Osmar Sánchez Aguilera

Cómo se gana la vida un escritor cubano en México es la punta de una preocupación que me ronda desde hace algunos años. ¿Qué adaptaciones, reacomodos e incluso conversiones ha de realizar él o ella para ejercerse como tal ante un público tan otro, hasta en el idioma, por más español que éste sea? En fin, ¿cómo escribir cubano, fuera de Cuba, sin borrarse en el intento?

Esta preocupación, sintomática de esa especie de karma de diáspora y errancia que afecta con mayor intensidad a los cubanos —estén donde estén y sean de donde sean— desde finales de la década de 1980, se ha visto reforzada y enriquecida con la lectura de Más se perdió en la guerra, selección de veinte textos compuestos en México (Quintana Roo) entre 1993 y 1998 por un cubano. Si desde la literatura ese abrupto cambio de atmósferas culturales (tipos de público, valores, variantes idiomáticas, situaciones comunicativas…) supone un replanteo más o menos hondo de las reglas de juego para el escritor, desde el periodismo tal replanteo ha de ser más fuerte e inmediato por las funciones prioritarias de este medio de comunicación masiva. Esto precisé, respecto de aquella preocupación, cuando conocí Más se perdió en la guerra, verdadero libro de frontera: periodismo / literatura; ficción de la realidad / realidad de la ficción; centro / periferia; México / otros países; patria geopolítica / patria del deseo.

Variadas son las huellas que muestran esos textos de estar actuando en más de un territorio, sobre más de una frontera. Crónica, testimonio, entrevista, relato, artículo, pasaje autobiográfico y hasta uno que otro poema pueden hallarse en ese libro de Agustín Labrada Aguilera. Situado sobre fronteras desde el punto de vista genérico y aun discursivo, ese libro no lo está menos en lo que respecta a las historias que reúne y a los protagonistas de esas historias. Ciertamente, para la mayoría de estos el estado de Quintana Roo es una patria debida a la elección, más que al azar del nacimiento, o un lugar de paso. Algunos de ellos han llegado de otros países, como la enfermera de guerra Laura Smith o la actriz Dulcinea Langfelder (ambas neoyorquinas), los guatemaltecos refugiados, la pareja de coreógrafos y bailarines cubanos Alberto Alonso y Sonia Calero, o los músicos Adalberto Álvarez y Oscar D’León, huéspedes por invitación expresa. Otros han ido a carenar allí procedentes de otras regiones dentro de México: v.gr., el ex-soldado de Tlatelolco Toribio Cruz —prófugo de su propia conciencia— , el etnomusicólogo Alejandro Alcocer, la bailarina Micaela (“muchacha que cuando conversa nunca dice su verdadero nombre, [pero que] cuando se desnuda, se cree una reina”), o los contrabandistas que hacen su ruta comercial entre el D.F. y Quintana Roo.

Indicio sutil, pero no menos valioso, de esas fronteras que tanto distinguen a este libro es el de la convivencia de la escritura con la oralidad. De hecho, en mi experiencia como lector suyo, ese es el rasgo que más definitoria impronta deja en el libro. La notable sensibilidad (ética, estética) del escritor para escuchar a esos otros que erige en protagonistas se pone de manifiesto en ese rasgo que llega a permear su propio estilo. Gracias a ella, personajes desconocidos y de mucha potencialidad para la ficción narrativa, como Laura Smith, Toribio Cruz, Micaela o María Garrandés, tienen la oportunidad de hacer escuchar (/leer) los deseos y las frustraciones que los han marcado: sus duendes y sus furias. Particularmente, en los casos de mujeres se torna muy notable otra frontera de las muchas que recorren el libro: la que delimita la vida privada de la pública, la actuación en el espacio interior y en el exterior, o durante la noche y durante el día.

Luego de leer (/escuchar) esas historias en las voces de sus protagonistas, aunque tamizadas por la del entrevistador / narrador, me he preguntado si ellas hubieran podido interesar a personas menos sensibles a esas humanidades desfavorecidas por fronteras de otro tipo, como las sociopolíticas o las de las llamadas buenas costumbres. ¿A quién, insensibilizado con esas historias a fuerza de nacer, vivir y morir con ellas, hubiera interesado, por ejemplo, la vida secreta de mujeres vistas con desconfianza o desprecio en su entorno inmediato, como una enfermera de guerra —malherida de amor ella misma—, o una bailarina y cantante de table dance, o una pintora de su cuerpo y de puertas adentro cuyos vínculos con el mundo exterior parecen reducirse al cobro de rentas? ¿Y cómo es que no se hubiera reparado en ese soldado que salió ileso de la masacre de Tlatelolco, pero no de las furias alojadas desde entonces en su conciencia? Precisamente en esa capacidad para escuchar, con independencia de prejuicios y sin sujeción a jerarquizaciones, reside el aporte más fresco y productivo de Más se perdió en la guerra.

La sensibilidad ética del escritor termina por marcar su estética. Los textos más agraciados del conjunto abonan con amplitud ese dato: “Tras los pasos de Cristo va el amor”, “Yo pinto para alcanzar la transparencia”, “En la muerte todos somos iguales”, “Las heridas que surcan a mi patria” y, particularmente, “Más se perdió en la guerra”, texto cuyo título es también el de todo el macrotexto. Una expresión proverbial de intención consoladora extiende su manto a todos los náufragos, marginados y heridos de guerras no reconocidas que animan (en) esas páginas. Los triunfadores, los conformados con el saldo de su viaje de (v)ida o con el momento que viven, son ahí los personajes de menos relieve.

En la contigüidad de textos como los mencionados, entiendo el motivo de la satisfacción menor que me suscitan otros textos que sin embargo no desmerecen en cuanto al tratamiento del lenguaje, como varias de las entrevistas a “figuras”, o los dedicados a Rubén Darío y a la reflexión sobre la frontera que comunica la literatura con el periodismo: ellos resultan monológicos y hasta planos en comparación con la plurivocidad y el sesgo oblicuo de los agraciados. Respecto de los temas y/o personajes tratados en cada uno de ellos pareciera que el autor tocara los límites que no pueden franquearse entre el periodismo y la literatura.

Y como si todas esas marcas no bastaran para mostrar la relevancia de las fronteras como étimo de la escritura reunida en Más se perdió en la guerra, aparece ahí más de un guiño lúdico (“Tras los pasos de Cristo va el amor”, por ejemplo) y más de una señal reflexiva (“Por el mar de la noticia novelada”, texto metagenérico) que apuntan o explicitan la percepción de esas fronteras. La conciencia de la desterritorialización a que obliga a este escritor cubano su residencia mexicana se acentúa en su caso por dos circunstancias trascendentes: 1º) su asentamiento en una región fronteriza de México, de ascendencia maya, por demás; y 2º) su inmigración al periodismo desde el territorio literario que delimita la poesía. Es desde esos territorios de intemperie}, y marcado él mismo por esas fronteras, que Labrada ha delimitado un espacio distinguible como escritor cubano, metáfora soterrada de sus patrias.

Osmar Sánchez Aguilera (La Habana, Cuba, 1961). Se desempeña como profesor investigador en la Escuela de Humanidades y Educación en el Tecnológico de Monterrey. Es autor de libros de diferentes géneros como Manifiestos…de manifiesto, Otros pensamientos en La Habana, Las martianas escrituras, En otro lugar de la Mancha.

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