(Primer capítulo de la novela postapocalíptica e inédita Resonancia mórfica.)

Raad Wolf

Año 199 DGC, la Confederación del Pacífico se prepara para conmemorar el bicentenario del Gran Cataclismo. Es la mayor de las confederaciones del sur, las otras son la del Atlántico y la Índica, aunque por razones de seguridad sólo mantenían contacto diplomático, pues la historia había demostrado lo que la globalización era capaz de hacer tanto en la superficie como bajo el agua. Estaba conformada por un cúmulo de ciudades submarinas con una biosfera sustentable que se fueron desarrollando a partir de comunidades de cultivos y criaderos marinos en el siglo XXI, y se fueron sumergiendo para sobrevivir a las condiciones adversas de la superficie.

Poco se sabía de lo que pudiera existir en las regiones polares, pero arriba del Ecuador no había muchas esperanzas de encontrar vida civilizada. La humanidad en el hemisferio norte había sido prácticamente aniquilada por la guerra o por los cambios climáticos y geográficos que le sucedieron, y todo fue consecuencia de la ambición desmedida e inconsciente de grupos de poder económico y militar a mediados del siglo XXI.

Hubo conflictos diplomáticos entre el centro y el oeste, que entorpecieron las alianzas para encarar los conflictos comerciales y bélicos con el oriente. El planeta azul ahora estaba dominado por océanos, producto del calentamiento global —acelerado por el calor producido durante la guerra— y el hundimiento de las regiones bombardeadas.

Al menos eso es lo que se les dice en su instrucción a los ciudadanos de categorías superiores, destinados a ser diplomáticos (nivel 1), o incluso a algunos dirigentes de los técnicos (científicos, ingenieros y médicos) que conforman el nivel 2. Los individuos de nivel 3, agentes de seguridad, reciben formación militar, con poca preparación cultural, para actuar sin cuestionar, excepto sus dirigentes, pues son quienes están a cargo de coordinar la seguridad interna y, si llegara a ser necesario, la externa también. El nivel 4 está conformado por los ciudadanos, a quienes se les prepara, de acuerdo con sus habilidades, para desempeñar oficios necesarios para el desarrollo de la ciudad, pero no reciben una buena formación cultural, y se les proporcionan muchas actividades recreativas que los pueden mantener dentro de una zona de confort.

Por experiencia de generaciones previas, se sabe que si se elimina la pobreza y se les permite satisfacer las necesidades sembradas desde su formación inicial, la sociedad puede funcionar en armonía de manera simbiótica, pero para eso es necesario erradicar la ambición y el deseo de superación. Este sistema permite dosificar la cultura para no generar expectativas inadecuadas, pero manteniendo la idea de tener un propósito en la vida: trabajo, familia, búsqueda de satisfactores y crecimiento social dentro de los límites permitidos.

Sin embargo, ocasionalmente aparecen individuos desadaptados, con ideas diferentes, y es tarea de los agentes de seguridad detectarlos y capturarlos, para ponerlos a resguardo en centros de rehabilitación, de los que rara vez salen, conformando el nivel 5 de la sociedad: los prisioneros.

Algunos, por la fuerza, se encargan del proceso de tratamiento de residuos (son etiquetados como código naranja), mientras que otros, los más peligrosos, son recluidos de por vida y tratados como enfermos mentales (los catalogan como código rojo).

Por lo demás, los conflictos comunes no son un gran problema en una población que sabe que cumple una función para el bien común, que no tiene carencias respecto de sus necesidades básicas y que siempre tiene tiempo después de trabajar para divertirse o para convivir con sus seres cercanos, además de no tener ambiciones que pudieran considerarse peligrosas dentro de esta dictadura perfecta.

Si alguna ciudad había logrado ese estado de manera ejemplar era Moorea, situada en la cuenca central del Pacífico, a 20 metros bajo el nivel del mar. La mezcla entre individuos se cuidó durante décadas para buscar homologar la raza evitando problemas de endogamia. Una piel morena clara, con ojos ligeramente rasgados, cabello oscuro y estatura de un metro con 70 centímetros podrían describir al fenotipo promedio de sus ciudadanos.

Su principal actividad comercial era la producción de proteína, que obtenían en criaderos de clonación y satisfacía hasta el 30 por ciento de la demanda de la Confederación, sin embargo, eran reconocidos por su producción de codiciadas especias, que les daban sabores específicos a los platillos preparados con base en esas proteínas. Gracias a eso, tenían asegurado su abastecimiento de vegetales y bebidas procesadas —néctares liofilizados para rehidratarse y fermentos de baja graduación alcohólica— que obtenían de las ciudades de la cuenca oriental, entre las que se encontraba Ciudad Capital, que es la capital de la Confederación.

Está de más mencionar que, después de casi dos siglos de vida submarina, todas estas ciudades eran autosuficientes en el abastecimiento de agua potable, así como de aire con óptima calidad.

La gente no necesitaba vehículos realmente, pues la distancia entre los centros de vivienda y la zona laboral no era grande, y, además del beneficio que aportaba una caminata diaria, había escaleras y bandas con desplazamiento mecánico. El tiempo no era un factor de estrés, ya que eso era algo que podría desestabilizar a la sociedad, como lo demuestra la historia de las civilizaciones de la superficie en las décadas previas al Gran Cataclismo, y por eso estaban bien dosificadas las horas para trabajo, esparcimiento y reposo.

Esto no quiere decir que no hubiera vehículos, pero eran eléctricos y sólo había de tres tipos: unos biciclos con los que se transportaban los oficiales y agentes de seguridad, los trenes colectivos que se usaban para desplazarse a puntos distantes de la ciudad, y algunos vehículos compactos de uso oficial o que podían permitirse algunos miembros de la clase diplomática, pero salvo los biciclos, los vehículos no circulaban dentro de la ciudad, sino por los carriles que rodeaban los distintos sectores.

La ciudad se dividía en sectores. Los centros de vivienda para los niveles inferiores estaban separados de los de la clase diplomática, conformando el sector de viviendas, y los primeros se encontraban más cerca del sector que contenía las distintas zonas laborales: oficinas, laboratorios, áreas de cultivo, centros de producción, tratamiento de aguas y desechos, etc.

Colindando con ambos sectores, se encontraba el que contenía los centros de abastecimiento y de servicios médicos. Junto a este sector, se encontraba el de los presos que no tenían permitido salir a hacer trabajos, las oficinas de los cargos importantes de la ciudad y los medios oficiales de comunicación.

Había otros dos sectores, uno que contenía la zona de entretenimiento, donde se podía encontrar un centro deportivo, además de instalaciones para disfrutar de cine, teatro, conciertos, danza, etc.; y el otro sector concentraba las academias en las que se enseñaban los distintos oficios que requería la ciudad para ser autosuficiente.

Existía también un sector especial, se trataba de los puertos, por donde se controlaba todo el tráfico de personas y productos que entraban o salían de la ciudad; cada puerto contaba con una zona de hangares para almacenamiento, y también para cuando se requerían cuarentenas.

Moorea era una ciudad ejemplar, en parte debido a su tamaño, pues no es tan sencillo mantener todo bajo control en una ciudad más grande o con un elevado tránsito de personas externas, como era el caso en otras ciudades de la Confederación, pero aquí, el tránsito estaba limitado a funcionarios o entretenedores, y en ambos casos tenían poco o nulo contacto directo con los ciudadanos.

El único lugar de la Confederación que tiene un idioma diferente es Moorea, ya que en un principio se hablaba la antigua lengua francesa, pero recientemente ha ido incorporando neologismos debido a casi dos siglos de inevitable intercambio político y comercial con el resto de la Confederación, aunque la cultura se ha mantenido un poco alejada de ese intercambio, por lo que su literatura se encuentra más cercana a la lengua original.

Los días eran tranquilos en Moorea, excepto cuando los elementos de seguridad detectaban a un individuo que debía ser capturado…

Raúl Novoa Castilla (Ciudad de México, 1968). Músico y científico. Escribe principalmente acerca de su trabajo de investigación en el área de musicología matemática, aunque tiene publicadas un par de recopilaciones de ensayos. Su reciente incursión en el mundo de la novela lo llevó a usar el seudónimo de Raad Wolf para no interferir con sus otras publicaciones.

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