Por David Lara Catalán

Hace algunos años, en una plática de café, un connotado académico trajo a colación lo siguiente: En Francia, cuando los intelectuales discuten respecto a algunas de sus ideas escriben artículos en los periódicos parisinos, pulen sus ideas y encienden la polémica con sus argumentos.

En Alemania, lo que hacen es escribir libros, y de pronto te encuentras con un libro de más de 200 páginas, al menos, donde se refutan las ideas de los otros. ¿Y en México qué hacemos?, lanzó la pregunta.

De modo categórico ante los rostros expectantes de los ahí presentes señaló: ¡en México nos descalificamos! Así, nos encontramos de pronto hablando de la homosexualidad de alguien o de los gustos extravagantes de otros más, o cómo era posible que alguien escribiera como lo hace si de niño era un pobre tonto que ni en las canicas podía ganar.

Tal vez eran los comentarios más decentes, había otros que mejor ni traer a colación, ya se imaginarán. Eso en el plano de los “intelectuales”, en el ámbito más terrenal y cotidiano también ocurre.

Me parece que no sabemos dialogar, ofrecer argumentos, discutir con la intención de aclarar los puntos obscuros de un tema no entendido.

Me parece también que, en gran medida, aunque desde luego hay excepciones, existe un asunto no aclarado de baja autoestima, lo que nos lleva a unas ansias de ganar en toda discusión y demostrar que tenemos la mejor opinión, es decir, no sólo una opinión, sino la única aceptable.

Ý ya no se diga que a muchos les gusta presentarse como todólogos: saben del futbol lo mismo que de ciencia, de historia, literatura, política, cine, ahora claro de juegos olímpicos, ya que están de moda.

Como parte de estos escenarios, la imprecisión o ambigüedad, tal vez la ignorancia oculta de muchos términos que usamos en nuestras pláticas, nos lleva a no entendernos.

Sugiero que mucho de lo que permea nuestros diálogos, antes que un interés legítimo por comprendernos los unos a los otros, es la necesidad de “salir victoriosos” de esos aparentes diálogos. Antes que aceptar, independientemente de mi estado de ánimo, que alguien pueda tener razón en lo que dice, es fatal, Claro, fatal para mi ego o mi ignorancia o mi soberbia.

¿Se pueden optimizar nuestras creencias? Sin duda que sí. Empecemos, sin embargo, por aclarar que es creer. El siguiente ejemplo puede ser muy ilustrativo. Si Pedro le dice a su esposa que “cree que la ama”, hay indicios de que no la pasara muy bien esa noche. La mujer le dirá: “Ah sí, ¿con que crees que me amas?” Pues cuando estés seguro volvemos a hablar.

En otro contexto decir que “creemos en Dios” es plausible y puede referir a una profunda certeza de su existencia. Evidentemente hay dos diferentes contextos y un mismo concepto; sin embargo, el uso no es el mismo.

Quiero decir que, al menos en estas líneas, creer racionalmente se refiere a tener ciertas evidencias de que es posible afirmar cierta proposición.

Tener evidencias para creer en ciertas afirmaciones marca la diferencia entre una creencia racional y una irracional. Las evidencias de las creencias racionales bien pueden ser la historia, la ciencia, la filosofía, entre otras más.

Los enunciados que emanan de este ámbito no son absolutos y son válidos, vale decirlo, hasta que se demuestre lo contrario.

Ahí justamente entran en juego la discusión, la argumentación, el análisis, el espíritu crítico y creativo, el espíritu investigador que se permite profundizar en nuestras creencias y darles, en la medida de lo posible, mayor fundamento y solidez.

Si el editor no dice lo contrario, la historia continuará ….

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA. Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio. Tweets by dalarac Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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