Por Gonzalo Ramos y Luciano Núñez

Familias enteras deambulan por la explanada, bañada en tonos de fiesta mexicana. Toda la plaza está rodeada, en su primer círculo, por altares tradicionales del Día de Muertos; más allá, un segundo círculo lo forman diferentes puestos de comida, artesanías y curiosidades, en el icónico Parque de las Palapas, que está enclavado histórica y geográficamente en el corazón de Cancún.

En este primer círculo de la plaza también se encuentra uno de los principales activos de la población cancunense: la multiculturalidad. Los altares tienen el sello de cada uno de los lugares de origen de quienes los montaron; son de Tabasco, Veracruz, Oaxaca, Yucatán… pero también son de gente e instituciones que llevan muchos años en una escena meramente cancunense, como el Colegio de Bachilleres o la Asociación de Oaxaqueños.

Con el paso de los años, y en miras a festejar medio siglo de existencia, la población de Cancún ha ido consolidando sus propias tradiciones, en lugares que han ganado la adopción de la gente y se han convertido en icónicos, como el propio Parque de las Palapas y, específicamente en estas fechas, los panteones municipales.

Panteones llenos de vida

Kiss, Juanga y flores se conjugan a pocos metros de la entrada del Panteón Municipal “Los Olivos”, cerca de la avenida 135. Una de las rolas emblemáticas de Kiss, I was made for loving you (Fui hecho para amarte, en español), rompe la ceremoniosa atmósfera que envuelve a la celebración de Día de Muertos. Hay presencia policíaca, vendedores ambulantes de tacos y flores, cientos de arreglos florales y los infaltables perros vagabundos que miran con incertidumbre el atípico tumulto.

La entrada tiene un arreglo meticulosamente armado con flores y luces, donde los visitantes se toman fotos de recuerdo, como quien pasea por un monumento histórico. Apenas a pocos metros del ingreso, una familia rinde tributo a un muerto con una canción de Juanga, Amor Eterno.

Están todos reunidos en torno a la tumba: sin lágrimas, con selfies al arreglo floral del difunto y se dejan ver por todos los que transitan evocando a algún familiar que partió. Todo es, como se acostumbra en México, una atribulada fiesta: sin estridencias y lejos de la amargura; más cerca de la nostalgia de una pérdida.

Las niñas vestidas de catrinas sonríen mientras comen elotes y sus padres orgullosos dejan que Grupo Pirámide las retrate. “Son diez pesos”, dice entre risa el padre. El tránsito es lento, como de una procesión, pero no es triste. Los policías mantienen todo en calma y están desparramados estratégicamente en el cementerio. El tráfico es lento, como toda celebración que está envuelta de dolor.

Del otro lado de la ciudad, en el panteón municipal que se encuentra sobre la avenida López Portillo, la jornada ha transcurrido sin sobresaltos. Desde las primeras horas del viernes llegaron las autoridades municipales para controlar el tráfico en la zona; además, llegaron, acompañados de un colectivo de artistas independientes que fueron pintando un mural de graffiti en los muros principales.

“Va a estar abierto las 24 horas”, informa el funcionario con el logotipo del municipio en su playera polo. Los policías de la entrada dicen que “donde está lo bueno” es en el otro panteón, que “aquí ha estado tranquilo pero sí ha estado viniendo la gente”. Al interior, las silentes tumbas han sido decoradas con pétalos de flores de cempasúchil y veladoras.

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