En el centro ceremonial maya de Tulum, ubicado a pocas calles del Palacio Municipal, fue celebrada el pasado sábado una de las dos festividades más grandes del año, con mayapax, danza y el tradicional relleno negro.

 

 

Por Luciano Núñez

 

Los rostros se iluminan en el centro ceremonial maya de Tulum. Cada quien ha encendido una vela, y en su interior, ha buscado la imagen de sus seres amados y ha orado por su salud o la propia; por el trabajo, el buen término de las cosechas, la paz mundial o el fin de la pandemia.

Los peregrinos ahí están, frente un altar con trinidad de cruces que representan a la Cruz Parlante, heredera de una tradición sincrética entre las profundas raíces mayas y la religión católica que floreció dos milenios atrás bajo la prédica de un Cristo redentor.

Centro ceremonial maya de Tulum, uno de los cinco que existen en el estado.

Un septuagenario acopia minucioso los tributos de despensas que trajeron quienes encienden las luces, que se mueven con suaves oleadas de viento que llega desde el amplio salón de ingreso. Allí se ha conformado un cementerio de calzado, entre chanclas que se amoldaron al trajinar diario, tenis domingueros y zapatos lustrosos o ya ajados de tanto camino. Desde las nueve de la mañana los asistentes ingresaron al recinto sagrado descalzos en señal de respeto al lugar sagrado.

“Ahora a las 10 va a comenzar la oración hasta las 11:30”, asegura Mario Collí, al lado de los instrumentos del mayapax, que permanecen sin resguardo en una banca al costado.

 

Tradición en el centro de Tulum

Por las estrechas calles de Tulum, rombo a la familia Borges-Caamal, donde fue cocinado el tradicional relleno negro.

El Centro Ceremonial maya está enclavado en el corazón del municipio, cuya población aún conserva -en uno de los destinos con los hoteles más caros de Quintana Roo– una tradición que resiste al capitalismo, los vientos huracanados o cualquier marea política. A pocas calles está el Palacio Municipal y, después del encendido de velas y las ofrendas, los devotos inician en procesión una caminata a la casa de los Borges-Caamal, anfitriones esta vez de una de las dos celebraciones más grandes del año, junto a la de la Cruz Parlante, el 3 de mayo.

La calle es angosta y atraviesa un mercado en el que hay venta de frutas y bisutería china. A los costados pueden verse las casas construidas con techo de palma y paredes con madera de la zona. La desordenada fila humana conduce a un patio en el que pueden verse ollas humeantes y dispersas, donde las familias han preparado el relleno negro, manjar que se repartirá como una hostia a todos los que quieran acercarse. El dato es impreciso: son entre 26 y 28 los puertos que se han sacrificado para el evento en el que circulan cervezas en lata y la alegría de un bautismo.

Los músicos del mayapax, a la espera del reinicio de los festejos.

Las jóvenes que forman parte de la agrupación de danza se distinguen entre la muchedumbre por sus pulcrísimos hipiles que portan con la simpatía y el halo de orgullo. En Quintana Roo existen cinco centros ceremoniales mayas que conservan la tradición que nació durante la llamada Guerra de Castas: Chancah Veracruz, Cruz Parlante, Chumpón, Tixcacal Guardia y Tulum.

Cada centro ceremonial es custodiado por un grupo de fieles con jerarquías idénticas a las militares: desde un general a cabos. Y pueden ser tan rigurosos como generosos con los visitantes. Son los encargados de orar y mantener el recinto, así como desarrollar tareas que tienen que ver con el sostén de la tradición de la Cruz Parlante, el estandarte de los mayas de una guerra que inició en 1848 y, que para los dignatarios mayas, no ha terminado aún.

La hora feliz en la que hay que pedir por todos

Luis Caamal es el hermano mayor de la familia y responsable de la fiesta. Está atento a todo y lo distingue una guayabera gris, siempre rodeado de familiares y amigos que consultan acerca del desarrollo del festejo, sobre todo, el de la hora más feliz: la distribución del alimento típico que ha llevado días de logística y elaboración. Cada familia ha aportado un puerco y algún miembro para la elaboración del platillo que forma parte central de la fiesta.

Luis Caamal junto a su madre, anfitriones de la celebración.

Después de las ofrendas en una mesa central, arranca la música que trasmuta el ánimo sacro al de un festejo, como si se hubiese subido un switch. La mujer más longeva de la celebración dice que este año piden por salud y que siempre hay que pedir para todos. “Si tienes creencia, tu mente levanta”, dice con un esforzado español, al tiempo que lamenta que las tradiciones se vayan perdiendo. “Antes no había bailes, era puro mayapax”, compara con sus ojos azulados por los años y entre las arrugas que dan cuenta de su edad.

Sin embargo está contenta porque las personas siguen llegando de todos lados. “Ya estamos todos revueltos”, dice. “Peros está bien que vengan”, agrega.

En épocas de redes sociales y celulares con inteligencia artificial, los niños aquí son bilingües y los jóvenes participan en la orquesta o la agrupación de baile, los adultos enseñan el laborioso armado de la celebración, sobre todo, los secretos del exquisito relleno negro. Sentada con su huipil, la mujer recuerda que se casó a los 14 años y tuvo 15 hijos, que están ahí, entreverados en la fiesta; una descendencia de hombres y mujeres que hoy defienden las raíces de su cultura que sigue encendida, como las velas eternas del centro ceremonial.

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