Reflexiones en torno al más reciente libro de Jorge Yam.
Por Macarena Huicochea
Debo confesar que siempre he tenido un respeto enorme por la poesía y que considero a los poetas como los alquimistas de la palabra: sólo ellos saben develar su misterio, resucitar, reinventar o ampliar las múltiples posibilidades y significados del lenguaje. Imagino a los poetas como orfebres del idioma capaces de pulir cada sonido y vocablo hasta hacerlo resplandecer, germinar o incluso resucitar a las palabras cuando el excesivo desgaste o el desuso han intentado ocultar su resplandor.
El oficio del poeta es el de quien entiende que las palabras son una red para intentar atrapar la realidad e interpretar el mundo, en un afán de nombrar lo inasible de la condición humana: siempre caótica, contradictoria y en constante transformación… siempre evasiva, a pesar de nuestros intentos por capturarla y “estabilizarla” a través de frágiles conceptos y creencias.
Hay quienes torturan las palabras tratando de obligarlas a reflejar sólo el narcisismo de su creador; hay quienes las usan de manera panfletaria y se aprovechan del cursi gusto por el melodrama que caracteriza a nuestras sociedades modernas; también quienes pretenden crear “consciencia social” desde la cómoda pusilanimidad de privilegiados “consientes” que “sufren y luchan” por el pueblo “oprimido e ignorante” al que creen incapaz de percibirse y rebelarse por sí mismo sin su “mesiánica” ayuda; y no faltan los especialistas en prestidigitación verbal, dispuestos a forzar las imágenes, descuartizar el lenguaje e ignorar la cadencia vital de las palabras, sin darse cuenta de que dejan ante el lector un cadáver putrefacto lleno de adornos artificiales; y ni qué decir de los que pretenden reemplazar o enmascarar la vida con filosofías baratas y otros engendros disfrazados de utopías o distopias iconoclastas.
Es por todo lo anterior —y dada una cierta experiencia en la presentación de textos— que siempre me llena de pánico el tener que hablar de un libro que pudiera caer en estos estereotipos y tener que decirlo públicamente, ante los ojos atónitos y desconcertados del ingenuo autor que me invita a hablar de su obra creyendo que le hare el “caldo gordo” y pasare de largo…
Afortunadamente (para descanso de Jorge Yam) no es el caso y reconozco su talento para recrear, a través del lenguaje, las emociones, sentimientos y miradas de quienes, como él, nos negamos a ver nuestra ciudad como esa foto de postal con la que se engatusa a los turistas e inversionistas. Y no es fácil (ni políticamente correcto) hablar de lo que casi nadie quiere oír, decir lo que pocos se atreven, y señalar lo que funcionarios ciegos y políticas públicas tuertas tratan de encubrir con discursos y publicidad la realidad es más amplia que lo que abarca esa postal idílica… Esos temas que incomodan no sólo a los gobiernos en turno, sino también a una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado: “el lado bonito”, “nice” , ajeno a los absurdos y asfixiantes espacios llamados “casas de interés social” de Villas Otoch, que —ante la mirada colectiva y la aprobación de las instituciones— disfraza la negligencia y falta de respeto a la dignidad humana con espacios de convivencia asfixiantes y mal ventilados, estrechos y hacinados, que van en contra dela salud física, mental y social.
Jorge Yam nos muestra, a través de su poemario, esos paisajes inhóspitos del paraíso, regiones y zonas en las que a veces la misma policía tiene miedo de entrar o está coludida con los malandros que se ceban en quienes no tienen para pagar vigilancia privada.

Para muchos nostálgicos y optimistas Cancún sigue siendo un paraíso: no les han tocado balaceras, ni la desaparición de un ser querido, menos un secuestro o el cobro de piso… y, aunque muchos empresarios lo sufren y las autoridades y los medios lo saben, es verdad que la fuente de ingresos de todos nosotros depende de mantener la imagen idílica de nuestros destinos turísticos, pero es la población la que padece la inseguridad, el desempleo, los bajos salarios, además de la corrupción y el contubernio entre las mafias o cárteles y los funcionarios que deberían garantizar el estado de derecho.
Por todo lo anterior, resulta muy importante reconocer la honesta mirada de Jorge Yam que es la de todos los que vivimos (o sufrimos) esta ciudad; una mirada y voz que parecería condenada al silencio y el anonimato… Lo cierto es que estos poemas dibujan nuestros rostros, nuestros silencios, nuestros miedos y complicidades: esas múltiples máscaras tras las cuales disfrazamos la realidad para autoengañarnos.
Siempre he estado en contra de quienes idealizan la realidad, pero más aún de quienes la utilizan —y sobre todo se aprovechan del dolor ajeno y de las víctimas— para hacer melodramas literarios que pretenden ser “denuncias” o “criticas” al sistema, cuando lo que hacen es aprovechar el morbo y una supuesta “rebeldía” que no pretende hablar de quienes sufren injusticias, sino de sí mismos como “paladines” … y eso, creo, es imperdonable.
Sin embargo, en los poemas de Jorge Yam percibo la empatía, el respeto a la condición humana, el cuidado para elegir la palabra precisa y la imagen poética que refleja esas emociones y sentir colectivo del que todos formamos parte.
En Paraíso artificial, se logra mostrar el alma de la ciudad y la vida cotidiana de las personas que hemos decidido buscar un paraíso y que, sin darnos cuenta o sin querer, lo hemos perdido o dejado abandonado; un lugar que nos ofrece muchos frutos prohibidos y donde lo prohibido es el fruto deseado… Lo que logra Yam es mostrarnos nuestro propio rostro desfigurado en el reflejo de los “otros”, haciendo una crítica a la apatía, el conformismo y la inercia que nos acostumbran a vivir expulsados de una vida digna y ajenos a la consciencia social colectiva de la que todos somos responsables.
Algunos hemos vivido de cerca las experiencias que el poeta expone con sus versos: intentar sobrevivir en un paraíso artificial que suplanta al verdadero paraíso, donde nuestra ciudad se va convirtiendo en un infierno, mientras los discursos políticos y empresariales siguen nutriendo un cáncer disfrazado de progreso y prosperidad, cuyo dolor se oculta tras el incremento del alcoholismo y la drogadicción, el suicidio o la depresión.
Este es un libro necesario que nos pone frente a un reflejo poco halagüeño de nosotros mismos como sociedad, para recordarnos y obligarnos a entender que estamos viviendo un peligroso espejismo del que hay que despertar antes de que el paraíso esté totalmente perdido y sigamos permitiendo que se convierta en nuestro propio infierno.
Macarena Huicochea (Pachuca, México, 1960). Vive en Cancún, donde se dedica a la edición, la escritura de guiones de cine y el periodismo cultural. Es miembro del taller de poesía DiVerso y autora de los libros Blasfematorio, La caricia de la esfinge, Umbrales, y Ángel de luz y sombra.
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Reseña acertada y amena de un excelente poemario. Saludos.