Relato en torno a la antigua terminal de ómnibus de Chetumal.

Eliana Cárdenas

Yo digo que todas las cosas abandonadas desfallecen y languidecen hasta convertirse en escombros acechantes, y que, por sus entresijos, el viento da siempre la vuelta para recoger sus pasos; y digo, además, que es el viento el que esparce ese vaho contagioso de las cosas residuales.

En vano consulté a varios allegados y también en el ciberespacio sobre la ubicación de la mensajería “La Europea”. Finalmente decidí hacerle caso a Kevin, el estudiante de veintidós años que anda en moto por toda la ciudad, desde esa orilla del mar, adonde se llega serpenteando el Boulevard Bahía hasta ese punto fronterizo, en la margen izquierda del Río Hondo. “Debe estar en la antigua terminal de autobuses”, dijo convencido. Allá me dirigí buscando la estación de policía, que siempre fue mi guía para darle la vuelta a la rotonda y llegar a esa antigua terminal de autobuses.

Mientras manejaba, recordé que alguna vez, en efecto, desde allí había remitido una caja de libros a la capital y que allí mismo había reclamado mis doce cajas de libros como parte de aquella mudanza, que consumé cuando vine a vivir a esta ciudad bochornosa, que disimula la pena de haber crecido de espaldas al mar, avergonzada, digo yo, como cuando las cosas importantes se pierden por tontería o por barbarie. Pensé en la secuencia de los trámites: la báscula, las identificaciones, los papeles, los sellos y las discusiones con los agentes aduanales, que terminaron siempre amonestando: “¡Este es un punto fronterizo, punto!”

Bueno, en esta ocasión, lo mío es un sobre de manila que contiene una factura; no creo que sea gran cosa, me consolé.

La entrada, ¿por dónde quedará la entrada? Traté de imaginar cómo funcionaría en la actualidad esa terminal que tenía un aire de estación de tren, pero en vez de eso me vino a la memoria su salón espacioso y un imponente mural que evocaba un lugar poblado con hermosas casas de madera, hombres con sombreros de copa, palmeras de coco y barcos lejanos en alta mar.

Espaciosa, sí, eso es lo que más resiento ahora en la nueva terminal de autobuses, que no da lugar más que al pasajero. En la antigua terminal, los viajeros eran despedidos por toda la familia. Llegué a presenciar cenas a la media noche, con tortas de carne asada, refrescos e incluso flanes, a manera de postre; comensales que despedían a sus hijos que estudiaban en otras ciudades o a los padres de familia que irían a trabajar en las refinerías petroleras en los estados vecinos. Todos tenían tiempo de abrazarse largamente, delante del oficial de la infantería de marina, que revisaba los boletos. La espaciosa sala de espera permitía a los mochileros europeos y gringos tenderse en bolsas de dormir mientras aguardaban la corrida del autobús.

Hace apenas tres años que dejó de funcionar como terminal de autobuses, pero ya desde antes tenía el aspecto de un lugar destinado a ser escombro; de hecho, estaba contigua a una tienda enorme que había seguido ese decurso. En esas circunstancias, era fácil augurarle su declive. Los espacios en ruinas tienen un efecto contaminante, producen una sombra lánguida de noche y de día, más un vaho de pasado y decadencia irremediable, que el viento transfiere por polinización sobre cosas y personas.

Si ya no es terminal, funcionará como aduana y oficinas de mensajería, me consolé.

En la estación de policía me di la vuelta, conocía tan bien el caminito que manejé casi con los ojos cerrados, los baches profundos sobre el asfalto me pusieron en alerta y advertí, de pronto, cuánto había cambiado. Sin embargo, la parada de taxis se mostraba activa.

Sí, la mensajería “La Europea” debe seguir funcionando aquí, me convencí.

Me estacioné tratando de librar los baches y caminé por la acera de enfrente de la antigua terminal de autobuses, otrora atiborrada de puestos de comida local, ahora cerrados. Las puertas de las pequeñas edificaciones de una planta quedaban clausuradas con unos candados que presaban los extremos de cadenas oxidadas.

Me sobresalté cuando vi el cruce de un par de ratas por las hendiduras del edificio y luego vi salir de la nada a unos hombres de color moreno verdoso, con los pechos desnudos y tatuados con una mala caligrafía. Crucé la calle para alcanzar el andén de la estación. Serían las dos y treinta de la tarde.

¿Por dónde será la entrada? Volví a indagar internamente.

La maleza había casi devorado la explanada que daba acceso a la amplia entrada, y eché a andar insegura por el pastizal. Uno de los hombres, sin camisa, calzado con unas chancletas plásticas y vestido con un pantalón de mezclilla arremangado hasta las pantorrillas, me siguió y con el ánimo de darme alcance gritó: “La terminal ya no es aquí, ahora está en Insurgentes.”

Volví la mirada sin dejar de caminar e indagué: “¿Y la mensajería ‘La Europea’?” “Ahí la tienes”, dijo, indicando con el dedo. En la esquina aledaña a la terminal, vi un local que decía en letras deslavadas, sobre uno de sus costados: “Mensajería ‘La Europea’”. “Esa sigue ahí –agregó el hombre–. Esos no se han quitado, siempre han estado ahí.”

Seguí presurosa y alcancé la puerta del local. Detrás de un mostrador de madera estaba un hombre afinando una guitarra. Dudé, ese lugar no revelaba identidad alguna; podría ser un local comercial de cualquier cosa. “¿Aquí es la mensajería ‘La Europea’?”, inquirí. El encargado asintió con la cabeza, sin dejar de afinar la guitarra. Advertí un mostrador adyacente y detrás unos bultos, quizá de arroz o maíz, pensé. Un poco más al fondo, un niño, tal vez de unos cinco años, estaba sentado sobre especie de periquera con la cara petrificada.

Me dirigí al encargado y le expliqué: “Vengo por una encomienda.” Enseguida, hundí mi mano en el bolso para sacar una identificación, sin atinarle; siempre está hecho un revoltijo. Cuando levanté la cabeza, con la billetera en la mano, noté que el infante seguía exactamente en la misma posición. Inquieta, indagué por su carácter absorto. “De por sí, él es así”, dijo sonriendo el encargado y el niño me miró al fin, por entre la cortina de sus pestañas de aguacero, y sonrió.

El dependiente me estiró el sobre de manila y pronunció mi nombre. “¡Sí, soy yo!”, respondí aliviada. Enseguida me alargó una libreta. “Pon tu nombre ahí”, indicó. Terminando de firmar, la escena estaba tal cual como cuando entré: el hombre seguía afinando su guitarra y el niño imperturbable con los ojos perfectos clavados en ningún lado. “¿No necesita mi credencial?”, pregunté. “No”, dijo moviendo la cabeza y sentenció: “No hay error, sólo faltabas tú.”

De regreso, los malvivientes se acercaron: “Dinero, dinero, danos dinero.” Corrí hacia el coche y desde allí, sobrecogida, advertí la tarea del viento que pasaba entre los escombros, recorría el antiguo supermercado ahora en ruinas y el pelo salitroso de los hombres… Lo vi colarse en medio de sus vidas residuales y, en un último instante, lo vi cruzar por encima de la antigua estación. Ella, a sabiendas de su inexorable final, dejó de repararme y se hizo la desentendida…

Eliana Cárdenas (Cali, Colombia, 1960). Vive en Chetumal, donde funge como catedrática e investigadora en la Universidad Autónoma de Quintana Roo. Entre sus libros publicados figuran Marcando calavera: jóvenes, mujeres violencia y narcotráfico; Xcalak o dos entradas: para una etnografía a cielo abierto, y Esos históricos infatigables, dinámicas migratorias de guatemaltecos en el estado de Quintana Roo.

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1 comentario

  1. Excelente crónica. Mas que cuento. Una extranjera nos dice mas de nuestra ciudad que los que pelean cargos de cronistas en el municipio y andan escondidos y furtivos…!

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