Por David Lara Catalán 

El concepto “cosmovisión” tiene su origen en el idioma alemán. Fue Wilhelm Dilthey en el siglo XIX quien ofreció el término “Weltanschauung” en su “Introducción a las ciencias humanas”.

Un concepto que alude a cultura, historia, conductas, formas de hacer que se derivan de una visión del mundo que los seres humanos heredamos, construimos, y desde luego, damos algún sentido.

Desde luego que también las reproducimos incluso de modo inconsciente. Cosmovisión es un neologismo que encierra un fuerte atractivo para quien busca comprender la acción humana, su cultura, sus visiones, entre otras cuestiones más. Cosmovisión e historia tienen una conexión íntima.

La historia ofrece el contexto en el que se mueven nuestras cosmovisiones, y es en ese sentido que comprender lo histórico de nuestras personalidades es el gran reto de nuestras culturas.

Por tanto, preguntarnos acerca de nuestras visiones del mundo es tarea esencial si se trata de comprender qué es lo que las alimenta, es decir, cuál es el sustento del que se han nutrido nuestras ideas, creencias o saberes.

Es probable que para una gran mayoría esta cuestión ni siquiera aparezca en su mentalidad, tan sólo se limitan a repetir lo “aprendido”.

Para algunos más puede ser una cuestión vital en el desarrollo de su cultura y de su acción en el mundo; sobre todo si se busca comprender, objetivo de las ciencias humanas, esa gran complejidad que es la historia humana.

En este marco de las cosmovisiones situaría a nuestras subjetividades e intersubjetividades, al mundo de la naturaleza, una interacción que hace complejo el proceso de entender a nuestras ideas, creencias o saberes. Son cuestiones que, además, se derivan de una relación intersubjetiva histórica.

Un ejercicio de gran envergadura sería tratar de indagar por qué creemos lo que creemos, por qué aceptamos ciertos saberes, qué papel tienen la magia, la religión o superstición, la ciencia o la historia en la conformación de nuestras visiones del mundo.

Preguntas tales como: ¿Es verdad lo que estoy diciendo? ¿Cuál es la fuente de mis creencias? ¿Es más la emoción que la razón lo que permea mis afirmaciones? ¿Por qué acepto tal o cual creencia? ¿Tengo evidencias para afirmar que estoy o está alguien ofreciendo argumentos válidos y sólidos? Todas estas cuestiones requieren de sujetos capaces de criticidad y creatividad.

Sobre todo, si se trata de comprender el alcance de nuestras visiones del mundo y de cómo construyen, de una u otra manera, el mundo personal y colectivo en que vivimos, y qué tanto ese mundo, básicamente cultural y actitudinal, responde a nuestros anhelos y expectativas.

¿Nos parece que el mundo que vivimos es el único posible? ¿Existen otros mundos posibles? Si aceptamos que esto último es viable, entonces la acción humana racional es fundamental.

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Por racional solo me refiero a un proceso de optimización, optimizar nuestras creencias y saberes, así como nuestras acciones, sobre todo en una época que parece tener un claro desdén por el conocimiento y la ciencia, por la crítica y la argumentación.

Una época en donde la sumisión y la ignorancia son la tendencia, ya sea por comodidad o conveniencia, aunque tal vez sea solo por estupidez.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA. Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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