Por David Lara Catalán

Filosofar es aprender a morir, dijo Montaigne, pero a veces, agregó, ante la abrumadora inmensidad de la filosofía, preferiríamos morir en lugar de aprender.

La inmensidad de la filosofía bien puede explicarse en términos de que el quehacer filosófico es aprender a dudar; la duda, por su parte, está fincada en el acto de preguntar, de indagar, de no aceptar de manera frívola o apática una serie de enunciados que encantan a los oídos, pero que se desvanecen de manera irremediable ante la fragilidad de su sustento.

La verdad está en construcción

Aprender implica pasión, y contrariamente a la posición metafísica de Aristóteles que aseguraba que todos los hombres desean por naturaleza saber, aprendemos en sociedad.

Aprendemos y hacemos filosofía, es decir, reflexión y análisis, en comunidad no en lo aislado.

Es en la misma comunidad donde construimos nuestra idea de saber y verdad, lo que implica que no descubrimos la verdad, la construimos lingüísticamente. La filosofía nos alienta a entender que la verdad no se encuentra en forma definitiva, la verdad como el saber y la razón están, in fieri, es decir en construcción, siempre en proceso, siempre en contingencia.

Tal vez aceptar nuestro carácter contingente, nos permitiría poner en duda el contenido de las grandes narrativas, así como de las grandes promesas de redención histórica. Una visión así, contingente, nos ayudaría a desechar afirmaciones que la tradición de pensamiento occidental nos marca como la de que “todos los hombres son iguales”.

No es verdad que todos los hombres somos iguales: hay pobres y ricos, hombres y mujeres, algunos con acceso a la educación superior, otros ni siquiera han podido asistir a la educación básica, algunos con pasión para seguir aprendiendo, otros más están sentados en su sillón de arrogancia académica e intelectual, otros más viviendo una vida cargada de apatía e indiferencia.

Parece que vivimos en una sociedad de apáticos

El ser apático, por cierto, es un ser que carece de pasión. Ante los individuos apáticos el saber palidece, no les interesa; pero también palidecen las responsabilidades morales que exigen acción e interés; así, la pobreza ajena, el dolor ajeno, son así, ajenos.

Parece que vivimos una sociedad de apáticos, incluso en esos nichos dedicados al saber como lo son las Universidades. Tal vez la afirmación de Michel de Montaigne de que preferimos morir en lugar de aprender tenga mucho peso en nuestra educación superior.

Finalmente, ya se acaba nuestro 2024, y como cada fin de año nos proponemos hacer reflexión de lo que hemos hecho y de lo que nos falta por hacer, nos proponemos hacer una reflexión de nuestras vidas. Platón describió en su obra llamada Apología, la idea de Sócrates de que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida”. ¿Creen ustedes que pasemos ese examen?

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