Carlos Torres

(Primera parte)

¿Qué mágicas infusiones / de los indios herbolarios / de mi patria, entre mis letras / el hechizo derramaron?”, se pregunta sor Juana Inés de la Cruz, como no sabiéndolo, en el que se considera el último de sus poemas, un romance inconcluso de agradecimiento a los doce poetas y siete teólogos de España que alaban su obra en ocasión de haberse publicado el segundo tomo de sus Obras en Sevilla, en 1692, por mediación de su bella, ilustre y generosa amiga, la ex virreina María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, la famosa condesa de Paredes.

Estas mágicas infusiones son muchas, aparte del chocolate: es la propia condición de mundo nuevo, exótico, vastísimo, exuberante, rico en cultura, pródigo en bienes materiales, propicio y apto para la evangelización que presentaba América en el siglo xvii. Esto último, visto por supuesto desde la óptica criolla y católica de sor Juana, pues para ella era un privilegio participar, desde la cúspide social que alcanzó gracias a su ingenio, su sabiduría y su natural alegre, en el proceso de culturización de la Nueva España; proceso que, por sus ligas jesuitas, implicaba ejercer una influencia decisiva sobre los gobernantes de tierras paganas; influencia, a su vez, presidida por un afán de conciliar la tradición histórica, mitológica y religiosa de esas tierras paganas con el Evangelio de Jesucristo, pero que sor Juana ejerció de manera particular y osada; es decir, influyendo no sólo en los gobernantes de su patria nativa, sino también en la intrincada clerecía de su época y en los intelectuales de esa otra inmensa patria que en sus tiempos ya era el idioma castellano.

Sin embargo, antes de que pasemos a desarrollar estos conceptos ciertamente áridos para la actualidad, es preciso detenernos en la figura literaria de sor Juana; es decir, considerar por qué dicha figura es tan atrayente y sugestiva que ha concitado opiniones de todo tipo, pero la inmensa mayoría de ellas signadas por una profunda admiración que, en mentalidades machistas o misóginas, llega al estupor y el asombro por estar hecha por una mujer, detalle que también merece un acercamiento cauteloso de extrema dialéctica, pues si decimos que no fue una mujer sino un espíritu o una mente quien la hizo, estaríamos convocando la justa ira de las feministas radicales, las cuales parecen enfatizar con sus alegatos el mismo asunto que pretenden negar en su teoría: que no hay diferencias sustanciales entre hombre y mujer. Y si por otra parte aducimos que el carácter monjil y virgen de sor Juana la sustrae de su condición femenina, detalle que ella misma expone en cierto romance que pronto citaremos, estaríamos olvidándonos de una diferencia básica aceptada por los más sinceros y lúcidos intelectuales del género masculino, entre ellos Erich Fromm, José Ortega y Gasset y Bachofen: que la mujer posee una virtud protectora en contraposición con la actitud dominante y castradora del varón.

Así, pues, para no enturbiar más esta polémica que en nuestro tiempo adquiere dimensiones planetarias y que sin duda está cambiando la fisonomía y el alma del globo terráqueo, diré con apego a la tradición subterránea y lunar, con apego a meras intuiciones aunque con cierta base bibliográfica, que la justicia poética determinó que una mujer sea el más elevado ejemplo de intelectualidad, literatura y poesía en un ámbito hiper machista: Iberoamérica, pues a pesar de que se dé por sentado que el estilo entre barroco y manierista de los versos más intrincados de sor Juana ya no sean un punto de partida, sino un punto final de la retórica poética en idioma español, lo cierto es que ese mismo estilo campea en uno de los géneros más prestigiados de la actualidad: el ensayo en idioma español; y ello sin que los propios ensayistas que practican este estilo, así como otros más sobrios, lo hayan advertido. Pero en fin, se trata de un homenaje involuntario, aunque fidedigno, a una retórica chispeante que si bien tiene sus raíces en la España del famoso Siglo de Oro, en sor Juana adquiere tonos propios, especialmente en lo que atañe a una dialéctica impecable, siempre al servicio de una ética límpida, pese a estar veteada de “atrevimientos” profanos como unos pocos epigramas de gran fiereza o el detalle de rimar con “caca”.

Por lo que se refiere a la propia definición de sor Juana, en un romance en que le responde jocosamente a un “caballero” peruano que le envió de regalo unos recipientes de barro sólo para tener el pretexto de sugerirle que se volviese hombre, la poetisa afirma, refiriéndose en primera instancia al convento que habita:

                                   Sólo sé que aquí me vine

                                   porque, si es que soy mujer,

                                   ninguno lo verifique.

 

                                   Y también sé que, en latín,

                                   sólo a las casadas dicen

                                   úxor, o mujer, y que

                                   es común de dos lo virgen.

 

                                   Con que a mí no es bien mirado

                                   que como a mujer me miren,

                                   pues no soy mujer que a alguno

                                   de mujer pueda servirle;

 

                                   y sólo sé que mi cuerpo,

                                   sin que a uno u otro se incline,

                                   es neutro, o abstracto, cuanto

                                   sólo el alma deposite.

 

                                   Y dejando esta cuestión

                                   para que otros la ventilen,

                                   porque en lo que es bien que ignore

                                   no es razón que sutilice.

Esta puertita, que sor Juana abrió con gracia, ha sido traspuesta multitudinariamente, pero el enigma sigue vigente, y se podría decir que cada quien lo resuelve según su carácter o su ideología. Otra virgen, Virginia Woolf, escribió una célebre novela, Orlando, quizá sólo para afirmar que la mente es la misma (es decir, el mismo misterio, la misma magia, el mismo fenómeno, la misma dualidad entre “yo y mis circunstancias”) en el hombre y en la mujer. Pero a mí me complace la idea de que haya sido una mujer quien lograra elevarse sobre el arte y la intelectualidad de su época de tal modo que hoy sigue siendo no sólo una referencia insoslayable de la historia de la literatura en lengua castellana, sino también un prodigioso venero de placer y sabiduría para sus lectores.

¿En qué consisten, pues, tales atributos de su escritura? En primer lugar, en algo que no se puede medir ni ponderar, pero sin lo cual no existe el placer de la lectura: el encanto, la gracia. En segundo lugar, como ya apunté, una dialéctica luminosa, de indudable origen platónico, que entre los avatares del amor, de la intriga, de la comedia, del humor, de la tragedia, ya no digamos de los temas religiosos, nos muestra siempre una sabiduría muchas veces estoica que nos lleva a la felicidad o a su semejante: evitar el error o el pecado, términos hoy identificados como lo mismo por el pensamiento laico. En tercer lugar, la variedad: en la métrica, en los modelos clásicos (soneto, romance, redondilla, villancico, auto sacramental…), en los géneros literarios (poesía, teatro, ensayo) y en los temas. Y en cuarto lugar, su patente erudición humanística, científica, mitológica y religiosa, erudición en la que se enredaron durante mucho tiempo sus seguidores y los neoclásicos, pero que ella utiliza a modo de soporte estructural y usualmente con originalidad.

Ese encanto, esa gracia de la escritura de sor Juana se ve con frecuencia aderezada con rasgos de humor fresco, alegre, simpático. Por ejemplo, en un pastiche o imitación que hace del estilo jocoso de uno de sus contemporáneos, Jacinto Polo, para hacer el retrato verbal de una belleza, desarrolla lo que hoy llamamos ejercicio de estilo a la manera en que Lope de Vega escribe su famoso soneto que le manda hacer Violante; sólo que sor Juana en vez de catorce versos burla burlando, escribe 296 que no tienen desperdicio y que, de paso, constatan un factor constante de su obra: su renacentismo, entendido como una atención celebratoria de la naturaleza en la que, evidentemente, se incluye en primer plano a la humanidad, o, como se decía hasta hace poco, al hombre, y en la que se acentúa la perspectiva científica del artista. Así, con donaire, con falsa expresión de dificultad para el genio pero genuina dificultad para el común de los poetas, y, sin duda, pensando en el soneto aludido de Lope, sor Juana desliza esta alusión inequívoca al Siglo de Oro que la marcó profundamente:

¡Oh siglo desdichado y desvalido

                                   en que todo lo hallamos ya servido,

                                   pues que no hay voz, equívoco ni frase

                                   que por común no pase

                                   y digan los censores:

                                   ¿Eso? ¡Ya lo pensaron los mayores!

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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