Carlos Torres
(Segunda parte y final)
Los admiradores incondicionales de Kundera, que son muchos, incluido una parte de mí, pueden alegar que a su favor que la pasión por el tema (la novela trascendente o auténtica o genial o continuadora de una tradición progresista), así como los demás elementos laudables, certeros y visionarios del ensayo “La desprestigiada herencia de Cervantes”, bastan para nulificar el presunto error de dialéctica señalado aquí.
Pero este mismo error o falta de rigor dialéctico se repite en el multialudido ensayo de Kundera cuando este afirma: “Cuando Dios abandona lentamente el lugar desde donde había dirigido el Universo y su orden de valores, separado el bien y el mal y dado un sentido a cada cosa, don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo. Este, en ausencia del juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambigüedad; la única Verdad divina se descompuso en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con él la novela, su imagen y modelo.”
¿Acaso no el binomio indisoluble Sócrates-Platón había postulado en los primeros Diálogos platónicos que, incluso con la presencia de un Dios tan unívoco como el de la Edad Media, el conocimiento científico (léase filosófico) se descomponía en una multitud de verdades parciales, relativas, de suma utilidad para la vida práctica y espiritual del individuo, mientras que la verdad absoluta era remitida a una especie de imposible que sólo otras instancias del conocimiento, como el arrebato místico o ciertas drogas rituales, pueden entrever?
Al respecto, es necesario acudir a una prosa poética de Marguerite Yourcenar, contenida en su libro Fuegos, para confirmar el aporte de Sócrates-Platón; ello bajo la advertencia de que, cuando consignamos el término “prosa poética” estamos refiriéndonos justamente a un tipo de escritura que quiere —y logra— acrisolar los poderes visionarios de la poesía con la capacidad dialéctica de la prosa. La autora recrea el último día de Sócrates.
Veamos: “Mas ya las palabras no se escapaban sino con pesar de aquella boca serena; sin duda, el sabio comprendía que la única razón de ser de sus pasos por el Discurso, que él había recorrido incansablemente durante toda su vida, era conducir hasta el borde del silencio donde late el corazón de los dioses.”
Pero dejando a un lado estos bizantinismos literarios o filosóficos, lo cierto es que los párrafos citados de Kundera contienen, repito otra vez, gruesos errores de apreciación respecto de Orwell.
Veamos: “Dice Kundera: “En las novelas de Kafka, Hasek, Musil y Broch, el monstruo llega del exterior y se llama Historia.” Y advierte luego, en el párrafo siguiente: “¡Pero no deben leerse sus novelas como una profecía social y política, como un Orwell anticipado!” Resulta obvio que cuando escribió la primera de estas dos frases olvidó, por alguna razón que no es útil averiguar, puesto que aquí no se habla de Kundera, y ni siquiera de Orwell, sino (que la República de las Letras me exonere) de la Historia, olvidó a Orwell por una especie fugaz de lapsus, pero la presencia intelectual de Orwell se impuso unos pocas líneas después, sólo para ser remitida esa presencia a un plano subalterno, no artístico, no novelístico.
En este punto, es conveniente acotar que, siempre en los mismos párrafos transcritos, cuando Kundera menciona “lo que solamente una novela puede descubrir”, está refiriéndose a un comentario de Hermann Broch citado en el mismo ensayo (“La desprestigiada herencia de Cervantes”) que reza: “Descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela”, aserto que Kundera vincula con su propia propuesta previa, incluida en el inicio del mismo párrafo, de que “La novela acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad Moderna. La ‘pasión de conocer’ (que Husserl considera como la esencia de la espiritualidad europea) se ha adueñado de ella para que escudriñe la vida concreta del hombre y la proteja contra ‘el olvido del ser’; para que mantenga ‘el mundo de la vida’ bajo una iluminación perpetua.”
Esto es incontrovertible, irreprochable, límpido, pragmático, pero también se aplica a la obra de Orwell. Sin embargo, mantengamos el orden secuencial de los párrafos de Kundera citados y vueltos a citar, y regresemos al concepto de que “En las novelas de Kafka, Hasek, Musil y Broch, el monstruo llega del exterior y se llama Historia”, así como la recomendación de que “no deben leerse sus novelas como una profecía social y política, como un Orwell anticipado” (!) Por supuesto que compartimos u obedecemos esta última prescripción, puesto que se trata de otro tipo de alta literatura. En lo que no coincido con Kundera es en su decreto de que: “Lo que nos dice Orwell pudo decirse igualmente (o quizá mejor) en un ensayo o un panfleto.”
En Rebelión en la granja y en 1984, también el monstruo llega del exterior y se llama Historia. En Rebelión en la granja ya está operando “el más frío de los monstruos fríos, el Estado” (Nietzsche), no únicamente en su trama, que es una caricatura feroz, antes que una fabulación del régimen estalinista, cuyo politburó está conformado por cerdos, puesto que el prólogo (titulado “La libertad de prensa”) de Rebelión en la granja (escrita en 1943) el autor anticipa —no como profecía, sino como testimonio— una de las tesis centrales de 1984 (escrita en 1948): que los líderes de las superpotencias supuestamente enemigas o antitéticas son cómplices en el delito mayor contra la humanidad, que es el de sostener guerras entre sí, guerras controladas o “convencionales” (¡qué término tan apropiado!) con el propósito de someter a las propias poblaciones respectivas en un estado de alerta permanente, de miedo generalizado, que permita a la cúpula dirigente sostenerse en el poder, un poder por el poder mismo, ya no como en épocas pretéritas un poder para gozar de canonjías y privilegios, sino un poder más o menos ascético —aunque no exento de comodidades— cuyo placer principal consiste en mandar y humillar, cuyo objetivo trascendente es la permanencia de un sistema totalitario basado en el terror, no hereditario, sino sustentado por aquellos elementos de la población que manifiestan total adscripción al mecanismo imperante, pletórico de estruendo y de furia, de simulación que, bajo un intenso proceso de lavado cerebral, convence a sus oficiantes de que su actuación es justa y verdadera, aunque la parte consciente de su cerebro admita que su metodología está basada en la mentira y la traición: el doblepensar.
Si bien es cierto que al momento de ser escrita Rebelión en la granja Inglaterra y Rusia eran aliados contra el nazismo, también es verdadero que los sectores pensantes de Inglaterra estaban enterados de las atrocidades cometidas por el estalinismo. Incluso se podría conjeturar que la intelectualidad británica avizoraba la proximidad de la guerra fría, la repartición del mundo en dos grandes bloques presuntamente antagónicos en lo ideológico. Lo interesante del caso es que una vez terminada Rebelión en la granja, Orwell encontró dificultades sorprendentes para ver publicada esta novela en su patria, Inglaterra.
Uno de sus posibles editores, el único que le había dado esperanzas a Orwell respecto de la publicación de Rebelión en la granja, le escribió esta denegación: “Debo hablarle de la desfavorable reacción que me fue transmitida por un importante funcionario del Ministerio de Información respecto de Rebelión en la granja. Reconozco que su opinión me ha dado elementos para modificar mi actitud inicial. He comprendido todo lo peligroso que puede ser publicarlo ahora, pues si la fábula tuviera como blanco a los dictadores y las dictaduras en general, la publicación no sería mal vista, pero dado que el relato sigue con tan notoria fidelidad el curso histórico de la Rusia de los soviets y de sus dos dictadores que resulta por demás evidente que la anécdota alude sin lugar a dudas a aquel país, excluyendo todo otro régimen dictatorial. Además, resulta por demás ofensivo que la casta dominante de la fábula sea la de los cerdos. Una elección semejante puede ser ofensiva de modo especial para quienes sean un tanto susceptibles como sabemos que es el caso de los rusos.”
Después de un asombrado análisis de las muchas paradojas que vivió su patria en esos tiempos de plena guerra mundial, análisis en el que se vislumbra el carácter tácito de una ortodoxia no escrita, sino asumida por fuertes temores sobre un presente infernal, caótico, ortodoxia retrógrada, claudicante, a la que sucumben precisamente los sectores más calificados para combatirla, los liberales y los intelectuales, Orwell concluye así su prólogo a La rebelión en la granja: “Sobradamente, conozco las razones por las que los intelectuales de nuestro país demuestran su cobardía y deshonestidad. He sufrido en carne propia las consecuencias de los argumentos con los que pretenden justificarse. Creo que sería mejor para todos que cesaran en sus desatinos y pasaran a defender la libertad contra el fascismo. Porque si la libertad vale de algo, es por el derecho que otorga de poder decirles a los demás lo que no desean oír. Confusamente adscrita a esta doctrina la gente actúa según lo que ella le dicta. De momento en nuestro país —no ha sido así en la republicana Francia o en Estados Unidos de hoy— los liberales sienten temor a la libertad y los intelectuales no trepidan en degradar la inteligencia: es como una preocupada llamada de atención sobre estos hechos por los que he escrito este prólogo.”
En 1948, apenas cinco años después de haber escrito esto, ya inscrito en la terrible Era Atómica, Orwell avizoró un mundo mucho más enfermo: desahuciado; un mundo en el que Estados Unidos, América e Inglaterra conformaban un superestado (Oceanía), en guerra perpetua contra uno de los dos superestados restantes, Eurasia (que incluía a Francia) y Asia Oriental, todos regidos por un mismo sistema de socialismo falso, enemigos y cómplices, tanto por cambiar incesantemente de alianza (Eurasia y Oceanía contra Asia Oriental; Oceanía y Asia Oriental contra Eurasia), como por sostener ese tipo de guerras localizadas en fronteras convencionales, más o menos movedizas; guerras en las que sucumben cientos de miles de la despreciada población proletaria; guerras que sirven para mantener al interior de cada una de las tres superpotencias una dictadura radical, que subsume en la irracionalidad absoluta a los tres sectores de la sociedad: los dirigentes, los operarios y los proles.
Por supuesto que Un mundo feliz, de Aldous Huxley, viene a complementar esta visión atroz del futuro mundial. No es el caso analizar similitudes y diferencias entre 1984 y Un mundo feliz; baste decir que, por el singular hecho de que ambas antiutopías de mediados del siglo xx hayan sido escritas por sendos ingleses, herederos, por así decirlo, de la Revolución industrial, del positivismo, se hace posible la idea de que, sin menoscabar los poderes visionarios de estos dos escritores, así como tampoco su plausible preocupación humanística (de signo ecuménico, si vale la pena añadir este adjetivo), es precisamente el avance tecnológico de Inglaterra el que hace aparecer ahí primeramente las tendencias esclavizantes del aparato tecnológico; tendencias fortalecidas por el positivismo, el cual, en palabras del filósofo mexicano Samuel Ramos, por “su contenido naturalista lo predestina a descender de grado ético en la mente popular hasta reducirse a una filosofía del sentido común y una justificación del egoísmo instintivo”.
Pero prosigamos con el análisis de las palabras transcritas de Kundera: “En las novelas de Kafka, Hasek, Musil y Broch, el monstruo llega del exterior y se llama Historia; ya no se parece al tren de los aventureros; es impersonal, ingobernable, incalculable, ininteligible —nada se le escapa”.
En 1984, el más frío de los monstruos fríos, el Estado, también es impersonal, ingobernable, incalculable, pero no es ininteligible; al contrario, el propio monstruo se encarga de hacerse completamente diáfano a los que, como el protagonista, Winston Smith, intuye la perversidad del régimen que lo domina y al que sirve como operador. Pero la manera en que hace llegar este conocimiento esencial a sus víctimas, sus condenados, es absolutamente diabólica: les hace creer que hay un movimiento revolucionario, encabezado por un tal Goldstein, que ha escrito un libro denunciatorio del sistema de Oceanía, libro que deposita sus esperanzas de revolución en la clase proletaria, a la que el propio Estado de Oceanía le proporciona alcohol, pornografía, arte y propaganda mediatizadas por el Estado, así como racionamiento alimenticio, de ropa y alojamiento, pero también libertad sexual, capacidad de reproducción poblacional, seguro el Estado de que tal régimen estricto y libertino incapacita al proletariado para alcanzar lucidez sobre el sistema que lo esclaviza. Lo demoníaco es que el propio Estado dictatorial es el que ha redactado dicho libro, con el objetivo de que sirva de atractivo para aquellos elementos del aparato gubernamental que, como Winston Smith, muestren descontento y clarividencia respecto de la composición y el comportamiento irracional (irracional dentro de su minuciosa complejidad) de la dictadura entronizada.
Hubiera sido más conveniente, a la manera lapidaria de Nietzsche, decretar: Kundera se equivoca respecto de Huxley, pero no soy el mártir del conocimiento vitalista que es Nietzsche y el asunto merecía un poco de análisis.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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