Acucioso estudio sobre las novelas Claudio Martín, vida de un chiclero (1938), de Luis Rosado Vega, y Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano (1951), de Enrique Vázquez Islas, centradas en el mundo chiclero del Territorio de Quintana Roo.

Por Norma Quintana

(Tercera parte y final)

Escrita casi una década después —fue concluida en 1946— Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano no trae nada novedoso en el plano configurativo, en los aspectos formales, ni rebasa en el plano conceptual e ideológico lo que ya había agotado Rosado Vega en su Claudio Martín… Aunque menos cargada de influencias y más centrada en sus objetivos generales no tiene, sin embargo, el vuelo lírico ni el gran aliento de aquella, ni posee esa visión abarcadora capaz de mostrar en grandes planos el conjunto de la sociedad quintanarroense en la primera mitad del siglo veinte.

La novela de Vázquez Islas tiene también como tema central la problemática de los trabajadores forestales frente a los manejos de las compañías foráneas, hay chicleros víctimas de la explotación sobre los cuales se ciernen el despojo y la muerte, hay un contratista extranjero con secuaces desalmados y enfrentamiento entre unos y otros, hay funcionarios corruptos y asuntos sentimentales mezclados en la trama; pero, a diferencia de Rosado Vega, nuestro autor sí centró la acción novelesca en la lucha clasista y dejó las historias amorosas o trágicas de los personajes como líneas temáticas secundarias.

El espacio novelesco está restringido a tres locaciones: el pueblito de Puerto Morelos, un modesto asentamiento humano con algunas chozas que sirven de habitación a los chicleros y sus familias, donde hay una pobre escuela, una subdelegación del gobierno y una casa perteneciente al contratista Mr. Paynard; la antigua colonia de Santa María, con su almacén bien construido, su línea decauville, sus casas de estilo inglés y “el palacete” de la Compañía Maderera; y por último el Hato Central, de donde sale el chicle que se almacena en el pueblo y luego se envía a su destino en el extranjero.

En estos escenarios, transcurre la trama donde interactúan personajes caracterizados mayormente dentro de los patrones del realismo: Chicleros de varias clases: el que no tiene instrucción pero posee una gran sabiduría para sobrevivir en el monte, bronco pero honesto, tipificado en Cospeta; el que llegó a la selva por ignotas razones pero es inteligente y con cierta preparación, como Barradas; el asesino y fuera de la ley, como El Cobayo; el clásico bodeguero oportunista al servicio del más poderoso, el subdelegado bruto, taimado, servil; el contratista bestial y abusador, la masa disforme de mujeres y trabajadores… en suma, toda la humanidad imantada por la dinámica productiva del chicle. En este grupo se introduce un elemento disonante: el maestro, quien viene a hacer las veces de catalizador en los conflictos entre los obreros y la compañía, representada por al contratista, al hacerse portavoz de las inconformidades y devenir líder del grupo explotado.

El argumento se resume en lo siguiente: el maestro, del cual no conocemos nunca el nombre porque es una suerte de arquetipo, llega a Puerto Morelos y desde ese mismo momento entra en contradicción con el poder de Mr. Paynard y sus acólitos. Dos chicleros aparecen muertos y el hecho, perpetrado por órdenes del contratista, al parecer va a quedar impune, a lo cual se opone el maestro a quien se le suma un grupo de trabajadores hartos de los atropellos de que son objeto. Se hace la denuncia ante las autoridades del Territorio Federal de Quintana Roo y, luego de algunas escaramuzas legales capitaneadas por un juez cómplice, se resuelve el incidente a favor de los culpables.

El maestro en transferido a Santa María, donde continúa sus gestiones enviando mensajes a Chetumal y a la capital del país con la ayuda de un inspector escolar que había llegado con la comisión encargada de investigar el crimen. Cuando parece que todo está perdido, hasta el punto de tener que refugiarse en el Hato Central, llegan las leyes de expropiación y la compañía es desalojada junto con Paynard y sus secuaces. Se instalan las cooperativas y comienza para toda una fase de cambios económicos y sociales.

Dentro de esta línea argumental están inmersas las historias de Noemí, la concubina del contratista, una muchacha sensible y humana lanzada a la prostitución por un desliz y el  temor a la vergüenza de descubrir su falta ante la familia y la sociedad de Mérida; la de Paynard, un oscuro drama de celos y pasiones desenfrenadas; la de Esfínter, como sacada de Pérez Galdós, y la de Gerardo, todas dignas del más puro folletín melodramático.

A pesar de ser coherente en cuanto a seguir un esquema ideotemático y de tener más dinamismo al trazar sus estrategias discursivas —emplea un narrador protagonista en primera persona con una perspectiva más cercana y actual para contar los hechos, utiliza más el discurso directo, su lenguaje no se carga de fórmulas modernistas, sus descripciones son precisas—, la novela de Vázquez Islas se debilita por la excesiva palabrería en que se precipitan a menudo sus diálogos, interminables arengas donde el autor derrama conceptos, filosofías de la vida e ideas morales por boca de sus personajes, en lugar de permitir que sean los mismos hechos los que definan el perfil psicológico de estos.

Son débiles también sus personajes principales, el par antagónico maestro-contratista, en quienes se trata de crear matices, pero sin llegar a conseguirlo pues no cuajan en caracteres por lo extremo y esquemático de su dibujo. Así, el maestro es el luchador, el destinado a grandes empresas, sin haber hecho en realidad gran cosa, son más bien los otros quienes le adjudican características de héroe; sus debilidades, relativas al sexo, son pura fórmula discursiva. Al final, el problema con los poderosos se resuelve desde el exterior, aunque parezca que ese héroe ha venido, él sólo, a resolverle los problemas a la gran muchedumbre desorganizada e incapaz de hacer valer sus derechos.

En cuanto a Paynard, es en él donde se ha concentrado el peso de las lecturas del autor, su caracterización y su historia personal tienen mucho de la Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y los criterios que desborda en sus peroratas de alcohólico responden en esencia a los planteamientos ideológicos de la novela telúrica, en lo tocante a los vínculos hombre-selva, a la imagen del hombre moldeado por los ambientes salvajes creada a partir del determinismo positivista. El intento de dar al contratista un rostro más humano al final de la obra, aunque traído por los pelos, vale como esfuerzo por eliminar el maniqueísmo del texto y de darle un giro positivo al tratar de salvar lo mejor de la naturaleza humana. La anagnórisis de Paynard y su destino último tienen algo de gesto purificador al restituirse a la naturaleza como tributo a su poder generador; él, como la legendaria cacica del Arauca, declara que “las cosas vuelven a su lugar de origen” y con ello se salva poéticamente. Es la tierra y no los hombres quien cobra la deuda.

La perspectiva histórica de esta novela es la de quien ya ha visto los resultados de la Revolución mexicana, hay en ella planteamientos concretos en cuanto a problemas económico-sociales del territorio, como el fracaso de la política de colonización ante las características de una industria esencialmente extractiva y los métodos de trabajo de los concesionarios, incapaces de crear un sentido de pertenencia, una población arraigada en el suelo quintanarroense. El maestro y su protagonismo socio-político tienen su referente en los esfuerzos del gobierno mexicano por legitimar su proyecto democratizador a partir del trabajo educacional.

Sin embargo, Vázquez Islas ignora al indígena maya, su insoslayable papel en esta dinámica, ellos son en Chicle… un dato con visos de etnografía colonialista, una pincelada pintoresca, y con esto desechó un inestimable filón temático capaz de dar a su novela un sitio en la narrativa nacional.

No obstante, y pese a no haber cuajado del todo en lo formal, la obra contiene elementos atendibles y hasta valiosos. Su visión de la selva y los pueblos aislados del territorio es, con mucho, menos tenebrosa y más ajustada a los anhelos de construir un mejor futuro para este pedazo de la patria, por eso sus descripciones se fijan en la riqueza, en sus perspectivas, y, aun reconociendo la dureza del medio, no le adjudica esa suerte de perversidad que tanto en Beteta como en  Rosado Vega fueron la nota predominante.

Norma Quintana Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática en la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como de numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.

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