Por Isabel Rosas Martín del Campo

Me llama la atención cómo Nietzsche, inicia su ensayo “Más allá del bien y del mal”, comparando al concepto de la verdad con la mujer.

Un poco con una mueca de burla asevera a los filósofos su falta de habilidades para conseguir los favores de una “hembra” (así se refiere al género de las féminas).

Pues en esta analogía entreteje que, así como las mujeres no dejan conquistarse “la verdad no se ha dejado conquistar” tampoco. Será que tiene su lado de misterio; en lo personal pienso que las mujeres somos muy predecibles, en cierto modo.

El rostro revela qué mujer es violentada

No callamos nunca lo que pensamos, aunque no lo digamos. Una mujer vulnerada basta verle el rostro para saber que es violentada.

Una mujer que es lo contrario, no solo lo expresa con la totalidad de su cuerpo, sus palabras y acciones no se callan nunca. Me parece, en este sentido, que sí, la verdad, aunque se oculte, está allí o ahí entre nosotros aunque nos hagamos ciegos a ella.

El ensayo es un poco difícil de comprender

Más allá del bien y del mal, me parece un ensayo difícil de comprender. Todo filósofo aconseja dejar a Nietzsche al final cuando se quiere entrar al insólito mundo de la filosofía.

No obstante, he hecho caso omiso de esta recomendación, porque me identifico, sobre manera, con la transgresión recurrente de Nietzsche.

Nietzsche señala en su ensayo que el alma, el sujeto y el yo se transfiguran en supersticiones

Me gusta ir contra la corriente, leer lo que no entiendo para tratar de retar mis capacidades cognitivas. En el camino, me doy cuenta lo básica que soy.

Aun así, intentaré exponer algunas de sus ideas captadas. Por ejemplo, en este ensayo Nietzsche no tiene ningún reparo en comenzar por criticar los dogmatismos, donde el alma, el sujeto y el Yo, se transfiguran en supersticiones, pensamientos dogmatizados que han causado daño.

La verdad supone presentarse “monstruosa con tremebundas figuras grotescas”

Quizá porque la verdad aquella que no termina de conquistarse queda oculta por promesas milenarias acerca de la vida y de la muerte. Tal vez, porque la verdad supone presentarse “monstruosa con tremebundas figuras grotescas”.

O es más bien, la otra verdad, la de las grandes cosas que buscarán siempre inscribirse “en el corazón de la humanidad” la que se presenta como una “exigencia eterna”.

Hay mucha razón en asimilar que nuestra tarea es “mantenernos despiertos” para revelarnos contra perspectivismos que mantienen en constante y eterna tensión nuestro espíritu.

La hegemonía de la era digital

Uno que se debe mantener incorrupto. Tal vez, lo más parecido a la antítesis de la condición dogmática, sea la “interconexión virtual” que hoy impera.

La hegemonía de la moda digital, la era de las influencias y las etiquetas ha dejado atrás las estampitas de santos dentro de las carteras, para seguir otros dogmas, los de las redes sociales que mantienen a toda población de humanos atentas a los discursos de unos cuantos que han sabido elegir sus retóricas.

Un tipo de nueva “ilustración democrática” y una era de nuevos “jesuitismos” que liberan a la sociedad virtual de los dogmas de la sociedad real. Sintiendo cierta liberación de la “tortura” del espíritu.

Sin embargo, la libertad del espíritu según Nietzsche está muy alejada de lograrse porque eternamente tenemos en nuestras manos el arco y la flecha cuyo blanco es la totalidad de nuestra humanidad.

 

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