Jesús Curbelo

LA PITONISA

Tuvo listo el oráculo

con las primeras aguas de noviembre:

finísima llovizna de su piel sobre el mármol.

Adivinó bondades, equinoccios,

recetas para amar curiosamente,

escapada de un cuadro,

de algún friso de templo venerable.

Trajo la magia del azúcar,

la estirpe griega de su andar,

el pausado metal de sus caderas filosóficas;

trajo el perfume

de un sacrificio a dioses distinguidos;

la religión soberbia de su pubis arcaico;

toda la gloria

de sus corintios muslos en la noche.

Dejó su dolor de invierno en mi guarida;

sus prendas

en mi lámpara de golpear historias;

su antigua levedad

en consolas, cortinas y butacas,

domesticadas ya

al sabio juego de su sombra ardiendo.

Después,

sólo el verano cumplió sus profecías

de sacarme del sueño hasta la última trampa.

Hoy queda solamente

un cascabel ceñido a mi cintura.

LA SÍLFIDE

Señorita del aire le llamaban los cuerdos

por la exquisita endeblez de su garganta.

Me curó las mentiras infantiles

–perversas–

con el corcel desnudo de sus senos

y la estoica bondad

del agua por su vientre.

Nunca fuimos los crueles,

protegidos del diablo,

ni pactamos relojes ni escaleras en flor.

La costumbre era adúltera en nosotros,

nos enseñó a fugarnos

por el pálido enigma de un augurio;

nos buscó en horizontes, praderas, bacanales

para jugar al vicio

de la comodidad y el desenfreno.

Señorita del aire sigue siendo en mi casa,

asomada a los cuentos del armario,

vagando por las fotos del olvido

con su aliento de muerte,

prisionero en el cuenco de mis manos.

Así le he vuelto a simular mi danza.

La he juzgado feroz, diabólica, imperfecta,

perdida en la crueldad de su equilibrio,

en la extraña figura

de unos labios haciendo testamento.

Ahora vuelvo a violar

la callada humildad de su erotismo,

a profanar el salmo de sus ojos volubles

a traicionar

la fértil reticencia de sus gestos,

su sombra, su mutismo, su apellido:

señorita del aire.

LA NÁYADE

Retruécano amarillo el de sus manos,

espíritu del agua:

anduvo ríos, fuentes,

lagos de medianoche en mi epidermis,

la adolescencia súbita

de indagar el azul hasta asfixiarse.

De su nombre conservo las vocales,

el aroma frutal de sus acentos

y aquella líquida esperanza

en demostrarme el gris, sus peripecias.

Guardo el clavel de tan cansada estirpe,

las bengalas,

el cruel misterio

de su madera abriéndose en la noche,

las ráfagas del sol

desnudando un absurdo encantamiento,

el pífano travieso

con que hechizó mi lengua y mis palomas.

Fluyen todas las barcas y goletas,

los veleros se agotan en su cuerpo de huracanes

y alisios de otoño,

carenan en la jungla de sus playas,

en el címbalo atroz

que sumerge su pelvis danzante en la colmena.

Es una dulce ninfa de oro y agua,

un cristal bautizado

por el ámbar de la premoción,

una orgía de vírgenes y ancestros,

de pinceles y luces,

el ángel de una deuda

cazada en las colinas del Olimpo.

Adiós, gacela secular de pino y lluvia,

que se duerme en sus gualdas,

en el pulcro arsenal de sus dos cauces.

Yo regreso a mi manto,

a mis cuerdas silvestre, al camino.

LA BACANTE

Aprendí de ella

todo el sabor y el fuego de la caña,

todo el barro jovial

de adornar su cintura con marfiles.

Me despeño en el juego de las grietas

que afloraban

al cuenco letal de su armadura.

No hice caso de horóscopos

ni reyes ni adivinos,

poseído por el fragor de sus espejos,

por sus ojos selváticos,

jaguares al acecho de mi calma.

Me enemisté por ella

con príncipes y aurigas,

impugnan pecados a la sal,

duendes al vino,

azagayas austeras

al dócil entreacto de la madre.

Ella fue

un fiel fantasma en mis tesoros.

Nunca emigró completamente

al gremio de los muertos:

tiene una extraña cripta

–labrada con mi sangre en su cobija–

donde ir a pernoctar

sin luz ni crucifijos,

sólo con una túnica

salvando los esteros de la piel.

Allí me espera un templo entre los juncos

para entonar

mi última oración a sus caderas.

Esta mujer

Es un dardo más útil que el silencio.

Jesús Curbelo (Camagüey, Cuba, 1965). Autor de los libros Extraplagiario, Salvado por la danza, Libro de cruel fervor, Libro de Lilia Amel, El lobo y el centauro, Cirios… En 1998, ganó el Premio Internacional de Poesía Bustarviejo, en España. Vive en Cuba.

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