Reflexiones críticas sobre el poemario para niños de Ramón Iván Suárez Caamal En un jardín.

Por Norma Quintana

Las palabras son tan misteriosas como los superhéroes de las historietas; llevan una doble vida. En su vida pública, una palabra es como una flecha que señala una dirección para llegar a un objeto o fenómeno (concreto o abstracto), y esa es la vida en la cual las palabras nombran las cosas, las designan, de manera que, si digo “rosa”, puedo llegar a la rosa que está en mi imaginación y cuando vea una rosa tangible la reconoceré como tal, no importando de qué color o clase esta sea. Pero en su vida secreta una palabra promete siempre un universo que está más allá, más que una designación es un aura que nos abre más puertas y nos sirve para evocar, relacionar, encontrar lo que no es evidente; es entonces cuando las palabras se desdoblan y aprenden a connotar; y cuando digo rosa puedo estar evocando, como en un eco, también conceptos como el de color, perfume, belleza, o hacer referencia una familia de la nobleza británica, sea la casa de York o la de Lancaster, y entonces decir rosa nos remite paralelamente a conflicto. Las palabras se expanden, como cuando lanzas una piedra al agua quieta, más allá de sí mismas y es entonces cuando el lenguaje se hace poético.

He aquí un poemario para niños en cuyo título campea una palabra muy poderosa, porque un jardín no es solo uno de los espacios de un edificio; en todo caso esa sería su denotación, su personalidad primera, que para la poesía no nos sirve de mucho. La palabra jardín nos susurra historias bíblicas, de cuando el hombre no conocía el tiempo, y nos habla sobre un gran castigo, y sobre la maldición que implica la temporalidad y el trabajo, porque al mismo tiempo nos evoca ideas sobre obediencia y transgresión. También nos cuenta historias de hadas, de princesas dormidas entre las espinas, de manzanas robadas por semidioses, y de socarronas pesadillas demoníacas en la mente de un pintor gótico…, pero sobre todo habla de infancia y aprendizaje.

El niño abre sus ojos hacia el mundo y de él debe escoger y tomar de entre todo lo que se le ofrece; así irá conduciendo sus pasos, como quien está y curiosea por un jardín. En su curiosidad, está la semilla del hombre que será mañana. Todo es objeto de asombro, de cada cosa se obtiene una lección. De alguna manera este libro abre una ventana sobre el jardín de la curiosidad infantil, que irá empujando la capacidad de identificar, definir comparar, relacionar, disfrutar, conmoverse, empatizar.

¿Qué encontramos aquí? Una estructura recurrente que funciona como las adivinanzas, aunque no todos los poemas lo sean. Cada texto interroga y desde cada texto se busca una verdad, una verdad amigable y dispuesta a no serlo, como el gato que se desliza displicente por la casa y salta de pronto a las líneas del poema, donde ya no es el mismo gato. Y es que la poesía es el arte de descubrir detrás de las imágenes, de ver más lejos y más profundo, porque el Universo está lleno de misterios y para cada uno hay una pregunta.

Así pues, la gran interrogación, la obsesiva búsqueda del hombre que se ha preguntado mirando el cielo, o a la tierra, sobre su condición y su destino, su razón de ser, en el mágico espacio de la mente infantil no es más que una adivinanza.

El niño es el más certero y audaz filósofo, entre otras cosas porque en su búsqueda de respuestas va sembrando la magia, y en eso se parece el niño a la poesía. En esa pompa de jabón iridiscente, está encerrada toda la sapiencia, todo lo que el hombre necesita para transitar por el camino demasiado corto de la vida, a saber:

– Mirar atentamente a su alrededor porque de todas las cosas hay siempre más de una versión y para todas siempre existe más de un nombre (esto nos enseña a ser flexibles y abiertos al cambio).

Esta es la razón por la cual quienes no han olvidado al niño que lleva dentro entienden el oficio y la utilidad de la metáfora.

– Jugar, porque en el juego nos desdoblamos, somos otros, en otros escenarios, en otras vidas paralelas donde somos más valientes, más generosos, más felices, y de donde siempre podemos irnos y regresar, romper lo que no nos gusta o componer lo roto, porque en el juego podemos perderle el miedo a la vida. Esto nos enseña el valor de las alternativas, de la capacidad para ceder, regenerarnos, crecer, ver todo con amabilidad y con sentido del humor; es decir, ser resilientes. ¿Y qué juego puede ser más divertido que el que armamos con las palabras, con sus significados?

– Perderle el miedo a la muerte, mirarla a la cara, nombrarla, como a una amiga, encontrar la salida de su oscuro y cerrado capullo, convertir el dolor que su presencia nos causa en poesía un ámbito luminoso donde acariciar la imagen de los seres perdidos, consolarnos pensando que los consolamos. Por eso es buena la poesía para los niños, es como una hermana divertida y sabia.

Una vez le comenté al autor la dificultad que tenía para escribir sobre uno de sus libros porque no abría el grifo de mis emociones. Lo encontraba yo, le dije, demasiado intelectual, al punto de no poder situarme en su espacio y vivir en él, respirarlo, que es el modo en que siento y hablo sobre la poesía. Debo decir que en este jardín, ayudada por las bellas ilustraciones de Mía May y el impecable diseño de la edición de Karla Moo Valle, me he instalado como en mi casa; tal vez porque la difícil sencillez de estos poemas se acomoda a la niña que sigo siendo, curiosa, atrevida, necia, impertinente, sentimental, empática con las plantas y con los gatos. Eso me hace estar segura de que los niños de verdad habrán de disfrutarlo y descubrir que es, además, un gran libro de texto para aprehender el mundo, igualito que un jardín.

Norma Quintana Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática en la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como de numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.

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