Enrique Saínz
(Segunda parte y final)
El paralelo arroyo-lágrimas no hubiese sido concebido así por Góngora, sino mediante detalles alusivos que son entonces imprescindibles para una intelección de los elementos comparados: de un arroyo nos dice en los versos 349-350 de la “Soledad segunda”: Rompida el agua en las menudas piedras / cristalina sonante era tiorba, y acto seguido describe de este modo el suceder:
y en las confusamente acordes aves
entre las verdes roscas de las yedras,
muchas eran, y muchas veces nueve
aladas musas, que de pluma leve
engañada su oculta lira corva,
metros inciertos sí, pero süaves,
en idïomas cantan diferentes,
mientras, cenando pórfidos lucientes,
lisonjean apenas
al Júpiter marino tres Sirenas.
Lenguaje indirecto, estilo de la ornamentación y del ocultamiento. Góngora es lúdicro, intrascendente, purista, escultórico; Calderón, en cambio, es dramático, grave, comprometido, abstracto, trascendentalista.
¿Y Quevedo? Su barroquismo es trágico, de un radical inmanentismo, si bien tocado en otros momentos por una profunda influencia bíblica. Sus grandes sonetos a la muerte –paradigmas del conceptismo– y los que exaltan la belleza femenina, dejan ver a un poeta hondamente escéptico, desengañado de las glorias y esplendores de la corte y de la existencia toda, en perenne batalla, sin embargo, contra esas fuerzas tanáticas que él percibió con tanta nitidez.
Aunque Góngora sea, en alguna medida, un representante de la decadencia española, no es ese el rasgo que mejor lo define en lo externo, en una lectura hedonista, como sí sucede con Quevedo. En sus más intensas páginas, elaboradas con un regodeo preciosista que está muy lejos del culteranismo de las Soledades, pero que tiene mucho que ver con ellas, no hallamos la teología humanista de Calderón, representante él también, como Quevedo, de lo que podríamos llamar un escepticismo historicista, sólo que en el autor de La vida es sueño ese escepticismo se integra a una cosmovisión espiritualista que rebasa los trágicos límites de la existencia del individuo.
Así como Góngora llega a los límites del lenguaje, Quevedo llega a los límites del diálogo del hombre con la Historia. En la obra de Calderón se rebasan esos conflictos, y sus textos, sin dejar de pertenecer y de representar altamente el barroco de su época, se elaboran con una diafanidad que mucho nos recuerda en algunos momentos el tono garcilasista, a pesar del neoplatonismo y del desentendimiento de toda problemática teológica en el autor de las más puras églogas de todo el idioma.
El límite al que Góngora lleva la lengua tiene su correlato en el suceder histórico-social de España y en los conflictos personales del poeta, aislado de la corte por los años en que escribe las Soledades, tras los fracasos para instalarse como poeta y personaje en esos ambientes. Es la suya una experiencia del contexto, y las Soledades una obra que quiere responder a esa situación. Como sucede en Quevedo, la crisis de Góngora es en primer lugar una crisis de raíz historicista, en la que el poeta no busca soluciones trascendentes de orden teológico.
Calderón asume esas problemáticas de otra manera, de ahí que su barroquismo sea diferente, de carácter conceptual antes que estilístico, si bien la conceptualización teológica genera los rasgos que ha señalado la crítica: claroscuros, antítesis, conciencia de la muerte. Sus versos son, en cambio, diáfanos y de mayor ligereza, sin complejidades mitológicas ni metáforas descomunales.
John Beverley se detiene, siguiendo a otros estudiosos, en algunas reflexiones interesantes en torno al personaje del peregrino en las Soledades. Apunta entonces: “Este personaje no pretende representar el arquetipo paulino, tan difundido en la alegoría didáctica del barroco, del alma cristiana como peregrino en el mundo de las ilusiones. Es un héroe secular, un producto de la propia situación del poeta en cuanto hidalgo desclasado […] y, por consecuente, exiliado interno; es decir, un ser solitario que busca refugio en la soledad de la naturaleza primitiva y de formaciones sociales naturales.”
Ese peregrino, en su condición de desterrado de una sociedad, es el peregrino bíblico, el hombre que ha perdido el paraíso, del que nos habla Calderón en su dramas y autos sacramentales, con una sustantiva diferencia: al gran dramaturgo barroco le interesa mucho la diafanidad de su discurso porque en él hay un destino trascendente, en tanto que los otros dos grandes exponentes de esas situaciones límites crean toda una manera que culmina y se cierra en sí misma, otro lenguaje en el que se regodean y viven, estilo de la sustitución.
Quevedo nos habla de sus soledades, como Lope, y nos dice que allí convive con sus libros (Con pocos pero doctos libros juntos / entro en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los muertos), no mira a la muerte como Calderón, sino con el terror de una angustia que lo posee, como Unamuno.
La palabra en Calderón, esos extensos parlamentos de delicada música, que discurren suavemente –los que, bien dichos en el teatro, han de tener una belleza extraordinaria–, no puede ser una elaborada arquitectura, pues en ella está la posibilidad de romper el encierro del hombre, lo que podríamos llamar la desesperanzada cerrazón de la existencia terrestre, histórica, moral, limitada entre la decadencia y la muerte.
Los momentos líricos de su teatro exponen una tradición de claridad, íntimamente relacionada con la sustentación teórica de la que se nutre su obra. Si Quevedo es nuestro contemporáneo por la tremenda fuerza de su angustia, y un clásico por la maestría de sus poemas, con los que la lírica del idioma llegó a uno de sus más altos momentos; si Góngora reaparece en la segunda mitad de la década de 1920 en la Generación del 27 y en otros poetas de esos años o de períodos posteriores, herederos directos o no de sus estirpe y de similar relación que el cordobés con sus respectivos idiomas, Calderón se sigue representando y leyendo en nuestros días, entre otras causas –no la menor– por la espléndida maestría de sus parlamentos, que no es otra que la de un poeta cabal.
Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.
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