La escritora y catedrática Aralia López reflexiona aquí sobre la crítica académica y el discurso literario femenino en América Latina.
Por Agustín Labrada
Aralia López dice haber descubierto la continentalidad en México y la antillanía en Puerto Rico, dada su condición cubano-mexicana y su experiencia en el estudio de la cultura caribeña y el discurso literario femenino, tan en boga en los últimos tiempos. Muy importantes también, desde la década de los años sesenta, han sido sus aportaciones al conocimiento formal de la reflexión feminista.
Aralia López, catedrática de la Universidad Autónoma Metropolitana y conferencista magistral, ha escrito las novelas Novela para una carta y Sema o las voces; el poemario Un país sin invierno; y libros de ensayos, como, entre otros: Acotaciones sobre varios autores mexicanos; Sexo, violencia y drogas; y De la intimidad a la acción: la narrativa de las escritoras latinoamericanas.
La misma Elena Poniatowska reconoce a Aralia y a Nora Pasternak como dos de las principales ideólogas y estudiosas de ese fenómeno que requiere una reformulación del papel de las mujeres, en particular desde los entornos literarios y los espacios académicos, en una cruzada que enfrenta dragones y altos diques y, aún así, puede mostrar sus victorias y sueños, como en este diálogo.
Más cerca de la piel
¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre la literatura escrita por mujeres y la literatura escrita por hombres?
Las diferencias en América Latina se han dado en la temática, pues lo femenino ha estado más cerca de la piel, más cerca del cuerpo. Esto se manifiesta entre los años treinta y cincuenta en una serie de mujeres que encabezan la chilena María Luisa Bombal y la venezolana Teresa de la Parra, quienes se empiezan a preocupar por la situación de las mujeres, cuyo mundo empezaba y terminaba en el matrimonio.
Hay algo muy interesante en la evolución de la posicionalidad de las protagonistas de esa narrativa, donde las mujeres aparecen yacentes, es decir, están sentadas o acostadas, lánguidas o muertas como en La amortajada, de Bombal, cuyo personaje está viéndolo todo desde un ataúd, hasta llegar a la mujer con mayor libertad de acción que ocupa toda la casa, así como calles y espacios públicos.
En el curso de esa narrativa, se va pasando de un discurso de lo femenino –la mujer repite lo que han dicho los hombres de ella, aunque protesten– a un discurso femenino o incluso feminista (lo que piensa y dice la mujer desde ella misma). La mujer confronta el discurso patriarcal y reflexiona críticamente sobre su situación histórica y existencial. Esta reflexión va constituyendo el discurso feminista.
¿Cuándo ese discurso se vuelve más sólido y coherente?
Agarra realmente fuerza política e intelectual a partir de la década del sesenta, en función de que se tiene un nuevo aliento de la reflexión teórica feminista. El feminismo no hace mejor escritor o escritora a nadie, pero en el caso de las mujeres (como fenómeno social y cultural) su discurso se torna más crítico y reflexivo, y en él ellas se pueden explicar históricamente y pueden reconocerse.
Es importante, pues se logra un discurso teórico que respaldan las experiencias que conforman las conciencias femeninas. Ha costado mucho trabajo en Latinoamérica que se considere académicamente esta reflexión, pero ya hoy muchas universidades tienen un espacio para el estudio de género. Ya no se dice de la mujer, como escribió Rosario Castellanos: “Mujer es una palabra obscena, hay que decir señora.”
En el caso de la literatura, como arte, la diferencia genérica (femenina) se aprecia en primer plano en lo temático y también en una expresividad poética al servicio de la búsqueda subjetiva del ser. Según algunos críticos valiosos, primeros de esta producción, era una novelística “extraña”, pues en muchos sentidos rompía los cánones establecidos. Ellos no sabían, en ese entonces, cómo ubicarla.

¿Cómo son estéticamente esas obras?
En esas obras, de los años treinta y cuarenta, vemos cómo se yuxtaponen las estéticas. Hay aún una mezcla de romanticismo con realismo, modernismo y existencialismo; y se usan algunos recursos de las vanguardias. En la narrativa mexicana de ese tiempo sucede lo mismo. Se trata de una narrativa estéticamente híbrida, con mayor o menor “oficio”, según el caso, pero las mujeres toman la palabra para denunciar las estructuras patriarcales que las oprimen. Esa literatura de la subjetividad evoluciona desde el manejo de espacios muy asfixiantes hasta abordar los espacios abiertos y considerar, incluso, una visión sociohistórica y política.
Esta escritura va despedazándose de la piel o del cuerpo, pongamos por caso de la experiencia sexual y maternal como sujeto subordinado patriarcalmente, por asumir independencia y autodeterminación. También para descubrir recursos propios que transgredan las convenciones literarias epocales. Hay grados, según los países. En Argentina, por ejemplo, su narrativa femenina es mucho más desarrollada en términos de compromiso social. Las mujeres participan de una responsabilidad política e histórica, sobre todo a partir de los desaparecidos por la dictadura.
En Colombia, Albalucía Ángel y Fanny Buitrago manejan problemáticas políticas y sociales con un lenguaje artístico elaborado. Eso pasa también en Chile. Después de que la mujer estuvo tanto tiempo fuera de las universidades y de los centros intelectuales fundamentales, se apodera de técnicas y recursos literarios y se profesionaliza. En México, la primera escritora profesional es Rosario Castellanos, dedicada a la literatura en todos los frentes, incluso en la docencia. Además, era filósofa y una gran ensayista. Por eso su pensamiento es tan claro y sistemático.
Detrás del discurso femenino, aparte de sus propósitos teóricos y estéticos, ¿se albergan tendencias ideológicas?
Sí, porque en el feminismo se comienza a bregar contra desigualdades, no sólo entre los sexos, sino también entre etnias, clases sociales, edades, naciones… Pero nunca se había colocado como sujeto de desigualdad la misma mujer. En ese sentido, consciente o inconscientemente, sí es ideológico. Hasta que en la literatura de las mujeres no nace un pensamiento político feminista, advertimos la conciencia de un “nosotras”, que supone un posicionamiento social y una visión histórica colectiva.
Estos cambios, claro, no siempre los deciden las mujeres como género. Suplantan en primer lugar, participan también las transformaciones sociales y los sistemas modernos de producción, que colocan a la mujer en competencia con el hombre en términos económicos para entrar a los mercados de trabajo. ¡Imagínate que las mujeres en México obtuvieron el voto en 1953! Hasta entonces ni siquiera eran consideradas como sujetos políticos ni para elegir ni para ser elegidas.
Ya a finales del siglo xx habían variado mucho las cosas, pero fíjate qué atraso, ¿no? Atraso en lo político, en lo social, en lo cultural. Pienso que a las mujeres latinoamericanas nos cuesta un poco de trabajo manejar el poder, pues no tenemos entrenamiento y en muchos casos tampoco permiso interno. Nos han dicho por siglos que no estamos hechas para mandar, al menos en la arena pública; pero, como todo entrenamiento, esto también se aprende y a veces funciona.
¿E intenciones de poder?
El discurso feminista ha luchado mucho para que las mujeres se autoricen a sí mismas a manejar el poder en lo público, pero insiste en que no vayan a manejarlo igual que los hombres, como ha sucedido por imitación. Margaret Thatcher, por ejemplo, fue peor que cualquier señor, con el mismo autoritarismo, hipocresía, cálculo económico y político, ajeno a lo verdaderamente humano. Pero, pese a las dificultades, hoy en día muchísimas mujeres en México han asumido cargos de poder. En Nicaragua y en Panamá, hemos tenido mujeres como presidentas.

¿Cuál es el conflicto y dónde está la salida?
El problema consiste en que si las mujeres no reflexionan individualmente sobre su situación formal y social, sienten por ello malestar. Si no generan así un pensamiento crítico producido por ellas mismas que llegue a ser colectivo, como por ejemplo es el caso del feminismo, no hay cambios. Hoy en día existe un cuerpo teórico importante de sicología y sicoanálisis feministas, una visión de la ciencia desde una perspectiva feminista. Es el mismo caso en la antropología y en la historia.
Si no hay esa conciencia, es fácil que manejen el poder igual que los hombres, porque el poder es el poder y está dentro de una mecánica sociohistórica, política y cultural-ideológica, y no hay ninguna garantía de que la mujer no la imite si no llega a él equipada con un pensamiento y una actitud diferentes. Desde el feminismo, el poder se concibe con menos verticalidad en las relaciones personales, familiares y sociales. Se tiende a las relaciones más horizontales y democráticas en cualquier circunstancia.
Pero, claro, yo ejerzo mi criterio sobre muy diversos asuntos desde una perspectiva feminista y pensarás que estoy idealizándola. No, dentro de las organizaciones y espacios de mujeres feministas, también muchas veces se ejerce el poder al estilo “patriarcal”, quizá por herencia. Lo más difícil de cambiar, siempre, son los hábitos adquiridos culturalmente. Se necesitan una gran voluntad y un distanciamiento crítico para actuar en favor de ciertas transformaciones.
¿Qué garantiza –en términos literarios– seguir un modelo feminista?
Creo que mientras más conciencia se tenga de cómo estamos en el mundo, aunque se escriba una literatura socialmente comprometida o muy hermética y autónoma, esta puede ser de mejor calidad formal conceptual, pero no es garantía.
Algo debe andar mal para que las mujeres neguemos que escribimos desde un cuerpo y una conciencia sexuados. Nacemos con sexo y la cultura modela esta diferencia de géneros, te programan para feminizar o masculinizar tu cuerpo y tu conciencia.
Es muy preocupante que las mujeres no se asuman a sí mismas como mujeres cuando escriben. Los hombres sí lo hacen. Hoy la teoría de género es más compleja que antes, porque hoy existen hasta siete posiciones genéricas diferentes e intermedias.
La sexualidad y la identidad son complejas, pero se debe asumir lo que sé es, lo cual ha sido un problema para América Latina como región histórica, pues siempre hemos querido ser lo que no somos: europeos, norteamericanos…, sin valorarnos.
Algo así les pasa a muchas mujeres que se creen superiores en comparación con los hombres. Así se dejan encasillar en roles impuestos hasta que comienzan a preguntarse por lo qué son y dejan de ser. Eso se ve claro en la literatura femenina.

No hay paradigmas en esta época de posmodernidad
¿Por qué se caracteriza la poesía contemporánea femenina en México?
No hay una poesía femenina que se haga en el vacío ni igual a otra. Quienes escriben son individuas. En todos nuestros países, se da dentro de la tradición literaria existente con ciertas variaciones históricas, de época. Aparte de las temáticas ya mencionadas, hace cincuenta años las “poetisas” no decían palabras groseras y no se ocupaban de ciertos asuntos “escabrosos”, ya que se había modelado genéricamente lo que se podía o no se podía decir según fueran mujeres u hombres.
Ya han desaparecido esas barreras tan rígidas en cuanto a los géneros sexuales y muchas otras cosas. También los géneros literarios se han mezclado y flexibilizado. La poesía mexicana femenina actual es muy dialógica. La mujer no habla sólo por ella ni con ella. En su lírica, están muy presentes el yo y el tú, el nosotros o nosotras. En algunas autoras hay una poesía muy combativa, especialmente en poetas de la frontera norte. En muchos casos, la poesía escrita por mujeres es transgresora en lo formal.
¿Cómo cuáles?
Aquí: Rosina Conde, Patricia Medina, Elba Macías, Silvia Tomasa Rivera…; en su momento, Rosario Castellanos, tanto en su poesía como en su narrativa.
¿Qué pasa con las narradoras?
En el México de los ochenta se dio el boom de las mujeres, pero es relativo, porque encuentras a una mamá escritora muy feminista con una hija que lo que quiere es casarse y ser ama de casa. Parece una regresión. Aún así, hay escritoras que aún no lo han dado todo en sus obras como Carmen Boullosa, Beatriz Escalante, Francesca Gargallo, Susana Pagano, Ana María Bergua, Beatriz Batis Zuk, Edmeé Pardo…
De las del boom, grandes escritoras son Margo Glantz, Elena Poniatowska, María Luisa Mendoza (que no se le ha hecho justicia y no llegó a ser del boom), María Luisa Puga, Silvia Molina, Aline Pettersson, Brianda Domecq, Ángeles Mastreta, Laura Esquivel, Sara Sefchovich… Pero después ha sobrevenido una calma. En la literatura del crak no hay mujeres; en el llamado “realismo sucio”, tampoco.
Están aisladas, con voces menos fuertes, por el momento. Parece que agarraron miedo. Quizá porque se dieron cuenta de que las mujeres que asumieron su propia vida y su propia inteligencia, su propia productividad y juicio crítico, citando de nuevo a Rosario Castellanos: “ni tienen marido ni tienen buen fin”. Podemos enmendarle la nota a Castellanos y decir: “Mujer que sabe latín, no tiene marido, pero tiene buen fin.”

De la literatura caribeña, ¿qué opina?
Es una literatura que muestra lo que está pasando en nuestras sociedades con la globalización y las revoluciones que tuvieron su gran momento y asisten al fracaso de su utopía. Utopía se puede pensar como quimera en el lenguaje común y también como un género literario, que comienza con el libro del mismo nombre de Tomas Moro.
Pero lo utópico es también un aspecto fundamental de la capacidad imaginativa del ser humano y de la misma razón. Por eso no se forja o desaparece a voluntad, es constitutiva del siquismo humano. Sólo que esta dimensión imaginativa parece estar en crisis, como todo actualmente, en el nuevo milenio y en Occidente.
La novela caribeña participa de la sociedad de masas, del impacto de los medios de comunicación y de la economía de mercado. Es como perfilar elementos propios de esas culturas, tradiciones y países en un foro internacional. Entre los críticos, hay una vuelta a la hermenéutica, crítica de arquetipos y estudio de símbolos culturales.
En Cuba, me parece importante como escritor Abilio Estévez, y allí la poesía es muy buena como sucede en Puerto Rico. Habría que considerar a las cubanas que escriben en Europa, Estados Unidos y México. Lidia Vega, puertorriqueña, es muy interesante. También, aunque mayor, Edgardo Rodríguez Juliá.
¿Están agotadas las estéticas del realismo mágico y de lo real maravilloso?
Ninguna estética se agota ni desaparece. Pueden desgastarse por un rato. Si ahora escribes muy poéticamente y con cierta mirada mágica, seguro que te señalan que escribes como Gabriel García Márquez. El realismo mágico y lo real maravilloso americano no están en su mejor momento, pero no corren peligro de extinción.
¿Pueden retornar disfrazadas o rejuvenecidas?
Estamos ante un crecimiento monstruoso de las ciudades, y lo real maravilloso americano está más relacionado con las culturas orales y el mundo rural. Hoy no está de moda el campo. Hay que encontrar lo maravilloso de las urbes, y en la literatura urbana actual lo que predomina es la parodia, la ironía, el humor apocalíptico. No hay paradigmas estéticos en la “posmodernidad”; si acaso el de la hibridez, pues todas las corrientes estéticas antiguas y modernas se mezclan.
Además de las lenguas, ¿qué otras singularidades diferencian el quehacer poético, narrativo, ensayístico y dramatúrgico de los distintos países del Caribe?
En todos los géneros literarios se aborda lo periférico, el pasado colonial en algunos casos recientes y hasta la falta de independencia política en varios países. Hay mucha mayor conciencia regional en sus ángulos sociohistóricos y culturales, pero todavía no hay una integración de las etnias, salvo en Cuba.
El narrador colombiano Gabriel García Márquez es la principal figura literaria en esta región. También me atrevo a apostar por el narrador y dramaturgo cubano Abilio Estévez con su novela Tuyo es el reino. Ya te lo mencioné. Con él debemos estar muy pendientes, seguirlo de cerca y evaluar a fondo su calidad artística. Está interiorizada en él toda la tradición de la literatura cubana con ese lenguaje tan opulento, tan escultórico y tan sensual.

La crítica es un arte y un saber de especialización
¿Las academias europeas y estadounidense cómo han recibido las letras latinoamericanas?
Parece que tenemos una condena fatal. Hay más estudios latinoamericanistas en Estados Unidos que en Europa. En ellos, existe una crítica especializada muy interesante, pero los académicos norteamericanos siempre nos han visto como objeto de estudio y no como una cultura en diálogo con ella misma y con otras culturas.
Las críticas de los estudios culturales vienen de la Inglaterra de los años cincuenta y dentro de esa tendencia no se privilegia la literatura, sino sólo como parte de la cultura en general. En Estados Unidos, estos estudios culturales han dado lugar a los estudios de la subalternidad y también a los estudios poscoloniales.
Es chistoso, porque nuestros países son tan poscoloniales como Estados Unidos, pero no de la misma manera, aunque esos estudios se refieren más a países africanos u orientales que han logrado su descolonización en tiempo relativamente reciente. No dialogan con nuestra literatura, sólo la piensan. Seguimos siendo materia prima.
El estructuralismo y el posestructuralismo francés han influido en nuestra literatura. Particularmente este último con Derrida. Sí, las tendencias críticas de los centros hegemónicos del conocimiento han influido bastante a desestructurar lo que pensábamos como literario, pareciera que la literatura está en disolución.
Es una situación casi trágica.
Nuestra tragedia es que no hemos sistematizado lo que tenemos de teoría y crítica literarias propias. Entonces, siempre estamos, como aluvión, recibiendo, casi sin adaptación, lo nuevo que va llegando.
¿Por qué hay tanto distanciamiento entre la crítica especializada y los lectores?
Yo no lo plantearía así. Pienso que existe un mercado de lectores especializados. Si tú hablas de la crítica literaria de carácter periodístico, desde luego que llega a más lectores. Dentro de los ámbitos académicos y literarios en general, existen muchos lectores de crítica especializada. Es decir, considerando la crítica, en este caso, como parte de la disciplina literaria que da lugar al estudio académico de la misma. Por otra parte, la teoría y la crítica especializadas se venden a buenos precios porque, precisamente, tiene un mercado establecido.

¿Adquiere esa densidad por exigencias del mercado?
Independientemente del mercado, la crítica es un arte y un saber de especialización. Eso de que los críticos son los envidiosos que no pudieron escribir versos o novelas es un planteamiento trivial, porque la crítica es un discurso codificado que tiene establecido su campo de estudio y por tanto sus decodificaciones. Hay una crítica de difusión y hay una crítica académica o de especialistas.
¿La televisión y otras alternativas electrónicas han marginado la lectura de libros?
Se dice que la literatura está condenada a desaparecer, pero las editoriales en la Ciudad de México gozan de buena salud, publican cinco o más libros de literatura al mes. Antes, el libro caminaba a su lento paso. Pero en estos tiempos de absoluto mercadeo, si en dos meses no se vende un libro en exhibición se recoge y se guarda en bodegas y luego se convierte en papel para imprimir nuevos títulos.
Esto ha traído como consecuencia el surgimiento de editoriales alternativas para reeditar y poner en circulación los mismos libros que han retirado. Es decir, hay que salirle al paso al gran negocio o industria cultural con pequeñas editoriales más selectivas. Sí se está leyendo, aunque no parezca. Muchos dicen que se acabará el libro de papel y que los nuevos libros serán electrónicos. No me asusta ese Apocalipsis.
¿Cómo son las presentaciones de libros en la Ciudad de México?
Las presentaciones de libros se han convertido en verdaderas actividades compulsivas. Creo que sustituyen, por mucho, a los espacios de encuentro y reunión social. Quizás existen nuevas necesidades o viejas necesidades que se llenan ahora alrededor de la literatura. Si yo fuera a todas las presentaciones de libros que me invitan en la Ciudad de México, simplemente no tendría vida privada. Esto tiene también un costado muy problemático: ¿quién puede leer todo lo que se publica y presenta? Además, todo esto resulta inabarcable por la crítica misma.
¿Para qué sirven las metodologías, los tecnicismos y los sistemas teóricos en continuo proceso de complejización?
Las sociedades se hacen más complejas y diferenciadas, y también los saberes en la medida en que hay un desarrollo mayor del conocimiento, en todos los campos disciplinarios y ahora interdisciplinarios. El tecnicismo es una manera de formalizar un concepto. Así se uniforma la comunicación entre personas que hablan el mismo idioma especializado, y se delimita cada vez mejor el campo de conocimiento en cuestión. Estamos hablando de conocimiento formal, desde luego, que es distinto al del saber común o en el mejor de los casos al de la sabiduría tradicional. Se trata un lenguaje codificado, que tiene una formalización compleja.
Así se estudian, observan y analizan mucho mejor las diferentes parcelas de la realidad. Hay que nombrar las cosas y los fenómenos que todavía no tienen nombres. Es necesario conceptualizarlos en forma abstracta. Por decirlo así, es algo como una colonización en lo intelectual y en lo académico de ciertos aspectos del conocimiento. A veces también, aunque duela decirlo, implica crear mercados y tratar el conocimiento como mercancía, pero esto no es lo más usual. De cualquier manera, no te olvides de que el conocimiento implica también poder.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.
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