Por Luciano Núñez

Buenos Aires,  Argentina. – Tengo minutos en Argentina. Tomo un taxi y el conductor sentencia: “Si van a estar en el norte, tienen que ir a ver a la selección en Santiago del Estero. Es más, están obligados a ver a la selección, porque va a ser algo único”, asegura.

Desde que Messi frotó la lámpara para lograr la tercera copa albiceleste, el humor ha cambiado en el país de la inflación estratosférica, del dólar inalcanzable y de políticos convertidos en caricaturas indeseables a las que nadie quiere ver.

El país tiene su huella digital maradoneana por donde se camina: gigantografías en los edificios, y el rostro de Messi es multiplicado hasta el infinito en medias, llaveros, postales y afiches pegados en las calles.

Si el tango dice que “…las callecitas de Buenos Aires tienen ese…no sé qué…”, San Telmo es la pintura más acabada de ese aire tanguero que se acoda en las esquinas con orquestas urbanas, bailarinas y compadritos vestidos para una fiesta electrónica.

Las historias de la copa mundial abofetean en cada taxi. “Hay gente que caminó 30 kilómetros, desde mucho más allá de Liniers para poder ver a los jugadores y nunca lograron verlos”, dice Manuel, quien tiene un llavero de Messi colgado en el espejo retrovisor.

“Fue una locura que nos volvió a unir como país”, asegura. “Hacía muchos años que no se veía algo así.” A la concentración por la copa mundialista asistieron entre cuatro y cinco millones de personas, es decir, casi el 10 por ciento de la población total.

No se habla de otra cosa en Buenos Aires que del calor, inédito en al menos 70 años para marzo y del milagro futbolístico. “Tenía que ser para Messi porque, además, es buen pibe, un buen padre de familia y humilde. Nadie más que él se lo merecía”, dice otro tachera.

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En una época en la que proliferan las señales adversas, en la que los “piolas” buscan el camino fácil para ganar cualquier partido, el camino de Messi fue el de la agonía y de la lucha, el camino largo por la senda del sacrificio. Por eso ningún jugador del mundo se merecía más que nadie esta copa que ha hecho radiar de nuevo esa cara ensombrecida por los golpes de la mala política local, con injerencia internacional. Mientras camino en Buenos Aires por la Boca y el Caminito que el tiempo ha borrado, como dice otro tango, veo a cada paso las camisetas argentinas con los colores de la bandera, alcanzo a ver los tatuajes del Dibu en los cuellos y las pantorrillas, las tres estrellas que brillan de nuevo en el firmamento argentino.

Habrá elecciones y habrá otra vez más búsqueda de un mejor destino para un país que supo ser potencia mundial y ahora encabeza la inflación de América Latina con cifras descomunales que rondan el 100 por ciento. En la esquina, un pibe arma malabares para ganarse la vida y le extienden un billete de 50 que le produce en el rostro un gesto gélido. El billete no alcanza para casa nada. 0.13 dólares.

Mientras los atardeceres se van entre los históricos edificios de Boedo, allá por donde está Pompella y la inexistente Inundación en la que se juntaban Roberto Arlt y Raúl González Tuñón, el dólar ha superado los 380 y pinta más para los 400 que para el descenso. Sin embargo, la felicidad sólo se entiende en Buenos Aires en Buenos Aires.

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