Carlos Torres
Una advertencia: el título de esta entrega parafrasea otros dos: Retrato del artista adolescente, de James Joyce, y el homenaje paródico que le hace a este Dylan Thomas con Retrato del artista cachorro, novelas de corte autobiográfico que figuran en lo más alto de las bibliotecas personales.
En este caso, obviamente estoy siendo excesivamente igualado, respecto de los referidos autores de escritura inglesa; y además una nota, no se compara ni de lejos con una novela, lo mismo que este chan autor (yo) no podría compararse con Joyce ni con Thomas sin sufrir una severa depresión.
Pero el caso es que me identifico plenamente con los dos artistas en ciernes que presentan Joyce y Thomas en sus obras referidas: con el de Joyce, por la carga traumática que el catolicismo deja en todo individuo que busca pensar por sí mismo (con ayuda de los demás), y con el de Thomas por mi temprana inclinación a bebidas espirituosas.
Sin embargo, abandonando de tajo estos antecedentes, la nota de hoy se centra en los años en que, no sé por qué infausta decisión personal, quise ser escritor, y con ímpetu de atorrante me presenté, con algunos pseudopoemas y otros tantos dizque cuentos, al Centro Cultural del Museo de la Ciudad de Veracruz a pedir orientación y trabajo.
Recibí las dos requisiciones por parte del director de dicho Centro Cultural, el incomparable escritor y musicólogo Juan Vicente Melo (héroe de la cultura, lo calificó Juan García Ponce). Así que, de pronto, me vi en medio de lo mejor de lo mejor de la intelectualidad y el arte de México, que confluía en el puerto jarocho, a una cuadra de donde estudiaban Ciencias y Técnicas de la Comunicación Magdalena Mulia y Eduardo Mendo —quienes, como yo, se convirtieron en quintanarroenses muy a gusto en el Caribe mexicano—, y también de improviso me interné en el periodismo cultural porque una de mis labores era redactar boletines de prensa sobre las gloriosas actividades que ahí se desarrollaban.
Estas eran, entre otras, conferencias, lecturas en voz propia de autores legendarios, exposiciones magníficas de artes visuales, cine club de primera, buen teatro, todo ello bajo la égida de Juan Vicente Melo y Loló Navarro (una villana del cine —véase Pueblo de madera— y de la vida real), pues sus fechorías e intrigas cotidianas llegaron a ser tema exhaustivo de conversación entre sus allegados y conocidos.
Pero yo quería ser escritor, así que de tales actividades, las que recuerdo con mayor intensidad —estamos hablando de los primeros años de los setenta—, fueron las presentaciones de figuras como Jaime Sabines, Isabel Fraire, Juan José Gurrola, José de la Colina, María Luisa la China Mendoza, Tomás Segovia, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Mariana Frenk, Jorge Ibargüengoitia, et al.
Asimismo, recuerdo que cierto día llegó de visita al Museo de la Ciudad de Veracruz el poeta Jaime Torres Bodet, célebre más por su pertenencia a la generación de Contemporáneos que por méritos propios —José Joaquín Blanco le dedica una sátira fulminante en uno de sus escritos—, a quien saludé a las puertas del recinto más como anciano ex secretario de Educación Pública que como artista.
En ese lugar, también conocí a quienes con el tiempo y las vicisitudes son y fueron (algunos se murieron, unos más viven) mis mejores amigos, entre otros anteriores y posteriores a esa época.
Pero yo quería ser, más que escritor, poeta, y por lo tanto lo primero que hice fue insuflarme de la ilusión de que —al igual que cierto manchego se creyó caballero andante por medio de lecturas concomitantes— yo era un gran poeta, y, desde ese elevadísimo sitial, pronto empecé a enemistarme con el vulgo, con los poetas verdaderos y con el mundo en general, que tenían el defecto de no comprenderme.
Sin embargo, tanto arte y tanta intelectualidad que presencié y viví a fondo, con semejante intensidad a la de los fanáticos de futbol, fueron influyendo en mi cerril espíritu para que, muy poco a poco, fuese yo entendiendo que el arte de escribir requiere por principio de cuentas toda la humildad del mundo y, luego, todo el ejercicio posible, así como la capacidad de reconocer errores y limitaciones propios.
En este sentido, la lectura de Jorge Luis Borges y de Samuel Ramos me ayudó, cada uno a su modo, a enderezar mi torcida ruta; es decir, los odiosos imperativos del ego, en mi caso un ego completamente desaforado.
(Mientras escribo el párrafo precedente, la magia del programa Word me señala que cometí un error de sintaxis, que me apresuro a corregir; pero en aquel tiempo, ni en sueños se vislumbraban estas facilidades de la cibernética, entre ellas la consulta siempre oportuna a la Red de Redes para verificar un dato equis o ye, así que escribir, al menos para mí, era más difícil que ahora.)
En estos días, leo un libro muy recomendable: Un arte espectral / Reflexiones sobre la escritura, de Norman Mailer, y una de las partes más seductoras del volumen es cuando el autor se aboca al tema del momento de inspiración.
A lo largo de los muchos años que llevo coqueteando con la escritura, he aprendido que el oficio (el ejercicio) es mucho más decisivo que la inspiración; pero también un rescoldo de romanticismo y otro tanto de experiencia pragmática me indican que ella, la inspiración, sigue existiendo, y que es conveniente invocarla incluso al modo de Homero cuando dice: “Canta, oh musa, la cólera del pelida Aquiles”.
Exactamente, en consonancia con esta petición, es que Norman Mailer habla en el libro mencionado de aquellos momentos en que la escritura fluye como proveniente de una entidad que está, o bien fuera de nosotros, o en su defecto en latitudes inexpugnables del subconsciente.
Uno de esos momentos fue provocado por la mescalina (al igual que en Aldous Huxley para escribir Las puertas de la percepción), y al respecto dice así Mailer: “Entonces, salido de cierta carne de mí mismo que no había conocido hasta entonces, con las palabras saliendo una a una, en subidas y caídas separadas, con onda en sus giros, refrescado con sus vuelos, como el toque del ser entrando en otro ser, así llegaron a mí las últimas seis líneas de mi maldito libro: El parque de los ciervos.”
No obstante esto, en el hermoso “prefacio con tres advertencias y una disculpa” del referido libro, Mailer consigna otras variantes de la inspiración y su mortal enemigo, la imposibilidad de escribir: “Hay horas improductivas que a nada se parecen tanto como al acto de tratar de hacer arrancar un auto viejo cuando el motor ha muerto. (…) Los escritores jóvenes llegan por cierto a sentirse como ancianos en esas ocasiones desdichadas, como si cualquier talento que tuvieron alguna vez hubiese desaparecido. Para más de un novelista joven el primer anuncio de vejez es el día en que el don no aparece o llega rengueando.”
Nótese que en esta cita, la palabra “don” es el exacto equivalente de inspiración, ya que viene a ser aquel un regalo auténtico de la providencia. Esto se nota claramente en las siguientes palabras de Mailer: “Pero están también esos días impares, poco convencionales, en que ocurre algo cuando escribes y tus personajes toman caminos sorpresivos, revelándose ante ti sobre la página de un modo distinto del que esperabas. Descubres que sabes más sobre la vida y tus personajes de lo que creías. Esos días son gloriosos. Y son por cierto espectrales de la manera más agradable. ¡Te sientes cerca de todo el material externo!”
En este punto, resulta oportuno acudir a ciertos versos de Muerte sin fin, el poema inmortal del tabasqueño José Gorostiza, que ilustran tanto el fenómeno de la súbita inspiración como el hecho misterioso de que esos versos luminosísimos hayan caído desde las heladas cumbres del espíritu sobre un mero amanuense, Gorostiza, quien ciertamente vivía sumamente atribulado persiguiendo justamente esos versos, en los que el vaso es la forma y el agua la sustancia, pero que por la magia de la poesía conforman un solo ente fascinante y casi enloquecedor, pues no se puede contemplar la belleza sin desequilibrarse la conciencia. Veamos:
En donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
—en el terco repaso de la acera,
en el bar, entre dos amargas copas
o en las cumbres peladas del insomnio—
ocurre, nada más, madura, cae
sencillamente,
como la edad, el fruto y la catástrofe.
¿También —mejor que un lecho— para el agua
no es un vaso el minuto incandescente
de su maduración?
Es el tiempo de Dios que aflora un día,
que cae, nada más, madura, ocurre,
para tornar mañana por sorpresa
en un estéril repetirse inédito,
como el de esas eléctricas palabras
—nunca aprehendidas,
siempre nuestras—
que aluden el amor de la memoria,
pero que a cada instante nos sonríen
desde sus claros huecos
en nuestras propias frases despobladas.
Es un vaso de tiempo que nos iza
en sus azules botareles de aire
y nos pone su máscara grandiosa
ay, tan perfecta,
que no difiere un rasgo de nosotros.
Pero en las zonas ínfimas del ojo,
en su nimio saber,
no ocurre nada, no, sólo esta luz,
esta febril diafanidad tirante,
hecha toda de pura exaltación,
que a través de su nítida substancia
nos permite mirar,
sin verlo a Él, a Dios,
lo que detrás de Él anda escondido:
el tintero, la silla, el calendario
—¡todo a voces azules el secreto
de su infantil mecánica—
en el instante mismo que se empeñan
en el tortuoso afán del Universo.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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