Enrique Saínz
(Segunda parte)
Así sucede en “Decadencia”, donde de manera súbita aparece una frase que rompe la paz de las primeras líneas del poema, una ruptura que viene a introducir la rápida presencia de lo inesperado.
Leamos estas dos espléndidas estrofas:
Al anochecer cuando convocan las campanas a la paz,
sigo los vuelos prodigiosos de las aves,
que en larga bandada, a modo de piadosa peregrinación,
se pierden en la diáfana lejanía del otoño.
Mientras deambulo por el jardín en penumbra
mi sueño acompaña sus más claros destinos,
y casi no advierto moverse la aguja del reloj.
Así sigo sus rutas por sobre las nubes.
El siguiente verso aparece y deshace el encanto y el sosiego alcanzados en la contemplación y en el suave deambular del poeta: De súbito me estremece un soplo de decadencia. Todo cambia entonces: se escucha el lamento del mirlo, se hacen más evidentes las ramas despojadas de sus hojas, los racimos chocan contra “las herrumbrosas verjas”, brota un símil tristísimo:
al tiempo que, como niños pálidos que hacen ronda a la muerte,
alrededor de oscuros brocales que se desmoronan,
ásteres azules se doblan trémulos al viento.
El paisaje muestra ahora los signos de muerte con total claridad, ocultos para el poeta en los instantes anteriores a ese soplo que lo hirió en lo más profundo. Puede apreciarse en sus poemas, desde los mismos inicios de su obra hasta los textos finales y al margen de ciertas diferencias significativas en las dos grandes etapas de su quehacer, una constante batalla entre la luz y las tinieblas, entre el ser y el no-ser, entre el sosiego y la angustia.
Hallamos verdaderos cantos a la naturaleza en toda la belleza de su esplendor, como los ejemplos que citamos, junto a visiones sombrías, lúgubres, de un mundo que se deshace y se corrompe continuamente, expresado con una magistral adjetivación en la que los colores desempeñan una función clave para una acertada interpretación de esta poética.
En su vida, hay períodos más o menos extensos de gran vitalidad, de un hedonismo que se contradice con los períodos de depresión y desasosiego que con frecuencia lo sumergían en profundas experiencias de desaliento y desánimo. Cierto júbilo dionisíaco alterna con las crisis nerviosas de las que da testimonio en su epistolario.
Las investigaciones que se han realizado en torno a su vida y su obra, en las que han sido de suma importancia los testimonios de amigos, nos hablan de “un niño sano, vivo y fuerte, no diferente de los otros”, como anota José Luis Reina Palazón.
Su acercamiento a la naturaleza constituye una búsqueda de plenitud y de grandeza que no halla el poeta en la civilización, “busca en ella consuelo y refugio”, advierte Angélica Becker, pero en ese diálogo entrañable con el medio natural no puede alcanzar las anheladas visiones que buscaba, pues los paisajes, con sus colores, sonidos, olores, con los diferentes estados de la luz, son contemplados y sentidos por un hombre que ha vivido devastadoras experiencias íntimas y está marcado por lo que Aldo Pellegrini llama, al caracterizar la vida y la obra de Trakl, “un hondo pesimismo”.
Un radical conflicto religioso nutre la obra toda de este poeta de los primeros años del siglo xx, formado en la rica tradición alemana y en la lectura de Rimbaud, de tanta importancia en su cosmovisión, una impronta de no menor trascendencia en él que la que recibió de Novalis y de Hölderlin, acaso los dos poetas de su lengua que más influyeron en su poesía.
Como ha observado la crítica, la nostalgia que nos llega de la lectura de sus textos poéticos nos habla de la pérdida de una edad mítica, paradisíaca, de la que fuimos expulsados por el pecado, vieja tesis bíblica que Trakl asume como una vivencia de dimensiones absolutamente metafísicas.
Diríase que su poesía es el testimonio del destierro, testimonio desesperanzado ante la conciencia de que todo está contaminado por la muerte y la descomposición, verdades evidenciadas en toda su fuerza en los estremecedores versos de “Grodek”, su último poema, y en tantos y tantos otros de los que integran su obra.
El cristianismo está en las raíces mismas de su formación espiritual, pero es el suyo un cristianismo ajeno a toda ortodoxia, contaminado con diversas fuentes culturales que introducen importantes diferencias en el canon bíblico del que parte en lo esencial su religiosidad.
El excesivo hedonismo que se aprecia en su vida en ciertos momentos, esa búsqueda del placer sensorial y su afición al alcohol y a las drogas, decisivas en la agudización de sus angustiosos conflictos con la realidad social y con la propia conciencia de culpabilidad, tan agobiante en sus años finales, se entremezcla con su asimilación e interpretación de los postulados esenciales del cristianismo.
En sus riquísimas reflexiones acerca de la poesía de Trakl se cuestiona Heidegger el carácter de su pertenencia a una concepción genuinamente cristiana del mundo, juicio que podemos compartir al comprobar la ausencia de la esperanza redentora en sus textos, aunque en algún que otro momento aparezca como la única posibilidad real del ser humano de alcanzar la sobrevida.
En el poema “Alma otoñal” nos dice, en la última estrofa:
El pan y el vino de una vida recta.
Dios, en tus manos benévolas
deposita el hombre el oscuro final,
la culpa toda y el rojo tormento.
Como expresión de sus contradicciones hallamos también, en otros versos de otros poemas, frases que niegan esa esperanza y en general su reiterado rechazo, ya al final de sus días, a continuar viviendo en medio de tal estado de descomposición física y moral como la que nos deja ver en sus poesías más desgarradoras, en las que rompe con los postulados del progreso social y de los cánones del romanticismo, un movimiento que no deja de estar presente en su visión del mundo, en especial en la obra de Novalis.
En los poemas “La noche”, “Tres visiones en un ópalo”, “Ensueño y demencia”, entre otros, puede constatarse la presencia de un cuestionamiento de la idea de Dios, subyacente no obstante en la particularísima visión que tiene este poeta de la realidad natural, de la culpa, de la historia del hombre.
A propósito de lo que venimos diciendo leamos este criterio de Aldo Pellegrini en el trabajo citado: “No queda sino decir que Trakl es cristiano en cuanto su particular mitología se desarrolla en un ámbito cristiano. Como en el caso de su singular captación de la naturaleza, lo cristiano se convierte en una especie de soporte simbólico, que Trakl anima, vitaliza con sus contenidos oníricos. Así viste de colores y sonidos a los ángeles, tanto celestiales como caídos, a Dios, a Cristo, los motivos del Calvario, etc., y los vuelve presentes en la humana existencia.
“Trek utiliza imágenes cristianas para crear toda una simbología del tormento del hombre a través de la Pasión de Cristo. A la vez, tal afirma su asunción del Infierno que es para él un modo de asumir la propia culpa. Es como si la experiencia del Infierno fuera una carga que el hombre, por un sentido ético, no debe regir. Su cristianismo aparece entonces como una unión al modo gnóstico de Cristo y Lucifer.
Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2021). Autor de numerosos libros de ensayos, entre los que figuran Trayectoria poética y crítica de Regino Boti, Ensayos críticos, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones y La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación.
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