Sylvia Plath

EL AHORCADO

Por la raíz del pelo algún dios me atrapó.

Sus vatios azules me hicieron chisporrotear

como a un profeta del desierto.

 

Las noches desaparecieron,

cerrándose de golpe,

como los párpados de un lagarto,

un mundo de días blancos

en la cuenta sin sombras.

 

Un aburrimiento buitreo

me dejó clavado a este árbol.

Si él fuera yo, haría lo que hice.

LOS BAILES NOCTURNOS

Cayó una sonrisa en la hierba.

¡Irrecuperable!

 

¿Y cómo tus bailes nocturnos

van a perderse?

¿En las matemáticas?

 

Tales brincos y espirales puros…

de cierto recorren

el mundo para siempre,

pero no quedaré enteramente vacía de bellezas:

el don de tu pequeño aliento,

el olor a hierba empapada de tus dormires-azucenas, azucenas.

 

Incomparable es tu carne.

Fríos pliegues de ego:

la cala y la tigridia, que va embelleciéndose…

Manchas y una expansión de pétalos calientes.

 

Los cometas

tienen tanto espacio que recorrer,

tanta frialdad, tanto olvido.

Así se pulverizan tus gestos:

cálidos y humanos,

luego su luz rosada

que sangra y se desuella

al pasar por las negras amnesias del cielo.

¿Por qué me son dados

esas luminarias, esos planetas,

que caen como bendiciones,

como copos hexagonales, blancos,

en mis ojos, mis labios, mi cabello,

derritiéndose al contacto?

En ninguna parte.

ÚLTIMAS PALABRAS

No quiero una caja sencilla,

quiero un sarcófago

de atigradas rayas y un rostro pintado,

redondo como la luna, que mire,

quiero estar mirándolo cuando lleguen,

escogiendo entre minerales mudos, raíces.

Los veo ya: los pálidos,

astralmente distantes rostros.

Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.

Los imagino huérfanos,

como los primeros dioses

de padre y madre.

Se preguntarán si tuve importancia

¡Debí haber preservado mis días,

como frutos, en azúcar!

Mi espejo se empaña:

unos pocos hálitos y no reflejará ya nada.

Las flores y los rostros

blanqueantes como sábanas.

 

No confío en el espíritu.

Huye como vapor en mis sueños,

por la boca o los ojos.

No puedo impedírselo.

Un día se irá para no volver.

Así no son las cosas.

Permanecen,

sus luces idóneas se calientan

en mis manos frecuentes.

Ronronean casi.

Cuando se enfrían las suelas de mis pies,

los ojos azules,

mi turquesa,

me darán solaz.

Déjame

mis cacharros de cobre,

déjame los cacharros de afeites,

que florezcan en torno a mí

como flores nocturnas, aromáticas.

Me envolverán en vendas,

almacenarán mi corazón

bajo mis pies, bien envuelto.

Conocerme a mí misma.

Seré noche

y el relucir de tantas cosas

será más dulce que el rostro de Istar.

Sylvia Plath (Boston, Estados Unidos, 1932-Londres, Reino Unido, 1963). Considerada una autora emblemática de la poesía confesional. Sus obras más conocidas son sus poemarios El coloso y Ariel, y su novela semiautobiográfica La campana de cristal. En 1982, ganó un Premio Pulitzer póstumo por sus Poemas completos.

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