Fer de la Cruz
UN MAR DE INCERTIDUMBRE
Qué más puede decirse
que no haya sido dicho quizá por pescadores,
marineros mercantes
o bañistas también de piel curtida
—alguno que otro ahogado, quizá cientos
en esta misma costa—
o buzos o surfistas
o biólogos marinos o,
por supuesto, poetas —quizás alguien
con un aliento como brisa fresca
con un talante original acaso,
de ser esto posible.
Entre tantos quizás e incertidumbres
todo mundo habla y poetiza
en constante mareo
verbal
en soliloquio,
oleaje dialogado,
monólogo interior a marejadas
o potente resaca
—corriente que te arrastra mar adentro
a la merced de escualos y medusas,
mercurio, islas de plástico y manchas de petróleo.
El Pacífico,
de suprema paciencia
legendaria,
conocedor profundo de las cosas,
susurra simplemente sus certezas
primordiales,
por siempre renovadas
—el lenguaje del mar es siempre fresco—,
cambiantes con el viento y las fases de la luna
desde antes y después de mí,
de ti
que, desde suelo de apariencia firme,
como granos de arena,
como plancton en tierra
balbuceamos.
HUNTINGTON TWENTY ONE
“Hasta el momento la mancha de 34 kilómetros cuadrados se extiende por el condado de Orange, pasando por playas turísticas populares como Huntington Beach, la conocida capital del surf en California.”
—Daniel Johnson, El Sol de Hermosillo, 6 de octubre de 2021
Ya todos lo sabemos: nada dura.
Ayer me careé con las olas.
Osé jugar con ellas a las luchas:
mi cuerpo bípedo, terrestre, débil
contra hordas herederas de tsunamis,
tifones legendarios,
en la danza maorí de su bravura
y el borbotón que encumbra vastedades azules
en coletazos de dragón marino.
Horas antes, el ancla de un carguero
desgarró un oleoducto que jamás debió existir.
La fuerza aérea hacía cabriolas atmosféricas,
malabares y estruendos circenses
cuando yo combatía
cuerpo a cuerpo
las arrogantes huestes del oleaje,
y otra gente aplaudía el espectáculo
de esos aviones caza arañando las cortinas
de un terciopelo azul hecho jirones.
La causa de mi asombro
fue el paso de algún jet de pasajeros
—un monstruo de aerolínea—
sobrevolando a rape las palmeras.
El oleoducto se drenaba a mares
por sobre los jardines de un cielo subacuático
oculto a las miradas.
Hoy comprendo el reclamo de las olas:
Los cuatrocientos mares
en este mundo que llamamos nuestro
sienten hondo quebranto,
pero saben
que en otra era geológica
quizás en dos respiros transoceánicos,
los humanos
yaceremos
bajo ese mismo manto mortuorio de tornasoles auras
de nuestra propia urdimbre.
Nuestra masa estridente quedará sepultada
en el estrato que le corresponda
y la armonía de un todo turquesa, lapislázuli,
aguamarina, primordial, eterna
volverá a aquella arcana normalidad de siempre
cuya paciencia hoy
se ha puesto en juego.
PERO EL MAR NO ES DE FIAR
Bien lo saben los que vuelven sin pesca a media tarde
o aquellos que no vuelven.
Se entrega, se retira, se infla, se acongoja
movido por el viento o las fases de la luna.
Mejor será dejarlo a su verde voluntad
a que se sienta libre aunque no pase de la arena,
mientras en tierra firme, a salvo de naufragios
me refugio en la luz como en la sombra
sin esperar siquiera la voz de una sirena
o la caricia fresca
de la brisa marina a mis espaldas.
O dejarse flotar como un cadáver,
como un capricho más de la marea.

Fer de la Cruz (Monterrey, México, 1971). Candidato a doctor en Español por la Universidad de California, Irvine. Ha enseñado escritura creativa en la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes, en Mérida, Yucatán, donde mantiene su residencia. Es autor de 20 libros.
Si leíste estos poemas, tal vez te interese leer:
Poesía | Agonía | Verónica García

