CASA DE LA INFANCIA
Se muere la casa, los peces grises levantan humosos peldaños
desde el alféizar hasta el cielorraso/ se refugian entre las páginas
manchadas de los periódicos abandonados. La casa arrasada
por el polvo oscuro de la muerte, por la humedad de la tarde eterna/
con el recuerdo apagado de las cucharitas en almíbar, néctar espejeante
y abismal, y el golpe seco de las puertas encartonadas del armario/
los recuerdos también mueren
nos traspasan la columna y los oxidados barandales
del alma/ son viejas lluvias en nuestros maderos, unidos uno a uno
por cales blancas donde luego hubo rastros de alquitrán, de silencio.
Los tambores te asaltan y piensas en los rostros encendidos
de las batuteras
ahí, donde las sucias baldosas tapizaban la tierra/ piensas en los jardines
y en el aroma del ajoporro enredándose entre los dedos, y es la intranquilidad
de los gorriones bajo el chorro de luz que atraviesa la carolina/ entonces
el chirrido acompasado del columpio solo/ las hojas secas que el viento
desprende
mientras tiñe la redondez de los frutos.
La casa se muere, parece que trae la Nada a cuestas, sobre sus engranajes
gastados/ su maquinaría arrasada por la modernidad/ podría sucumbir
contra mis ojos.
Luce tan elegante en el sueño/ con las ventanas girando hacia la calle
y el conocido biombo adornado con paraguas y los sillones
y el mantel bordado tendido sobre la mesa: una taza de café
y las manos de mi padre.
Luce tan distante en el sueño/ bañada por las hojas maduras del árbol
de chirimoya
y la dulce turbación de su ausencia.
LA MUJER DE LA OLA*
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Una vez tuve el cabello chisporroteante, oscuro, me cercaba
los ojos y la sonrisa. Yo existía entre la flotación de los pájaros
y las sales del tiempo.
Una vez tuve certeza (creía tenerla) de la realidad propia
de los caminos
y tuve recuerdos de amigos de cualquier momento de mi ciudad
del pasado que igualmente sobrevivía.
Tuve esperanza de reconocerme con toda imperfección
humana/ un asidero que pudiera salvarme.
Pero mientras iba hundiéndome en blandas espirales
miraba el rostro de una mujer cansada
impasible, reducida como el miedo y el vacío
en donde seguía cayendo convertida en otra.
Tal vez en el fondo de las cosas, en el fondo de los días
era otra.
En mi interior y en la eternidad de mi memoria era otra.
Yo escuchaba voces en el viento. La frialdad mojada
de mi silencio atravesó el abandono y la urgencia de los bañistas
circundando las aguas
refluyendo en la orilla como un ramaje de pesadumbre.
Yo estaba dejándome llevar por la ingravidez de las olas/
como si estuviese muerta estaba dejándome llevar
en la inminencia
del último respiro como quien ignora en ese instante
la ilusión remota
todo ímpetu o viaje.
Nadie se interpuso entre mi dolor y la honda, perenne sombra.
Dicen los que me vieron que yo era la mujer de la ola, que tenía
su profuso cabello rojo y su mirada de estatua
que las aguas chisporroteantes, oscuras, cercaban su sonrisa.
Y yo sentí cuando el agua tranquila deshizo su alma.
*La mujer de la ola, 1868, pintura de Gustave Courbet.
DIFERENCIAS
Te hospedé y desalojé de incontables maneras
de mi alma animal.
Nosotros que ya sabemos de hábitos y de silencios
pudiéramos seguir cayendo y decir que nunca sentimos
ese vacío tan parecido al sonido líquido de nuestros cuerpos
cuando se sostienen de sus sombras.
Será que solo recoges mis huellas trazadas en la ceniza
mis ojos punzados por el eco del recuerdo
mientras camino y voy perdiendo el miedo y me voy convirtiendo
en otra mucho más sabia y febril.
Sin volverme a la casa indefinida como alguien que logra
ciertas gobernaciones en la memoria de su amado/ cambios
inevitables en las cosas antiguas, en la palabra tiempo.
Será que me tenías/ me tienes en el gusto palpitante/ ilusorio
del vermut / rizoma de lirio de Florencia, en el gusto dulce de la Moscatel
Frontignan/ tan lejana como los vinos selectos del Rhin.
Scoth Lands
en la embriaguez y en el doloroso crepitar de la noche eterna
y mis vestidos y disfraces hacían de quimeras.
Si acercamos a la lumbre nuestros maderos, la sangre oscura
y neblinosa que nos bifurca los cuerpos; nuestra carne transida
y temblorosa
qué quedará de su aroma vegetal o del regio frío que regresa
con el ocio, qué quedará de nosotros
cuando transcurran las aguas, ese ensimismamiento de los días
como ráfaga de nada por las manos.
Si nos acercamos
te iré negando/ me irás negando la permanencia.
Nosotros que ya sabemos de hábitos y de silencios raudales.
*****

Yenet Pérez Prieto (Placetas, Cuba, 1973) es autora del poemario Mascarada (Letras Cubanas, 2017), ganadora del Premio de Narrativa en el Encuentro y Provincial de Talleres Literarios de Santa Clara 2013.
Poemas y cuentos suyos aparecen en diversas revistas y antologías.


Exelente selección! Gracias.
Muy buen poemario el de Yenet, que volvere
a leeer y relerer varias veces..