Alberto Lauro
I
Mi amor es una cueva, donde los ladrones reparten sus despojos. Tiene de rabia y laberinto cuanto puedan darle, de fango y ciénaga propicias al perfume del lirio que habita el olvido de la sangre. Sabe de oscuros túneles donde me pierdo. Prosélito de fieras tempestades, juego a ser el niño tentado por el mar prohibido de sus olas.
IX
Cuando llega la lluvia, a la vieja rama, torcida y seca, le brota una diadema verde esmeralda, donde el rocío halla su paz y su reposo. Así de cuevas sombrías, nace mi amor.
XIII
En tus ojos dibujé una playa. Arena para ahogar en su luz lo que esperas. Alfombra toda para tus pies desnudos. Olas que son palabras de prisionero. La espuma es mi cuerpo y tú la barca que naufraga en el paisaje.
XXII
Las mujeres por el camino van cantando, con sus vasijas rebosantes de agua fresca, donde se miran las estrellas, baladas de primavera. Yo paso junto a ellas en dirección contraria, y mis labios cerrados también repiten la oscura melodía de mi amor.
XIX
Pájaros y más pájaros pasean por la playa de tus ojos, días, ciclones, tornados que olvidó nombrar algún descubridor. Fijos en el mar de los míos, no conozco más que esa frontera entre el deseo y la desolación. Nublan el cielo, tu mirada, espacio abierto a los caminos si me pierdo entre zarpazos y amaneceres, para encontrarme a la orilla de un mar de un espejismo, trepidar de enormes alas, vuelo, que destroza el aire en que deserto. Digo la aventura de morir en tus ojos, olas que nada saben y vienen de tu piel, agua de saciar la sed de otros caminos. O vivir mendigos de la noche, entre tanto naufragio interminable, y esos pájaros de frío y desamparo.
XL
Dos cuerpos junto al mar, sobre la arena húmeda de besos y presagios, acechando el grito que a flor de labios se demora, gesticulando tras invisibles murallas, hallándole sitio al placer, con la certeza de sentirnos mortales e inocentes, temerarios, confundiendo la dicha y el recelo, ahuyentando a las fieras del bosque, escapando del puñal y la mirada que traspasa el muro opaco de las ruinas, fugitivos alimentando con verdades el mito de nuestra lejanía, tocando en la penumbra la máscara de las falsificaciones, exigiendo un poco de aire, un alto en el camino, tal vez una demora para guardar el prodigio que no llega, algo de paz o de furia, saltar fronteras o trampas o túneles, desfigurados por la herida de las persecuciones, la cuchilla de la tarde, el rostro de un cielo sin milagros, cautivos entre cuatro paredes, donde sobre la cal se escribe el estertor de lo imposible, ahogando el misterio de las voces, apuntalando la total destrucción sin sorprender, sin preguntarnos si quiera para qué sirve una mañana luminosa sino para fundar el reino de dos cuerpos que se aman, el día que descubren la luz como el agua de un pozo sin fondo, un labio al devorar el ansia del deseo, el caos fijo en el ojo del ciclón, salvando algo del fuego del viento que desola.
Alberto Lauro (Holguín, Cuba, 1959). Son algunos de sus libros Con la misma furia de la primavera, Los tesoros del duende, Parábolas, El errante… En 2011, ganó el Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina, en España. Vive en Estados Unidos.

