Por David Lara Catalán

En diciembre de 1982, Miguel de la Madrid anunciaba los fundamentos de la renovación moral de la sociedad.

“La renovación moral exige que el Estado asuma tres responsabilidades fundamentales.

La primera es prevenir la corrupción en sus relaciones con la sociedad.

Para ello, la administración pública debe ser honesta, profesional y eficaz; se deben remover cargas burocráticas que agobian a la sociedad.

Es indispensable poner a disposición del pueblo el poder del Estado, para que sea él mismo, la gran fuente de protección de sus derechos.

La segunda es identificar, investigar, procesar y sancionar con legalidad, eficiencia, severidad e imparcialidad, la corrupción.

La tercera es utilizar todos los medios a su alcance para que la sociedad, en especial la niñez y la juventud, refuercen su formación en los valores nacionales fundamentales y en las responsabilidades individuales y sociales que ellos Imponen”.

El sexenio de Miguel de la Madrid terminó como lo dice Gabriel Zaid: “(…) con la inflación más alta de la historia de México y otras marcas históricas.

Crecimiento cero, narcotráfico en el poder, fraudes electorales tan escandalosos que provocaron situaciones nunca vistas, mexicanos que afrontaban golpizas por defender el voto, grandes priistas rebeldes ante la presidencia”.

Eso fue hace casi 40 años. Sin embargo, esta aspiración hacia la justicia social y la expectativa de que venga alguien a cumplirla y seamos todos felices no deja de inquietarnos.

Claro que siempre hay alguien listo y combativo que nos ofrece la redención.

Para no variar, en este sexenio se habla de lo mismo: aniquilar la corrupción y construir un mundo feliz, es mejor decir: un México feliz.

Incluso se publicó la Cartilla Moral con la finalidad de educar a la sociedad mexicana en aquellos valores que tanta falta nos han hecho.

Dice, un poco en tono campechano: “No todo está permitido. Lo excluido es aquello que está mal, que causa mal. El bien es benéfico, y el mal es maléfico”.

Sin embargo, hoy no parecen muy transparentes los resultados en esta ardua e incansable lucha por parte del gobierno federal; por el contrario, mucho hay por reprocharle, básicamente la opacidad en el manejo de los recursos y la asignación de contratos sujetos a licitación pública.

Así como la pretendida injerencia en decisiones del poder judicial, son apenas unos breves ejemplos, ya no se diga de la corrupción sino de la impunidad con que se administra la vida pública.

Lo que sí se observa es que han cambiado a los jugadores, casi como en un partido de fútbol o béisbol, donde aquel que “no rinde” es cambiado, empero el resultado sigue siendo el mismo, así la vida pública: cambiaron y “castigaron” a algunos que fueron sustituidos por sus pares.

La corrupción es como la gran prostituta (o prostituto por aquello de la equidad de género) que se manosea en el gran circo político-electoral y administrativo, todos la juegan, uno y otro se la avientan entre sí, la disfrutan, la explotan, la usufructúan, y en nombre de la moral señalan que habrá que castigar al o los culpables.

Las comparaciones no pueden faltar: “sí robé, pero poquito, el de enfrente, ese sí robó en serio y se merece la condena”.

Ni Pío se ha dicho ya sobre, por ejemplo, el caso Lozoya. Muchos medios de información, intelectuales y periodistas son parte de este gran circo.

No faltan las paradojas dentro del proceso comunicativo. La frase de Epimenides de Creta ilustra el sentido de la paradoja, “Los Cretenses son todos mentirosos».

Suele entenderse una paradoja como una contradicción, pero en realidad es mucho más complejo e interesante que eso.

Las paradojas pueden ser estructuras lingüísticas diseñadas para manipular y así lograr determinados objetivos personales o grupales.

Paul Watzlawick ha ofrecido magníficos ejemplos para ilustrar el impacto del discurso lingüístico cargado de paradojas.

Uno de los más ilustrativos es el que refiere al Jesús de la Biblia y de los evangelios.

Un Jesús que en cierto momento asevera que “no ha venido a cambiar la ley” (Mateo 5: 17-37), pero en otro momento señala “oísteis que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente, pero ahora yo os digo que…”. (Mateo 5: 38-48) ¿Intentaba cumplir o cambiar la ley?

La paradoja, en tanto estrategia, es un mecanismo para manipular, una táctica de poder como lo señala Paul Watzlawick, teórico de la comunicación y filósofo de la Escuela de Palo Alto, California.

Algunos otros expertos señalan que: “Las paradojas son posibilidades irreales de elección porque en realidad plantea una situación sin salida.

Las paradojas suelen, además, conllevar una orden, intrínsecamente contradictoria, o como la denominan ellos, ‘auto contradictoria’.”

El maestro de la Cartilla Moral nos dice: “La práctica del bien, objeto de la moral, supone el acatamiento a una serie de respetos, que vamos a estudiar en las siguientes lecciones.

Estos respetos equivalen a los ‘mandamientos’ de la religión.

Son inapelables; no se los puede desoír sin que nos lo reproche la voz de la conciencia, instinto moral que llevamos en nuestro ser mismo.

Tampoco se los cumple para obtener esta o la otra ventaja práctica, o para ganar este o el otro premio.

Su cumplimiento trae consigo una satisfacción moral, que es la verdadera compensación en el caso”.

El mismo autor de la “Cartilla Moral” agrega: “Para que el Estado pueda operar y proporcionar servicios públicos a la comunidad, necesita la contribución de todos.

Estos son los impuestos y los derechos que pagamos, proporcionalmente a las exigencias de cada uno.

Rehuirlos o intentar el engaño, además de delito, es romper la solidaridad social, es querer disfrutar beneficios sin participar en la carga común”.

¿Habrá satisfacción moral o solidaridad social en la exención del pago de impuestos a quienes no quieren participar en la carga común?

Ahí un ejemplo de lo paradójico de la comunicación, pero de gran efectividad en el terreno del poder y la manipulación.

El habla se ha vuelto perezosa. Mucha gente se ha cansado de oír, pero no ver hechos concretos que respalden lo dicho.

Las palabras ya no significan lo que designan, se han desgastado en medio de una retórica sin fin, en medio de la construcción de utopías, me refiero a ese perfil absurdo y negativo, casi esquizofrénico, de la utopía.

Tampoco hay atrevimiento para exigir el cumplimiento de las palabras, incluso de las nuestras.

Entre la pasividad y desgano de una cultura mesiánica se desarrollan frustraciones e inacción.

Es probable que al final del día solo atinemos a decir: nos volvieron a engañar, pero no lo volverán a hacer.

Síntoma de una euforia patética.

Casi como paráfrasis de aquella expresión de López Portillo en 1982, cuando con lágrimas en los ojos nacionalizaba los bancos privados y señalaba: “¡Ya nos saquearon! ¡México no se ha acabado! ¡No nos volverán a saquear!”.

Y miren en dónde nos encontramos.

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