Poemas de diversas temáticas y facturas.
Daniel Cabrera
Hasta donde caiga el sol
Nadie dijo algo sobre hallarte desnuda, sin palabras,
seca, sin el más mínimo ejemplo de poesía entre los ojos.
Nadie me arrastró,
me ahogó con su tinta, como se ahogan los enamorados;
hizo trizas cada pensamiento que te dediqué.
Nadie dijo que sólo me quería para un ratito.
“Secuestrar tu aliento”, insistía.
Corrí como corren los policías tras cada persona
que manifiesta su amor por la libertad,
su amor por la profecía de ser dichoso,
en este mundo hilarante / nido de ratas con casas blancas…
Nadie hundió su filosa mirada en mi cuello,
ni me dejaba herida el alma mientras succionaba/respiraba/apretaba
hasta los dientes
para no dejarme ir a contar mi nueva historia.
Nadie vive ya cerca de mis besos.
Ella se cambió de ciudad, de nombre, de caminos,
y yo, que vivo en el retorno exacto de sus múltiples caricias,
amago con servirme
por siempre de sus versos,
—eternos como las nubes
que siempre cambian—.
No son del mar tus palabras
Con afecto para Javier España Novelo
La música del mar, la que nace en tus palabras,
me acompaña cada tarde en el boulevard
donde hay nidos y cantos y vuelos.
Cantemos ahora que las velas se hinchan.
Cantemos no al hombre, sino al vuelo,
libre de plagios, libre de cantos,
libre —al fin y al cabo—.
Hoy es un buen día para remar en el abismo que le antecede a la alegría.
Es un buen día para decir tu nombre, Javier,
tu nombre de agua, tu nombre de plumas,
tu nombre que siempre abraza a la bahía.
No son del mar tus palabras,
tus huesos que pierden su color,
pero avivan los atardeceres de Chetumal.
Son pocas las ceibas que permanecen de pie,
como tus versos, como tus voces que siguen dando sombra
al corazón que se desgaja en esta tierra de historias olvidadas.
En Punta Estrella las palmeras saludan al día,
bailan al ritmo de tus versos,
envuelven con espasmos las miradas.
No son del mar tampoco los trazos que van dejando tus escritos.
La tarde sale a cabalgar en cada uno de tus versos,
recorre los caminos del precipicio mortal que has anunciado.
Se detiene y con sus belfos,
te pide permiso para continuar sin rumbo fijo.
No hay resquicios que comprometan la magia de tu poesía:
una luz permanece al abrir cada libro y ocurre que te miro,
que te escucho lento y sereno al pasar página a página por tus sueños.
Hay huracanes que se han reído de tus pasos,
pero siempre los vences hasta con silencios.
¿Dónde están tus raíces de polvo y piedra?
¿Dónde aquella voz que en una bicicleta retaba al viento?
Recorro las calles donde caminabas
y la gente sabe tu nombre,
conoce tus versos:
en esta ciudad se tatúa tu historia.
Dicen que tomaste agua de curvato,
que de ahí tus letras fueron canto,
luz para algunos, tal vez llanto.
Pintar tus versos no es tarea fácil,
pero al amanecer se vislumbra tu sobriedad de poeta.
Los resquicios de la historia te muestran
canto de colores, lluvia sin fin.
Deja que la selva se llene de tu alegría
cada tarde, cada noche, cada amanecer en que la bahía
se inunda con tu canto.
A veces la tarde duele si no se toman tus versos a cucharadas,
pero el aire siembra de todo:
polen, recuerdos.
Chetumal es una vasija que decora el sureste,
el mar y la selva que atrapan las miradas;
es un libro abierto que seduce con sus caracoles.
¿Tus versos?
Son cada rayo de sol
cuando amanece.
Fragmentos de Complicidad del caimán
IV
Parece árbol mi escanciado reflejo,
jade oculto,
temerosa voz.
La noche reposa entre mis fauces.
Llueve. Junto al río
hay voces que despiertan mi egoísmo.
Un ardor me nace.
Vivo.
Soy el caimán que escribe su propio decálogo.
Peleo con las sombras
por mi espejo de la eterna imagen,
tengo por cola
una ceiba,
en mis ojos descansan los ríos.
X
(A Efraín Bartolomé)
¿Qué dios habrá creado
esta dulce, pero inasible naturaleza?
¿Quién si no tú,
jilguero de la luna,
deletrea notas más alegres
que las del zinzontle sobre la ceiba?
Nace una voz,
un vuelo que se funde con la noche.
Detrás de esas paredes el paisaje estalla,
crece el murmullo que provocas,
Efraín selva,
Efraín agua,
Efraín ojo.
Me refugio en la noche
cuando llueve.
XI
Nazco de las ciénagas.
Donde mueren las piedras,
leo laberintos en mi rastro:
soy lodo escondido.
¿Loco?
Mentira. Los caimanes nunca enloquecen,
nos derretimos junto a la oscuridad y con la niebla.
No.
Nunca perecemos.
Nos convertimos en troncos,
somos los hijos del sol
y del silencio.
Daniel Cabrera Padilla (Chetumal, México, 1972). Vive en Cancún, donde se dedica a la docencia. Es autor de, entre otros libros, Crisol del alba, El egoísmo de la flor, Los hijos olvidados de Dios, Piedra bestial, Tatuajes llevo (y no en el alma), Pintar sueños, crear palabras. Miembro fundador del taller literario Syan Ca’an.
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