Agudísimo estudio sobre la poética del escritor romano Horacio y sus ecos en la actualidad.
Por Enrique Saínz
Una nueva lectura de la poesía de Horacio, pasados algunos años de nuestro primer acercamiento a sus textos, nos abre la posibilidad de una comprensión más amplia de su obra. Lo primero que surge de manera evidente en esta nueva lectura es la extraordinaria vigencia de sus poemas, la actualidad siempre renovada de sus mejores momentos. No creemos que estos sean exclusivamente los de sus odas o sus epístolas de sabor ético, aquellas en que se exponen su concepción de los valores morales o se pretende establecer una norma de conducta como ideal de vida. Hay, además, otros valores en sus textos, como el cosmopolitismo de sus sátiras y el bullicio animado y vivo de algunos de sus poemas dedicados a ciertos personajes, conocidos en las calles de Roma por su impertinencia o por alguna otra característica singular. No creemos, pues, que la carga de futuridad de la obra de Horacio radique sólo en sus poemas dedicados a la aurea mediocritas, tan importante en su concepción del mundo. Todo un cosmos diverso, que comprende un sinnúmero de hechos, se encuentra a lo largo de su poesía, desde el estoicismo de sus más conocidos poemas hasta sus especulaciones en torno al trabajo del poeta, en especial las de su epístola “Ad Pisones.” A través de esa diversidad, de ese múltiple complejo de situaciones y de hechos, vemos a un poeta ávido y al mismo tiempo saciado de su mundo, plenamente inmerso en la realidad. Las sátiras son quizás el mejor ejemplo de esa riqueza a que nos venimos refiriendo. Pero, aunque es el mejor ejemplo, no por ello es el único dentro de su obra. En las odas, si no de manera tan inmediata y tan sustancial, está presente también esa su prodigiosa diversidad de hombres, hábitos y situaciones; y también en los épodos y en las epístolas. En este sentido su obra no tiene paralelo en la poesía latina.
Nos sorprende la modernidad de algunas sátiras, la que comienza Ibam per Vía Sacra, tan actual y tan dinámica en su movimiento. La gran ciudad moderna es ya esa Roma populosa, diversa, llena de toda clase de gente, como la que aparece en la obra de Horacio, en la que no faltan personajillos del tipo del que sale al encuentro del poeta. El suceso, que de por sí no tiene mayor relieve, alcanza poco a poco, a medida que avanza la sátira, la desenvoltura y las implicaciones típicas de un hecho perfectamente cotidiano y nuestro. Con una maestría incomparable y la perspicacia propia de un gran observador, desarrolla el autor los versos elocuentes de este poema incomparable. La conciencia creadora del artista que había en Horacio, tan despierta para la elaboración cuidadosa de sus textos, no se percató quizá del sentido universal de esta zona de su poesía. Probablemente, no haya pasado por su conciencia la certeza de que estaba dejando a la posteridad una pequeña obra maestra de observación y agudeza, que habría de trascender hasta el hombre del siglo veintiuno. Tal vez la confianza del poeta en su renombre póstumo descansará en los grandes poemas que intentan exponer el último sentido de la vida y de la conducta del hombre. Podría pensarse que toda la obra de Horacio está regida por una ética autoritaria o, quizás más propiamente, por una ética normativa. Este punto de vista estaría sustentado con distintos ejemplos de índole muy diversa, desde aquellos en que la ética está, de manera explícita, en el centro mismo del poema hasta aquellos en que aparece envuelta en la burla o en la más inocente consideración artística. No creemos que este criterio pueda sustentarse en todos los casos. La pintura de los personajes de las sátiras, por ejemplo, no podría incorporarse a un propósito ético por parte del autor de manera tan irrefutable como podría suceder con cualquiera de las odas o de los épodos en que se contrasta la vida con la muerte, o como sucedería incluso con las odas de intención política, en las que la poesía está puesta directamente al servicio de un conjunto de normas éticas de mayor trascendencia colectiva. Demasiado bien sabía Horacio que las costumbres no cambian ni mejoran con los versos mordaces o irónicos, y que no era posible transformar el mundo cotidiano, el de las más simples y elementales relaciones de unos individuos con otros, con la pintura despiadada de los defectos físicos o de los vicios del carácter.
Es muy importante señalar la extraordinaria riqueza del mundo horaciano, la enorme avidez de su mirada. Hay en toda su obra un afán evidente por encontrar el diálogo más apropiado con la inmediatez, con el suceder cotidiano. Diriase que toda su poesía es, en última instancia, una respuesta a las exigencias del diario vivir, una búsqueda de la razón suficiente del hombre en sus relaciones con el mundo. El resultado es una lección vital, un canto a la vida en toda la posibilidad de su esplendor y de su fuerza. Los consejos del poeta, los que constituyen el centro de sus mejores textos, son normas de vida en toda su simplicidad, sin pretensiones de trascendencia y sin dramatismos amargos y ensombrecedores. El último sentido de la vida, la explicación de lo que Max Scheler llamó “el puesto del hombre en el cosmos”, es para Horacio la vida misma en toda su plenitud, como una fiesta de los sentidos y un regocijo por la elemental posibilidad de constatar el suceder cotidiano. Claro que no es tan simple el juego con la vida en una obra como la de Horacio, de tanta resonancia hasta nuestros días y tan rica en su complejidad, aunque esto pueda resultar paradójico. Es posible percibir en distintos momentos de su obra una lucidez asombrosa, una alta y despierta conciencia del destino del hombre y de la brevedad de sus días, y no es difícil entonces imaginar una angustia inquietante como elemento constitutivo de la vida del poeta, al menos durante algunos años, así como largos períodos de reflexión madura y cuidadosa para encontrar una respuesta satisfactoria a las más urgentes preguntas. Su mismo acercamiento al estoicismo, su idea de la moderación, y en general toda su ética normativa, por amena y regalada que sea para los sentidos, revelan una sólida reflexión y hasta cierto temor por la inconstancia de la fortuna. Horacio sabía muy bien que la felicidad plena dependía de un sinnúmero de factores que el individuo no podía manejar a su antojo, por lo que se hacía necesario un modo de vida capaz de asegurar al hombre el equilibrio de la suya propia, tan importante para alcanzar la plenitud. La sophrosyne desempeña entonces un papel decisivo en la concepción del mundo de Horacio, en lo que podríamos llamar su ética restrictiva. Esta sobriedad, esa renuncia al esplendor de las riquezas y a lo que los místicos llamarían la pompa del mundo, era toda una vieja tradición en la cultura latina, con antecedentes en Hesíodo y en Solón, por citar sólo dos ejemplos. De su propia tradición recibe el estímulo creador para su filosofía de la vida cotidiana, de la vida intrascendente.

A modo de complemento de esa conducta moderada, asume Horacio el epicureismo como norma de vida, como posibilidad de realización individual. El hombre que ha adquirido conciencia de la fugacidad de la vida y ha sentido cerca o conocido la inestabilidad de la fortuna, busca ávidamente una solución a lo que pudo ser un drama agónico. El placer moderado y, al mismo tiempo, la moderación como elemento realmente insustituible e indispensable del placer, se erigen en la obra de Horacio en factores decisivos para la comprensión de su enorme importancia y trascendencia hasta nuestros días. Hay una plenitud sosegada, una abundancia tranquila en toda esa poesía delicadamente trabajada, como una forma más de la alegría regida por el buen juicio y por la sensatez. Esa alegría que surge de la misma tragedia de la vida como su fruto más granado es, sin duda, la herencia mejor y más actual de esta poesía. Una alegría por el vino, por el canto, por el amor, por la vida apacible de los campos, por el juego de los hombres con la adversidad y con la desmesura, en fin, una alegría por la vida en su múltiple riqueza y en toda su diversa y compleja manifestación a través de hombres, recuerdos, costumbres, acciones justas e injustas. Nada de búsquedas de una trascendencia para justificar la vida del hombre, ni respuestas que estén fuera del marco estricto y a la vez tan ancho de la propia vida, sino, por el contrario, la vida inmediata sin más pasado ni futuro que los que sirvan de ejemplo o de promesa al presente. Ese anhelo de vida, esa sed de plenitud se lamenta a veces del rápido suceder de los días, como en la oda magnífica a Póstumo, Eheu, fugaces, Postume, Postume; otras veces teme el poeta por su propia vida, acosado por la idea de la muerte. Una mirada a los campos, el recuerdo de un vino guardado para el júbilo, el diálogo con los amigos o el amor de los otros, son suficientes para disipar esa inquietante conciencia que a veces pudo ensombrecer algunos de sus versos.

Es sorprendente la gran diversidad de motivos que movieron a este autor a escribir. En ningún otro poeta latino encontramos tal variedad de temas. Ello nos revela a un hombre múltiple, de rica sensibilidad y capaz de expresarse ante tan diversos estímulos con una conciencia artística poco frecuente. Pero si bien es cierto que la de Horacio es una obra que recoge estímulos muy diversos y que refleja una realidad múltiple y extraordinariamente rica en su complejidad, como percibimos en una lectura continuada, no es menos cierto que toda ella está regida por una unidad esencial. Una vida presidida por la templanza y los placeres, que sabe reír o se deslumbra ante el espectáculo del mundo, nos dio una obra que canta a la virtud y a la vida plena, a los amigos y a los enemigos, al arte y a la buena marcha del Estado, siempre a partir de su propia circunstancia, en la que vivió inmersa, y con un sello de universalidad que sólo puede darle el poeta auténtico, que escribe por una necesidad de comunicación de la cual no puede prescindir. De ahí el humanismo de Horacio, esa presencia del hombre en su obra, esa búsqueda para sí y para todos de una explicación que disipe las sombras de la muerte, como ya había hecho Lucrecio con su humanismo racionalista, con ese epicureismo vivificante que también sirvió de sostén a nuestro poeta, si bien con un optimismo mayor y una alegría más disipada. La preocupación por la buena marcha del Estado, su adhesión a la política pacificadora y de progreso social que trajo Augusto, su decisión, en fin, de poner su talento artístico al servicio de la política y de las nuevas preocupaciones del Estado, pueden ser interpretadas como una consecuencia de su concepción del mundo antes que como un compromiso moral a que se pudiera sentir obligado el poeta por haber sido acogido en el círculo de amigos de Mecenas. Esta actitud forma parte, sin duda, de su más auténtica interpretación de la realidad y responde de manera coherente a su visión de la totalidad.
Echamos de menos en la poesía de Horacio el refinamiento de un Virgilio y la frescura de un Catulo, no obstante, la belleza de algunas odas y la espontánea sonrisa que le provoca el desatino y el ridículo de los pretenciosos. Hay cierta desfachatez en sus versos y una urgencia vital demasiado poderosa, excesivamente comprometida en la explicación de la verdad última, de la razón de ser del hombre. Es, en resumen, una poesía demasiado filosófica, aunque no precisamente especulativa, producto de la meditación en primer término, y luego de una alegría burlona o jubilosa que no pasa por alto las ocasiones de risa o de regocijo, pero que no se detiene en la contemplación ni se estremece ante la belleza o ante el suceder de los hechos, como acontece en grado incomparable en la poesía de Virgilio. Su filosofía pragmática y ese juego maravilloso de los tonos más graves con los poemas de júbilo y de burla, esa alternancia de luces y sombras y del sabor trágico con una alegría trascendente por la fiesta que disfrutan los sentidos, esa referencia a la plenitud del instante y a la dicha posible, son más que suficiente para que su obra permanezca hoy, veinte siglos después de haber sido escrita, en un sitial tan alto, como testimonio de un hombre semejante a cualquiera de nosotros, al que podemos leer como a un hermano mayor, porque siempre encontramos en sus páginas nuestras angustias y nuestras posibilidades, nuestros temores y esperanzas.

¿Decimos entonces que Horacio es nuestro contemporáneo? La respuesta la podemos dar nosotros mismos en tanto lectores de su obra, sin necesidad de recurrir a especulaciones más o menos fundadas en torno a la interpretación de la contemporaneidad. La ética horaciana y sus postulados prácticos, el carácter inmanente de la vida que encontramos en su poesía, esa suficiencia del ser en el tiempo transitorio, tiene sin duda un significado actual, una vigencia ampliamente reconocida por la experiencia cotidiana. Pero, además, como ya apuntamos al principio, a todo lo largo de su obra encontramos a un poeta ávido de mundo, sediento de comunicación con sus semejantes y sensible al riquísimo espectáculo de los hombres, las costumbres y los sucesos de su época. Quizás en el tono familiar de algunos de sus poemas echemos de menos el distanciamiento de los poetas de nuestro tiempo, pero en cuanto nos adentramos en la sucesión de personajes, anhelos, inquietudes, en fin, en toda la gama de relaciones y objetos que conforman la dinámica de la realidad del poeta, sentimos que los hombres que poblaban la Roma del siglo primero antes de nuestra era, los que Horacio conoció y a los cuales se dirigió en su obra, son también nuestros contemporáneos. Hay algo, en cambio, que los ojos de Horacio no vieron en su época, bien por falta de penetración en su mirada, bien porque los tiempos no tenían aún la sordidez ni padecían la ruptura de valores que se encuentran en obras más cercanas a nosotros en el tiempo. No obstante, la superficialidad de los retratos de Horacio están siempre presentes en su poesía, un mundo y un conjunto de problemas que son nuestros o que en algún momento hemos sentido como propios. Otra característica de su obra, que podemos asimilar como algo propio, es la lección constante de la realidad inmediata, la importancia de su influencia en lo que hay de más perdurable en su poesía. Tomar conciencia de la riqueza de una obra como la de Horacio, llegar a asimilar sus más altas virtudes, sin duda constituye un regocijo mayor, una ganancia de fuerza incalculable. Despierta en nosotros una lucidez y renueva una memoria, a veces perdida o extraviada, que nos llevan de nuevo a la convivencia plena con la vida.

Y en no menor medida, la lección de su trabajo artístico es otra forma de su grandeza. En algunos momentos de su obra insiste Horacio en la necesidad de trabajar con las palabras para alcanzar la plenitud del texto. Ello significó no sólo un triunfo de la armonía sobre la disonancia, sino, además, y, en primer término, una obra depurada y esencial, sin los excesos de la desmesura y sin los defectos de la improvisación. De esta actitud podemos decir que es perdurable, ejemplar en el más alto sentido del término. Realidad y conciencia artística son inseparables, una y otra se identifican, en la obra de Horacio, en una relación creadora, en una mutua influencia que va desde el suceder (el más evidente y el más fugaz) hasta el artista que observa, medita y se expresa. Si la poesía puede ser un juego, un divertimento creador y disipado, es también un ejercicio de la voluntad y una forma de la comunicación. El diálogo del poeta con sus semejantes es, en el caso de Horacio, un acto necesario e impostergable, que se logra sólo a partir de una conciencia lúcida y a través de un acto previo de reflexión. En algún momento hablamos del carácter filosófico de esta poesía, hecha de meditación y de experiencia cotidiana, y ahora debemos añadir que no de otra manera están labrados sus versos, concebidos y escritos al calor del análisis y del aprendizaje. Cultura y experiencia devienen entonces elementos inseparables y plenamente identificados en sus relaciones mutuas. La riqueza de la obra de Horacio la encontramos hoy, en el siglo veintiuno, en esa identificación del artista con la realidad como un hecho elemental, primario y simple, para la cual no han sido necesarias la reflexión ni la búsqueda, sino sólo la ingenuidad de la mirada y la asimilación de una herencia que el poeta no tuvo que hacer suya por un acto de la voluntad, precisamente por ese inseparable vínculo de su yo creador en el mundo. ¿Y qué mayor satisfacción para un artista que habernos dado una obra capital en la que el hombre es no sólo el estímulo, sino además la esperanza, en la que vemos ya la transparencia total sin la experiencia agónica que casi siempre la precede? La oda “Exegi monumentum” es el mejor resumen de nuestras reflexiones y una de las muestras más altas de la obra y de la conciencia de artista de su autor, por lo que no podemos cerrar nuestros apuntes sin el deslumbramiento de estos versos perdurables:
Acabé un monumento más perenne que el bronce
y más alto que el sitio de las pirámides reales,
al que no destruirán ni la lluvia voraz,
ni el impotente Aquilón,
ni las innumerables series de los años
ni el paso de los tiempos.
No moriré del todo: una gran parte de mí
eludirá a Libitina, y siempre habré de engrandecerme
en la posteridad, mientras al Capitolio
ascienda el pontífice con la callada virgen.
Se dirá de mí, allá por el violento y resonante Aufido
y por aquellos áridos lugares en que Dauno
fue rey de agrestes pueblos,
que triunfante de orígenes humildes
fui el primero en llevar el canto eolio a los ítalos modos.
Toma, Melpómene, el orgullo ganado y merecido
y ciñe de buen grado mi cabello con délfico laurel.
E
nrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.
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