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    Explorador de Mundos | 36 Años del Gol del Siglo | Fernando Castro Borges

    Por: Fernando Castro Borges

    Cancún, Quintana Roo. – El 22 de junio de 1986, durante el Mundial de fútbol, el Estadio Azteca fue el testigo de un partido que ha sido un icono en todos los mundiales. Argentina contra Inglaterra, cuartos de final del Campeonato Mundial México 86.

    De este encuentro se ha hablado todo y en cada una de las narraciones existe solo un protagonista, una persona que concentra todas las miradas, y se llevó la totalidad de las frases que enmarcaron ese encuentro.

    De ese momento se han referido, intelectuales, músicos, actores, periodistas, políticos, aficionados y siempre el 10 de la playera azul será el centro de cada reseña.

    Nadie sabe en cuántos asados se han mencionado las anotaciones de esa fecha; la «mano de Dios» o el «barrilete cósmico» (todo el mundo identifica de qué goles hablamos, ya que pertenecen al colectivo cultural del futbol); en cuantos bares, se ha analizado, al calor de las copas, datos que a nadie interesa, pero se deben complementar para tener la credibilidad de la trascendencia, como por ejemplo, la altura que saltó este hombre, de estatura pequeña, para poder ganarle al arquero Peter Shilton de 1.85 metros, en ese legendario vuelo que hizo para mandar a las redes la pelota.

    La Selección Argentina se presentaba en la cancha, ese día ya con una anécdota no menor. Al no contar con la playera de visitante, se tuvo que conseguir una de urgencia y el guardameta suplente de la selección Héctor Miguel Zelada, que vivía en México, fue el responsable de conseguir en muy poco tiempo la casaca con la que se jugaría; Bilardo tenía que darle el visto bueno y el tiempo se consumía, por lo que durante la noche previa al partido se costuró el emblema de la AFA y salir con números plateados, pues era el color que había.

    Era un encuentro del que estaba pendiente todo el país sudamericano, todavía estaba presente el horror que se vivió con la guerra de las Malvinas, recaía en los hombros de esos once jugadores que saltaron a la cancha defender el honor ofendido años atrás, por el enfrentamiento bélico. No era un partido más.

    El capitán, un mago reconocido en todo el mundo de 1.65 metros, captaba todas las miradas, tenía un imán especial, ya que no lo perdían de vista ninguno de los más de 114 mil espectadores que se dieron cita en el Estadio Azteca, además de los millones que seguían la trasmisión en todo el mundo, nadie quería perder un regate, un desplazamiento o la forma de tratar bonito a la pelota del quien todo el mundo coreaba su nombre.

    Ya en el minuto seis del segundo tiempo, cuando Olarticoechea se proyectó por la izquierda y dio un pase a al capitán argentino, quien con maestría se quitó a Hoddle y Reid y le pasó la pelota a Valdano, el cual no logró controlar la esférica y el defensa Hodge intentó dar un pase hacia atrás a Shilton, sin notar que el genio todo el tiempo estuvo atento del desarrollo de la jugada, perfilándose a gran velocidad hacia el área y, tras saltar para anticipar al arquero, impactó la pelota con su mano izquierda antes de que el jugador inglés pudiera despejarla.

    Años más tarde el autor de esta falta reconoció públicamente que el gol había sido con su extremidad. Siempre al relatar ese momento, se refería que él lo había hecho con la cabeza, pero con «la mano de Dios» . De ahí el nombre de este gol.

    Solo 4 minutos más tarde (“55), después de que el equipo inglés sin prosperar la protesta de la validación del primer gol, el jugador referente de esa Copa Mundial tenía que hacer la jugada más épica hecha en cualquier campeonato.

    El defensa argentino Cuciuffo recuperó la pelota luego de un ataque inglés, se la pasó al «Negro Enrique» , quién se la entregó al genio del futbol mundial. Lo que pasó después fue historia: como un ferrocarril a gran velocidad, fue dejando a ingleses a su paso, nadie lo alcanzaba, ni nadie lo hizo; su velocidad y manejo del balón era indiscutible, pero el adueñarse del campo es lo que maravillo a todos. Faltaba la culminación de este imponente despliegue de magia personalizada.

    Teniendo enfrente a la salida del portero Shilton que achicó el espacio, pero no aguantó el regate del argentino que se fue hacia la derecha y colocando de forma magistral la pelota para dejarla en las redes. Todo el mundo ovacionó al barrilete cósmico, que nos concedía el gol más bello del siglo.

    El orgullo inglés estaba herido. Gary Lineker, estrella y centro delantero del equipo rival, descontó con un cabezazo certero del cual no pudo llegar el guardameta Nery Pumpido. Resultado final 2-1, favor Argentina

    Este partido levantó el ánimo para que a la postre el equipo albiazul se coronara contra Alemania, en una final de un futbol bellísimo; sin embargo lo hecho ese 22 de junio, es algo que no ha vuelto a pasar.

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    Existió un líder en la cancha, un motivador, un héroe que cargó la responsabilidad, que nos enseñó la sombra y la luz de un deporte, en un solo encuentro.

    Un hombre con un nombre que todos reconocemos; considerado como uno de los más grandes dentro de las canchas; un genio en cada jugada; un Dios para su afición, pero también un hombre que tuvo una vida de excesos; pero que suplicaba “Que la pelota no se mancha”, como en aquel 22 de junio.