Narración costumbrista en torno al mito de la bruja maya conocida como Xtabay, en el contexto de la bahía chetumaleña.

José Luis Barrón

Liborio siente un vuelco en su corazón al ver a lo lejos el barco casino que rodea la bahía de Chetumal rumbo a Belice, toma un generoso sorbo de su cerveza familiar y en sus ojos aparece un brillo de esperanza, pero ensimismado en sus anhelos, entre sollozos y suspiros, no se percata de las sombras que fantasmales se mueven entre la penumbra del lugar donde se encuentra.

Rodeado de mangle, el pequeño rincón donde está Liborio esta noche caribeña es el sitio perfecto para revivir las leyendas que se cuentan en la región y, efectivamente, un rayo de luz proveniente de la misma luna alcanza a iluminar a la Xtabay, cuyas seductoras curvas se traslucen a través de su inmaculado hipil mientras se acerca al solitario noctámbulo…

Liborio se sobresalta al sentir la presencia de alguien, se pone de pie abruptamente y casi tira la botella, pero la agarra a dos manos, voltea y queda de frente al jefe López y el sargento Gío, los elementos policíacos asignados en la zona.

—¿Qué fregaos haces aquí, “cariehuevo”? —cuestiona furioso el sargento Gío, mientras el jefe López amenaza con darle un macanazo, en tanto el fantasma de la Xtabay se escabulle juguetón entre el mangle.

—Sabes que ya no se pueden tomar bebidas embriagantes en la bahía, pinche “Manatí” … ¡Jala a mamarte a otro lado, órale, jala!

—¿Qué pasó mi jefe? Más respeto, me llamo Liborio Pech Cauich, usted lo sabe y sólo estoy aquí refrescándome un rato —indignado encara a los policías.

—¡Pos ahorita mismo te vas a refrescar a… otra parte!

—Dale, “bobosh”, no sabes que han estado despareciendo borrachos en la bahía. Anoche levantaron a un empresario, no te vaya a tocar hoy a ti —con tono de suspenso le advierte el sargento Gío.

—No se burle mí, sargento. Estoy rejodido, no hay nadie que se fije en mí…

—No fue el narco, tenemos reportes que ya se apareció de nuevo la Llorona

—No sea ignorante, sargento Gío. La Llorona se lleva a los niños y es de Xochimilco. Acá en la región es la Xtabay y se lleva a los pinches borrachos buenos para nada como este güey —dice el jefe López.

—Como que ya fue mucha ofensa, mi jefe. Vea a qué hora se lo digo: mañana voy a ir a la Zona Libre —señala hacia Belice—, y le voy a pegar al casino y voy a regresar bien forrado de dólares… y gracias por la advertencia…

—Mira, remedo de reporterito, yo te ofendo cuantas veces quiera porque en mi pueblo mando yo y te estamos correteando a la goma de aquí porque no queremos que nos carguen más la chamba, tenemos que encontrar al desaparecido, así que ya vete o yo mismo te encierro.

—Tá güeno, al fin que ya se gastó la “chela”.

La Xtabay, suspendida sobre las contaminadas aguas de la bahía, mira a Liborio y a los policías alejarse del lugar, bajo la cálida noche quintanarroense.

La Wendy

Al día siguiente, en una de las colonias más alejadas de la “Capital de la marquesita y los baches”, Liborio, envalentonado, se acerca a una palapa.

—¡Wendy! ¡Wendy! ¡Abre, ingrata!

Una mujer de mediana edad cubre su aún despampanante desnudez con una sábana cuando se asoma por la ventana de la vivienda de madera y guano, en cuyo interior se alcanza a distinguir a una persona acostada sobre una hamaca.

—Ah, pero cómo chilla el “Manatí”…

—Oye, chava, ven acá, necesito que hablemos sobre el futuro de nuestra familia…

—¡Jelé! ¿Traes dinero, al menos de los dos años de pensión que me debes? ¿Ya tienes un empleo? Si es así, hablamos.

Emocionado, Liborio explica su plan a su incrédula ex esposa.

—Ando en eso. Mira, hay un proyecto de una revista, pero es en Cancún y tengo que viajar hoy para amarrarlo, quieren que me haga cargo del Congreso…

—Está bueno tu cuento, a eso viniste: a molestarme a estas altas horas del mediodía con tus tonterías. Ándate a buscar dinero para pagar la colegiatura de la nené.

—¿Colegiatura? ¿No está en la secundaria federal?

—Hace tres años que ella salió de la secundaria y ahorita está en la Universidad de Valladolid y Liborito va a entrar a la prepa y tú ni siquiera has aportado ni para sus pasajes y vienes, según tú, a hablar del futuro de nuestra familia… ¡Pelaná!

—Este proyecto nos va a sacar de jodidos y vas a ver que nos va a ir bien otra vez, como en los buenos tiempos. Sólo necesito 300 pesos para viajar a Cancún para que me contraten…

—¡Jelé! ¿Y si te doy mejor 500 pá que comas algo en el camino y te eches una “chelita”? —¡Mi vida! No esperaba menos…

— ¡Tus nalgas apestosas! ¡Ya lárgate!

Furiosa, la mujer cierra la ventana de golpe.

—¡Tú también tienes que aportarle a la familia!

—¿Y qué crees que estoy haciendo ahorita, idiota? —se escucha la voz desde el interior de la palapa, seguida de otra voz, pero varonil…

—¿Ya despachaste al imbécil de tu marido?

—Ya, mi “Chelito”, ¿en qué estábamos?

La “chambita”

Cabizbajo, Liborio camina por las calles de la caribeña ciudad, pasa por un terreno enmontado donde, bajo un árbol, el “Huacho” y el “Mulix”, dos teporochitos de esa colonia, beben con singular alegría una botella de caña en tanto que el diputado Calderón baja de una camioneta en la que lleva una podadora, machetes y costales.

—¡Mi diputado precioso! ¡Mi amigo! ¿Qué digo mi amigo? ¡Mi hermano! ¿Qué digo mi hermano? ¡Casi casi mi padre! —eufórico, Liborio se dirige al legislador.

—Liborio “El Manatí”, el terror de las mujeres de Chetumal, Bacalar, Maxcanú y anexas… Les roba a sus maridos. ¡Ja, ja, ja!

—Má, chavo. ¿Qué pasó con ese respeto, Calderón?

—Tú empezaste primero, como que diputado precioso, ni que fuera gobernador… todavía.

—¡Qué bueno que te veo, mi estimado! Fíjate que tengo que viajar a Cancún y necesito que me gestiones para el pasaje, voy a cerrar un contrato muy importante con una revista política y, ya sabes: te voy a dar “cariñito”, porque voy a cubrir el Congreso del Estado…

—Já, ya ni siquiera te dejan entrar en el Congreso, porque nada más te la pasas tranzando a los diputados y años tiene que ningún medio de comunicación te quiere contratar y a mí ya no me vas a sacar un quinto más…

—Échame la mano por última vez, como amigos, solo necesito 300 pesitos.

—¡Gánatelos! Ando buscando quien me limpie este terreno, lo voy a vender.

Con manifiesta flojera, Liborio observa el terreno…

—Nooooo… seas así, mi Calderón. Estas manos nomás se hicieron para escribir y acariciar…

—Pues acaríciame el… machete, si quieres tener dinero.

Pícaro, le pasa la herramienta.

—Tá bueno, pero no seas gacho, déjame pal chesco y una botana, no me vaya a desmayar con este pinche calor.

El “Manatí” toma el machete, mira fijamente a los teporochitos que siguen bajo el árbol, en el fondo del terreno.

—Quita esa cara, parece que te estoy pidiendo las perlas de la Virgen —Calderón le da un billete de 50 pesos—, deberías agradecerme darte la oportunidad de que hagas un trabajo decente por primera vez en tu vida.

—¡Me lleva, qué bajo he caído, de periodista a “chapiador”!

Una vez que el diputado Calderón se aleja, Liborio se dirige hacia donde están el “Huacho” y el “Mulix”.

—Fregao “Mulix”, ya te “mamaste” todo el trago… Tomas como la regran pulga, pelaná.

—Pero sí tú tampoco te quedas atrás…

—“Huacho”, “Mulix”, ¿qué tal les caerían dos botellas de pura cañita?

—¿Qué onda contigo, “Manatí”?, ¿estás enfermo o qué celebramos?

—Si tú nunca disparas ni en defensa propia. Eres “piojo”, “piojo” de corazón.

—La verdad es que quiero que me ayuden a “chapiar” el terreno del diputado, les voy a dar 100 pesos a cada quien y dos botellas de caña…

—Ya está, venga las botellas…

—Má, primero les doy una y la otra cuando terminen…

—¿Y tú no vas hacer nada?

—Yo los dirijo, órale, muevan sus mugrosas manitas.

Horas más tarde, los teporochos se ven cansados, se limpian el sudor. En el fondo del terreno, bajo el árbol, Liborio duerme abrazando la botella de caña llena. “Huacho” va hacia él.

Justo en ese instante, la Xtabay aparece y rodea al “Mulix”, quien la ve extasiado y, lo más seductor que puede, la aborda.

—¡Xiqueteta!, ¿por qué tan solita?

“Huacho” le quita la botella a Liborio, quien despierta sobresaltado.

—¿Qué pasa?

—Ya terminamos.

Ambos, extrañados, voltean hacia donde está el “Mulix”.

—¿Y tienes nombre, gallinita de patio?

—¿Qué le pasa al “Mulix”, con quién habla?

—Uta, ya entró en delirios por tanto trabajo, rápido hay que darle un trago.

Presuroso, el “Huacho” va hacia su compañero de infortunio mientras abre la botella.

—Ya, chiquita, dime quién eres.

El borrachito está totalmente seducido por la Xtabay hasta que “Huacho” lo jala del hombro.

—¿Qué te pasa, compadre?

—Má, chavo, ¿a poco no está hermosa las mesticita?

—¿Cuál? Tómate un trago antes de que veas elefantes rosas también —le dice en el momento en que le empina la botella.

—Voy por su paga, chavos —indica Liborio y “Mulix” voltea para todos lados, intentando revivir su alucinación—. Mientras, recojan la herramienta.

—No te tardes mucho, “Manatí, que ya va a empezar la novela.

—No sean…, ni casa tienen, mucho menos tele.

—La vemos en “Elektra”, nomás nos sentamos en la banquita de enfrente y listo.

—Ahí nos “chutamos” el mundial.

Liborio se aleja del terreno mientras el “Mulix” comenta extrañado al “Huacho”:

—No puedo creer que no la hayan visto, estaba ahí frente a mí, con su hipil blanco blanco y su pelo negro negro. A lo macho, la vi tal y cómo te estoy mirando a ti.

—Seguro estabas soñando con la “Queso Loco”, que en paz descanse.

—No, no, te digo que era una muchachita delgadita, muy hermosa.

—Ya, supéralo, hace tres meses que murió la “Queso Loco”.

El sonido de la torreta de una patrulla interrumpe la conversación.

—¡Ora, pinches teporochos! ¡Jalen, jalen! ¡A echar pulgas a otra parte! —el jefe López les gritonea y baja del vehículo.

—Buenas, jefe López, jefe de jefes, estamos aquí esperando a que nos paguen la “chapiada” del terreno.

—Pues esperen sin beber y en un lugar donde no den mala imagen al paisaje.

Macana en mano, amenaza el sargento Gío.

—Denos chance, jefe, un rato más —solicita el “Huacho”—, estamos esperando al canijo del “Manatí” pá que nos pague la chamba…

—¿El “Manatí”? Ja, ja, ja.

—Se me hace que ya se les fue lizo.

Las burlas de los policías desalientan tanto a los teporochitos que deciden cancelar la espera.

—¿Y ora qué hacemos, “Huacho”?

—Pos irnos, ya qué, vamos a la frontera, allá por el río, pá que no nos molesten estos…

—Épale, “pelanaranjas”, ¿estos qué?

—Estos dignos representantes de la ley es lo que iba a decir, mi jefe…

—Pos vámonos, hay que llevarnos los machetes ya de perdido.

—Nomás que veamos a ese triste “Manatí”, hijito de su regran pulga —amenaza “Huacho”, machete en mano, mientras los policías suben a su patrulla.

En la jugada

Esa noche, en el interior de un popular casino de la Zona Libre, Liborio cambia pesos por dólares en la caja donde despacha un beliceño de oscuro color.

—Dame 20 dólares divididos en tres billetes de cinco y el resto en cartones de Bingo.

—¿A quién asaltar tú, “Manatí”?

—Ora, ora, estos 300 pesitos son producto de mi esfuerzo y honrado trabajo cotidiano. Oye, “boshito”, ¿qué máquina crees que me dé?

—Las que no darte dinero darte en la madre y las que no darte en la madre darte dinero, pero de darte sí darte.

—Eso sonó a albur, no se mande.

Con dólares y cartones de Bingo en mano, el “Manatí” pasa junto a la mesera que reparte bebidas, agarra un vaso y se sienta ante una máquina, mete un billete y comienza a jugar. Tras un rato, mete otro billete más y minutos después da un puñetazo a un costado de la máquina y bebe un trago…

—¡Me lleva! Ya me chingó 10 dólares…

Justo en ese momento, se escucha en el altavoz: “En breves minutos, comenzaremos nuestra partida de Bingo, jugando los cartones del número…”

—En el Bingo siempre gano, hoy me llevo el premio mayor —dice Liborio a una señora madura con cara de pocos amigos, quien ha tomado asiento en la misma mesa que él.

—Ajá…

—Hoy me tiene que ir bien. De mi suerte de hoy, depende que recupere a mi familia…

—A mí qué madres me importan usted y su familia —dice malhumorada la señora mientras acomoda sus cartones de juego.

—¡Primer número: setenta y cinco, siete-cinco! —con mecánica voz la “caller” va anunciando uno a uno los números del Bingo ante la ansiedad de los jugadores.

—Veinticuatro, dos-cuatro…

—¡Bingo! ¡Bingo! —grita eufórica la señora vecina de Liborio, quien arroja un puñetazo sobre la mesa.

—¡Señores, han cantado Bingo!

—¡Me caigo al mar! —furioso, el “Manatí” rompe los cartones y enseguida bebe de un trago lo que le queda en el vaso — ¡Negrita, ven acá, necesito otro trago!

—¡Mucho trago, mucho trago y nada de propina, ni porque las damos gratis!

—Ya, ya, no chille.

Le da un billete de 20 pesos y agarra otro vaso.

—Voy a jugar en esa máquina pá que me surtas cada vez que haga falta…

—Seguro —responde sonriente la mesera mientras se guarda el billete entre los pechos y tras ella pasa la Xtabay coqueteando abiertamente con Liborio, quien se dirige a una máquina.

Una vez que ingresa su último billete en la máquina, cierra los ojos para concentrarse. Repasa con temblorosa mano la pantalla, toma un trago, se frota las manos. La Xtabay se acerca a él, sensual.

—Qué ganes mucho, guapo…

—Más vale, son mis últimos cinco dólares.

—Pícale a la “apuesta máxima”, no la pienses mucho, todo o nada…

—¿Será?

Liborio cierra los ojos para concentrarse, repasa con su mano temblorosa la pantalla de la máquina que ha elegido para jugar su último billete. El murmullo que reina en ese momento en el casino desaparece para él.

Ahí está él, solo ante la máquina que devora el billete para otorgar 100 créditos, 100 oportunidades para que surjan las figuras que le dan al “Manatí” un buen triunfo. Suda frío antes de la primera y única tirada, sorbe su whisky y se frota las manos, el quick-quick- quick de la máquina rebota tan fuerte como su mala fortuna.

Pierde todo.

—Lástima, gordo, será para la próxima —dice en torno burlón la mujer mientras le da una palmada sobre la espalda a Liborio, quien está al borde del llanto.

—Cuídate, ¿lo oíste? ¡Ja, ja, ja!

Se aleja misteriosa mientras el abatido hombre la mira de reojo.

—¡Su copa, señor!

Sobresaltado, el “Manatí” mira a la mesera, la única persona que, aparte de él, está en esa área.

—¡Ay! Gracias, negrita —toma la copa de un solo trago—. Espera, déjame otro.

Cuando la suerte se gasta

En un paraje solitario, tenebrosa se escucha la corriente del Río Hondo, por donde Liborio, ebrio y desalentado, avanza tambaleante entre las sombras de la noche.

—Mira, “Mulix”, lo que el viento nos arrojó…

—Ora sí, triste “Manatí”, te vamos a cobrar a lo recochino pá que se te quite lo gandalla Surgidos de un edificio abandonado, machete en mano, los borrachitos rodean al acabado hombre.

—Lo he perdido todo, ya no tengo nada: ni familia ni futuro. Tengan compasión de este pobre diablo.

—¡Hijo de tu…, ya te gastaste nuestra lana!

—Yo sí tengo compasión de ti, pelaná:  te voy a mandar al otro lado pá que dejes de sufrir.

—No, esperen…

Ante la decidida amenaza de los teporochos, Liborio echa a correr.

—¡Párate ahí, méndigo gordo!

—¡No huyas, muere como machito!

Un fuerte chasquido detiene la persecución…

—¡Ya se tiró al río!

—¡Regresa, “Manatí”, sólo queríamos meterte un susto, estábamos jugando!

—Ya se lo llevó el río, “Huacho”, no lo veo…

—Pos a ver si aparece en la orilla al rato. Si preguntan, nosotros no lo hemos visto, “Mulix”.

La gran noche

Una juguetona voz, con dulce tonadita, despierta a Liborio, quien yace en la orilla del río…

—Ay, yo no estoy “poch”. Yo no estoy “poch” para que un señor, con cara de “pec”, venga hacerme “loch”.

—¿Eh? ¿Qué pasa, dónde estoy?

—Hoy es tu noche de suerte, barrigón.

—¿Suerte? ¿Cuál suerte, si he perdido lo único que me quedaba?

—A veces, al perder, se gana más de lo que uno imagina.

La Xtabay se pone de pie, le tiende la mano a Liborio y echan a andar.

—¿A dónde me llevas? Má, con esta cruda y encima me haces caminar. ¿Quién eres?

—Deja de lloriquear, toda tu vida lo has hecho —regaña la extraña mujer, envuelta en un halo de estremecedora seducción, y abraza al “Manatí”.

—¿No te gusta estar conmigo?

Lo besa apasionada, como si le succionara el alma…

El despertar

Al día siguiente, en alguna lejana ciudad del vecino país de Belice, dos policías entran en una celda con cubetas llenas agua helada que arrojan contra Liborio.

—¡Despierta, cabrón!

—¡Brrt! ¡Noooo… sean así!

—Tú tienes mucho qué explicar sobre la muchacha que amaneció muerta a tu lado, allá en el río.

—¿Qué?

—¡Lo que oíste!

—No entiendo qué está pasando, déjenme ir. Yo tengo influencias. El diputado Calderón es mi amigo y es presidente de la Gran Comisión…

—Tú estar en Belice, no en tu país, y ya no es Gran Comisión, ahora es la Junta de Gobierno y Coordinación Política. ¡Burro!

La intervención del segundo policía es contundente.

—Y aquí, mientras hacen juicio, los presos tienen que trabajar. Así que vas a barrer todas las calles de la ciudad.

—¡Pero, pero!

Sin salir de su sorpresa, el “Manatí” es llevado a la calle a hacer lo que nunca en su vida ha hecho: trabajar.

 

Y el “Manatí”

Días después, en las calles de la botanera ciudad, el “Huacho” y el “Mulix” son detenidos por el jefe López y el sargento Gío.

—¡Hey, hey! Quietos ahí, teporochos mugrosos.

—¿Cómo que mugrosos? Nosotros nos damos champú con “Vel Rosquita”, cada sábado, nos haga o no nos haga falta.

—¿No han visto al Liborio?

—¿Al “Manatí”? No. Desde el día que nos contrató pá chapiar el terreno del diputado, no lo hemos visto.

—Desde hace semanas, desapareció, y doña Wendy lo anda buscando, porque sus hijos están preocupados…

—Pos, la verdad, nosotros lo vimos la última vez allá por el Río Hondo y andaba bien “mamado”…

“Huacho” es interrumpido por un oportuno codazo que le propina el “Mulix”.

—Seguro que se lo llevó la Xtabay.

 

 

José Luis Barrón (Ciudad de México, 1966). Vive en Chetumal  y participa en la dinámica literaria quintanarroense. Es autor del libro de relatos Los achocados y de las obras de teatro experimental Una chela muy caliente, Molotov, Destino y El secreto de los jaguares.

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