista y escritor. Vive en Cancún. Ha publicado las novelas Los artificios del agua turbia, Tercera llamada, Por aquí se dan muy bien los muertos, Las mujeres del profesor y Luna menguante, historia de un asesinato, así como los libros de cuentos El motivo de Benjamín y La historia que viene, este último en coautoría con Bertha Orozco Rochín.

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