Agustín Labrada
Viernes Santo, heridos por rayos de sol caminan Jesucristo (arrastrando una inmensa cruz), su pueblo y los soldados romanos en el mediodía de Chetumal. Cristo va absorto e ignora a toda esa gente que debajo de las sombrillas negras escucha las oraciones que emanan desde un auto sumergido en el viacrucis.
Realismo hispano, representación nacida de la fe, donde (fiel a las figuraciones) Cristo el actor exhibe barbas y melena. La ambigüedad de sus cabellos (ni amarillos ni oscuros) lo hace quedar bien con quienes saben que nació en la estepa y con los que rinden culto a una imagen del Renacimiento.
Cristo continúa pensativo en su papel, un romano –miembro de un equipo de fútbol local– le marca veredas con un látigo en su espalda, de donde brotan rojos manantiales. La procesión atraviesa los resplandores del día, un apóstol consulta su reloj Seiko y le dice a otro cómo lo atrae con su belleza Magdalena.
“Peeeeerdooooona a tu pueblo, señor”, por los campesinos muertos, por los indios marginados, por los asesinatos sin culpables, por el abuso de la palabra hasta volverla hueca, por perdonar a los imperdonables, por los rencores que en espiral estallan como globos… “peeeeerdooooona a tu pueblo, señor”.
Detrás de los romanos están los judíos, tras los judíos el pueblo sin máscaras. Más allá, en sus triciclos, los vendedores de aguas hacen su agosto y en el cielo ardiente el rebelde Jesús, entre benedettianas golondrinas y misiles, contempla su homenaje en este barrio de la frontera donde cae el sol como lava celeste.
“De aquí nos vamos pá la playa de Mahahual, ya compré las cervezas.” “Hijo mío, ¿qué te han hecho? ¿Por qué tienes que morir en la cruz?” “Los de alante que no jalen la cuerda muy fuerte, por favor”. “Madre, tú bien sabes que este es el único camino para salvar a los hombres del pecado y del Infierno.”
“¿Viste que buena está la güerita?” “Yo sólo tengo ojos para Magdalena.” Un coche negro que asedian los fotógrafos se enreda con el desfile macondiano. Los cristales oscurecidos impiden distinguir al conductor. “¿Será Satanás? ¿Por qué no se asoma ese ojete?” “Mirad a ver si hay dolor comparable con mi dolor.”
Un caballo loco, caballo ausente, caballo muerto al borde del camino dispersa su perfume en el aire cálido que se respira. “Allá en la bahía hay un concurso de bikinis…”. “No la friegues”. La espalda de Jesús parece un crucigrama vista desde el verde limonero donde ha graznado un pájaro a la una de la tarde.
Hay más de un Judas y lo sabías, como sabes que tu doctrina ha transmutado sus ropajes a lo largo de estos siglos iniciados por ti en Jerusalén. Tienes dos rostros en la moneda con que se truecan tus visiones. Los dos son peligrosos, dos espadas que en forma de puentes no ha podido abarcar la humanidad.
El apóstol mira cómo Magdalena cruza debajo de un roble florecido y se le llena su cabeza de pétalos. Los romanos amagan con sus lanzas y un niño grita desde su bicicleta. “No te claves, manito, hay otras chavas en la ciudad.” “Ninguna se le parece a ella”, afirma el apóstol con flores entre sus dedos.
Caifás, el sumo sacerdote, dijo a los judíos: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.” Eres el pueblo, Cristo. Eres todavía un símbolo de variados colores. No te dejes sacralizar porque serás un látigo sobre tu propia gente. Escapa con los pastores, que no celebren tu nacimiento con nieve ajena.
María preguntó: “Pero, ¿por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué esta muerte tan cruel?” “No te aflijas, madre. La muerte no es el final de todo, sino el principio de una vida nueva en amistad con Dios.” Cobardes fueron los judíos, como todas las muchedumbres sin rey. Los pueblos, desde entonces, son niños.
Sobre esta calle de arena
reza el apóstol un canto,
donde imagina sin manto
a esa muchacha morena
que finge ser Magdalena
tras los pasos de Jesús.
Se la imagina en la luz:
desnuda, libre el cabello,
y lo despierta el destello
solar que lame la cruz.
Ahí está el escenario: secos matorrales, una cancha desvencijada, pirámides de polvo y las tres cruces. Te despojan de tus ropas y tienes piedad para decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” No sabías al decir eso en el año 0 que se exonerarían de sus culpas los criminales más sutiles de la Historia.
Han vendido las aguas de jamaica, las ruedas fritas de plátano… Son más de mil los que te observan, amigo. Estás tan solitario allá arriba como aseguran lo estuvo Jesús entre los dos ladrones hace un par de milenios… Sufrió, pero su angustia no nos liberó de nuestros sufrimientos a los que vinimos después a su mundo.
Al doblar una esquina, Magdalena ve con discreción al apóstol. Es un instante en que sus miradas trazan un camino eléctrico en el aire. Ese mismo aire baila ligeramente y hace ondular los bordes de la falda de Magdalena mientras el apóstol siente una manada de caballos trotar bajo su pecho.
“Tengo sed”. “¿Qué dijo? ¿Qué quiere?” “Dice que tiene sed. Vamos a darle agua”. “¿Qué hacemos nosotros por Cristo?” Encerrarlo en cuadros y altares, y repetir teatralmente la leyenda de su viacrucis todos los viernes santos, en un rito inocente para alejar de nosotros la soledad y el miedo.
Jesús de Chetumal mira el cielo, ni una amenaza del dios Chac. Sólo las vibraciones del reggae vienen de la bahía. Tantos años y nadie ha visto la luz, aunque en tu nombre se cante y sueñen hoy con un jardín. Más allá, el apóstol invita al cine a la llorosa Magdalena. El teatro ha terminado y comienza el viacrucis.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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