Alberto Parra

Aquí me siento a pensar que Dios me inventa de nuevo. En otro sitio. Lejos de todo. En un tiempo aún más lejano. En un país sin nombre y sin orillas. Yo le pido a Dios que me arranque la memoria. Que la deshaga. Pero no sé si Él es fruto de las cosas que pienso. Y entonces Dios me castiga. Y me inventa otra vez en el mismo lugar. Con las mismas personas. Que me dicen René ya está en lo mismo. Qué poco le duró la cordura. Y mira cómo anda, el pobre. Y se burlan así, en mi cara. Como si yo fuera sordo. Como si yo no supiera que ya estoy en lo mismo. Aunque a veces disimulan. Y es peor cuando lo piensan y se callan. Y no paro de escuchar esas palabras que no dicen.

Dios me inventa en las mismas circunstancias. O yo lo invento a Él. Y lo castigo. Qué poco le duró la cordura. Mira cómo anda. El pobre. Y se lo digo así, en su propia cara. Aunque no tenga rostro. Y lo invento en otro tiempo. En un país sin personas. Solos Dios y yo. A ver quién se burla. A ver si al fin puedo mirarle los ojos y no decirle nada. Tan sólo pensar y pensar y pensar y pensar sin que Él me escuche: que se atragante Dios con mi silencio.

¡René! ¡René! ¡René!

Antes no me nombraban. Antes sólo me decían mira cómo anda. Pero ahora es ¡René! ¡René! ¡René! Y yo aquí pensando. Y ¡René! ¡René! ¡René! A punto de mirarle a los ojos…, pero me llaman. ¡René! ¡René! ¡René! Y dejo de pensar. Y me levanto. Y le digo a Dios no hemos terminado. Y ¡René! ¡René! ¡René!

A veces prefiero que me llamen así. Aunque sea en mala forma. Aunque después me hagan mil preguntas. Y por qué fuiste a ese lugar. Por qué saliste de tu casa. Por qué empezaste a gritar cosas. Y quién era el cabecilla. Y así todos los días. Y ¡René! ¡René! ¡René! Y yo dejo de pensar. Y ¡René! ¡René! ¡René! Y Dios está nervioso. Y ¡René! ¡René! ¡René! Porque le he dicho que las preguntas son para Él. Y ¡René! Pero descubro que son mis manos las que tiemblan. ¡René! Porque nadie puede hacerle preguntas a un sin rostro. ¡René! Y trato de buscarle los ojos a Dios. Y la nariz. Y la boca. Pero ¡René! Y por qué fuiste a ese lugar. Di ¡René! Quién era el cabecilla. El cabecilla era Dios. Pero nadie me cree. Porque nadie me escucha. Porque no digo nada. Porque tan sólo lo pienso. Porque no quiero delatarlo.

Y cada vez que escucho ¡René! ¡René! ¡René!, no es porque digan ¡René! ¡René! ¡René! Cada vez que siento un ¡René!, en verdad gritan 3028. Así me llaman aquí. Y me gusta. Cualquier cosa es mejor que mira cómo anda, qué poco le duró la cordura. Y aunque sigo escuchando ¡René!, yo sé que ellos repiten 3028. Y entonces me levanto. Y dejo a Dios con la palabra en la boca. Y por qué fuiste a ese lugar. Pero realmente yo no fui. Yo tan solo pasaba. Porque mi hermana me dijo busca la niña al cuido. Y yo voy a buscarla. Pero al cruzar la calzada hay mucha gente. Gente que grita. Gente que salta. Gente diciendo cualquier cosa. Y parecen alegres. Y, a la vez, tan furiosos. Y yo también quiero gritar. Y todos están locos. O todos están cuerdos. Pero ¡la niña! Y llegan ustedes. Pero ¡la niña!  Y nos llevan. Aunque yo sólo pasaba. Aunque mi hermana me dijo busca la niña al cuido. Aunque yo sigo aquí. Y ahora soy el 3028. Pero debo ser René. Porque la niña. Y el cuido. Y tengo que buscarla.

Mejor me siento aquí para que Dios me reinvente. Pero tengo que volver a explicar que yo sólo pasaba. Pero tengo que volver a decir que la niña. Y el cuido. Y debo recogerla. Que mi hermana me mata. Esta vez sí me mata. Por eso estaba en la calle. Porque fui por la niña. Y ustedes no me dejan buscarla. Ahora soy el 3028, y no mira cómo está René. Pero debo ser yo nuevamente. Porque la niña… ¿Ya me puedo ir?

Mejor me siento entonces.

¡René! ¡René! ¡René!

Estoy hablando con Dios.

¡René! ¡René! ¡René!

Pero yo sólo pasaba.

¡René! ¡René! ¡René!

La gente grita cosas.

¡René! ¡René! ¡René!

Yo también quiero gritar.

¡René! ¡René! ¡René!

Pero no digo nada.

¡René!

Y llegan ustedes.

¡René!

Y nos llevan.

¡René!

¿Ya me puedo ir? ¿Qué tengo que hacer y que me dejen? Ya yo les dije todo.

Ah, sí. El cabecilla. Pero es que llego a la calzada y ya está armado aquello. No puedo decirles quién empezó la cosa. Porque todos gritaban. Porque todos saltaban. Porque llegaron ustedes y no me dio tiempo a buscar a la niña.

Claro que quiero ayudar, pero primero hablo con Dios. No, no me estoy burlando. Es que Dios se siente solo. Es nada más un momento. Ya verán.

Y cierro los ojos. Y los aprieto mucho. Y pido que Dios me invente en otro sitio. Lejos de todo. En un tiempo aún más lejano. En un país sin tiempo. Y le pido a Dios que me arranque la memoria. Qué la deshaga y me borre. Pero no sé si Él es fruto de las cosas que pienso. Y entonces Dios me castiga. Y me vuelve a inventar y soy el 3028. Rodeado de las mismas personas. Que me dicen por qué fuiste a ese lugar. Por qué saliste de tu casa. Por qué empezaste a gritar cosas. Y quién era el cabecilla. Y así todos los días.

Claro que quiero ayudar, no le hablo más a Dios. Es más, lo voy a delatar. Él es el cabecilla. ¿Ya me puedo ir? No, no me estoy burlando. Es que ya les dije todo. Déjenme ir, porque la niña… Qué mi hermana me mata. Esta vez sí me mata.

Mejor me siento a pensar.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque Dios no me invente.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque no tenga rostro.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque no diga nada.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque yo lo delate.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque nadie me crea.

¡René! ¡René! ¡René!

¿Esas caras? ¿Quiénes son? Que no, no tengo idea. ¿Ya me puedo ir? Y no, no las conozco. Puede que sí hayan estado… Puede que no. Debo buscar a la niña. Por fin, ¿ya puedo irme? No, no vi ninguno de esos rostros. Sólo sé que había voces. Voces que gritaban. Yo también quise gritar. Pero ¡la niña! Ahora sí me debo ir. Pero ustedes no me dejan. Como no me dejaron ese día. Y yo sólo pasaba. Porque mi hermana me dijo busca la niña al cuido. Pero al cruzar la calzada estaban las voces. Diciendo cualquier cosa. Y estaban los cuerpos de esas voces. Cuerpos alegres. Cuerpos eufóricos. Y llegaron ustedes. Y yo sigo aquí. Y ahora soy el 3028.

Que no sé quiénes son.

¡3028!

Que no he visto esas caras.

¡3028!

Que a lo mejor sí estuvieron.

¡3028!

O a lo mejor no.

¡3028!

Que no tengo certeza.

¡3028!

Que la niña en el cuido.

¡3028!

¿Ya me puedo ir?

Mejor me siento y le pregunto a Dios. A lo mejor Él coopera. ¿Por qué fuiste a ese lugar? ¡Responde!, que no tengo todo el día. ¿Por qué no estabas en casa? ¡Contéstame ahora mismo! Yo sí no creo en cuentos de locos. A nosotros nos da igual tú condición mental. ¿Tú me entiendes, Dios, lo que te digo? Ahora di ¿quién era el cabecilla? ¿Tú también gritaste cosas? Hasta que no confieses no sales de aquí. Y no, no te puedes ir. Piensa en tu hermana que te espera. Piensa en la niña. No te me hagas más el sordo. Yo sé que estás escuchando. Si tú cooperas, te vamos a ayudar. ¿No quieres estar en casa? ¿No quieres buscar a la niña? Contesta, Dios. Y no te burles.

A ver, di si conoces estas caras. ¿Ellos estaban allí cuando llegaste? Sí, yo sé que sólo pasabas. Pero responde. ¿Estos son los cabecillas? Si no colaboras no te dejamos ir. Contesta, Dios, para que luego no te mate tu hermana. Piensa en ella. Y en la niña. La niña está en el cuido ¿lo recuerdas? Y tienes que buscarla. Pero antes dinos, quiénes estaban al frente de aquello. ¿Eran estas caras? Colabora con nosotros. Y así te puedes ir. No, no importa que no recuerdes. No importa que pasabas. Sólo di que eran ellos. Vamos, Dios, haz por la niña el esfuerzo. Estos eran los rostros ¿verdad? Anda, di que sí. Y te dejamos.

Mejor me levanto y no pienso más.

¡René! ¡René! ¡René!

Está bien, sí son ellos.

¡René! ¡René! ¡René!

Ellos son los cabecillas.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque nunca los he visto.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque solo escuché voces.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque yo sólo pasaba.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque sólo había cuerpos.

¡René! ¡René! ¡René!

Cuerpos que gritaban.

¡René! ¡René! ¡René!

Aunque no vi ni un solo rostro.

¡René! ¡René! ¡René!

Ellos son los cabecillas…

¿Ya me puedo ir?

Alberto Parra (Guáimaro, Cuba, 1993). Es egresado del curso XXII de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo Mención en el Premio de la Ciudad Silvestre de Balboa 2023 con su libro de décimas Juego de Dios.

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