A dos semanas de las elecciones hay signos claros de violencia y campañas negras.
Los debates revelan que la juventud necesita más universidades para la gestión pública y carreras orientadas a las humanidades: cientos de jóvenes migran a otros estados por esta carencia: Quintana Roo optó por fortalecer la industria turística.
Por Luciano Núñez
No hay peor tiempo perdido que el ver de nuevo una mala película. Da la sensación que en cada campaña se repiten —como un lastimoso déjà vu— las mismas malas señales de guerra sucia y violencia.
A dos semanas del proceso electoral, ayer ocurrió un hecho de sangre en Solidaridad, previo al debate presidencial, donde una persona murió víctima de arma de fuego ante la mirada atónita de cientos de personas que entraron en pánico por la violencia extrema.

No menos peor fue en Tulum el uso de menores para enderezar una “campaña de lodo” contra el candidato opositor, Jorge Portilla, sin que hasta ahora haya un pronunciamiento al respeto ni mucho menos una acción punitiva.
Lamentablemente, Quintana Roo no ha estado exento de la violencia de alto impacto que mantiene asolado al país y que fue tema del último debate presidencial.
No es un asunto de partidos, es un asunto que lastima a miles de familias en el país que están bajo amenaza o que viven de cerca los estragos del crimen organizado. Sería momento ideal para que todos los partidos, todas y todos los candidatos, se pronuncien por una elección en la que haya paz. Es una bandera que une a todas y a todos, en la que el electorado pueda salir a emitir su voto sin temor a ser víctima de violencia o amenazas.
Debates para el olvido
Después de ver gran parte de los debates, estamos lejos, bastante lejos de avanzar en el ámbito político hacia la profesionalización de la gestión pública.
Son contados con los dedos de una mano las y los candidatos que realmente pueden argumentar y sostener una idea con cierta solvencia intelectual.

Quizás, más bien estoy seguro, es parte de un fenómeno que no estamos viendo: miles de jóvenes que no ven oportunidades más que en el turismo migran en la búsqueda de carreras de humanidades y ciencias sociales y políticas: ¿regresarán?
En ese sentido, Quintana Roo ha preferido desde hace años ser parte de la poderosa industria turística que crea mano de obra barata para las cadenas hoteleras. No hay carreras de arte, de comunicación o ciencias políticas en nuestras universidades, o hay sólo islas que sobreviven con lo mínimo para funcionar.

He contabilizado varios hijos de colegas y amigos que han preferido migrar en la búsqueda de esa necesidad urgente para Quintana Roo.
En eso pensaba mientras veía debates de baja profundidad, carentes de ideas progresistas y sólo remedos de peleas callejeras cartulinas de mala confección y léxico acotado. Peor aún, en Quintana Roo, vuelven a aparecer esas escenas de mala película con la destrucción de espectaculares, publicidad engañosa y la utilización de menores y otras calamidades de corte electoral.
No hemos visto por ahora a jóvenes que se sumen con herramientas intelectuales para contrarrestar la improvisación, la chatura y la mediocridad imperante; el contrario, se han dados numerosos casos de candidaturas de falsas personas con discapacidad, falsas personas indígenas y falsas personas de la diversidad sexual.
El panorama, como logramos vislumbrar, va inclinándose hacia abajo, hacia las malas prácticas y el engaño. No sólo en un partido, lo hemos visto en prácticamente todos los dominantes.
Es momento de repensar para dónde va la cosa pública en Quintana Roo, ¿qué está pasando en las universidades?, porque por ahora el panorama deja mucho que desear y un camino muy empinado hacia una política que nos eleve. Un mal déjà vu.




















