Enrique Saínz
(Segunda parte y final)
Hay cierto tono lúdicro en sus primeras poesías, pero no en el sentido menos profundo y externo del humor, que no existe en absoluto en esas páginas, sino en la mirada, digámoslo así, de lo real, como se aprecia en la décima numerada con el II, en la que percibimos una suerte de divertimiento en el uso mismo de la forma estrófica, que da la impresión de una respuesta a algún reclamo de un interlocutor que le pidiese un ejercicio de habilidad, a la manera del famoso texto de Lope “Un soneto me manda hacer Violante”.
Si ese fuese el trasfondo de ese ejemplo, sería explicable en los comienzos de su obra, cuando el creador estaba entregando a sus lectores un cuerpo de sensaciones y de experiencias entre las cuales podía incluir también la de un aprendizaje. El dominio de las formas era parte de su presentación al público, de su entrada en el mundo de la poesía.
En las imperfecciones de ese poema, está la mano aún insegura de un joven, pero quizá también el desinterés porque se trata de un juego inocente que el poeta no considera importante, si es que puede pensarse eso de Cernuda en algún momento de su historia como escritor.
Es acaso el menos consistente de todos los poemas que incluyó en ese tomo. Otras décimas, como la “XV” y la “XVII”, tienen un mejor acabado y mayor riqueza conceptual. Se integran al conjunto en una dimensión más profunda.
En sus aciertos, encontramos una consonancia fundamental con el sabor clasicista y con el esteticismo de esos momentos de su poesía, y en no menor medida con la problemática del poeta que se ve y se sabe distante de su circunstancia y de su paisaje.
Es, como ya apuntamos, el correlato estético de su conciencia de la soledad. Ese regusto formal en un contexto de renovación puede significar, en la obra de Cernuda, no así en las de sus coetáneos españoles, un revelador regodeo del poeta ante la belleza abstracta, actitud que ahonda esa relación entre el esteticismo de su primer libro y el drama individual del poeta.
Muchos de los grandes sonetos de la lengua cantan al amor, la soledad, la fugacidad de la vida. Las décimas y sonetos de ese Cernuda inicial son portadores asimismo de sentimientos similares, trágicos ellos también, como en los grandes maestros de los siglos XVI y XVII.
Más tarde, el poeta se acercará a la realidad y la contemplará y disfrutará en toda su belleza propia, la belleza que ella misma le regala en los cuerpos deseados. En los años en que escribe Perfil del aire, la encuentra esencialmente sólo en el deseo, no puede apreciarla en toda la fuerza de su carnalidad, pero la buscará asimismo en las formas literarias, en la belleza verbal, en la que tendrá, además, la posibilidad de expresar, por otros medios, su diálogo consigo mismo, en soledad, aislado del mundo y de los otros.
En esas poesías de 1924-1927, hay una percepción del fluir del tiempo y la consecuente conciencia de la fugacidad, pero hay también una experiencia del hastío, abrumadora experiencia que crea una atmósfera de tiempo detenido, fijeza inmutable, dualidad de sensaciones que tiene su origen en la desolada angustia del poeta que no ha logrado aún realizarse en el diálogo amoroso.
El fluir temporal lo vemos en el poema “XII”, en cuyas estrofas nos dice el poeta:
Eras, instante, tan claro.
Perdidamente te alejas,
Dejando erguido al deseo
Con sus vagas ansias tercas.
Siento huir bajo el otoño
Pálidas aguas sin fuerza,
Mientras se olvidan los árboles
De las hojas que desertan
En la siguiente leemos el hastío:
La llama tuerce su hastío,
Sola su viva presencia,
Y la lámpara duerme
Sobre mis ojos en vela.
En otro poema alternan ambas experiencias, en el “VIII”:
Vidrio de agua en mano del hastío.
Ya retornan las nubes en bandadas
Por el cielo, con luces embozadas
Huyendo al asfaltado en desvarío.
[…]
Las palabras que velan el secreto
Placer, y el labio virgen no lo sabe;
El sueño, embelesado e indolente,
Entre sus propias nieblas va sujeto,
Negándose a morir. Y sólo cabe
La belleza fugaz bajo la frente.
En un espléndido verso del poema “XIX” vuelve una percepción del “XII”:
El puro hastío que la llama siente
y en este otro del mismo reaparece la fugacidad en una línea que parece de Garcilaso:
Postrada y fiel huye la edad mudable.
Entre esas dos experiencias, el poeta en el centro, padeciendo su deseo insatisfecho:
Y una vaga promesa
Acunando va el cuerpo.
En vano dichas busca
Por el aire el deseo.
(Poema XVI)
Quiero comer horizonte
Para mi muda gloria
Tus brazos, que ciñendo
Mi vida la deshojan.
(Poema VII)
Lejanías, noches, soledad, sueños y anhelos, belleza deseada pero no vivida, clasicismo, mesura, contención, conciencia de la fugacidad y experiencia del hastío. Consecuentemente, dichas efímeras y frustraciones irán conformando el mundo cernudiano, cualesquiera fuesen sus búsquedas literarias y sus filiaciones ideoestéticas.
Siempre percibimos en su poesía, a lo largo de sus diferentes etapas y en los poemas clave o menos significativos, tanto como en los mejor logrados y en aquellos de realización menos acabada y paradigmática, una insuperable insatisfacción, visible asimismo en sus relaciones sociales y en sus ideas políticas.
Su intolerancia ante la realidad, se trate de los otros o de los problemas de España, tiene su raíz en la imposibilidad de la experiencia erótica total, algo que está más allá de determinadas vivencias más o menos perdurables.
Es evidente que en algunos momentos de su evolución espiritual, el poeta se mueve en planos abstractos: el amor y no el individuo. En sus textos vemos siempre un objeto deseado por su belleza, como la encarnación de un ideal en un cuerpo. Se admira más por la existencia de la belleza en sí que por la persona que la hace visible.
Paz observa el “Paso del amor activo al contemplativo”, y antes ha dicho, después de citar dos frases del poeta, que en amabas “afirma la primacía del amor sobre los amantes”. Más adelante define en estos términos la visión de Cernuda en ese sentido: “Exaltación del amor y abajamiento de los hombres.”
Todo ello estaba ya, de forma más o menos velada, en Perfil del aire, pero aún sin las distinciones esclarecedoras que haría más tarde, inmerso como estaba el poeta, en aquellos años iniciales de su obra, en un estado de candorosa inocencia, vulnerable, pero aún no vulnerado.
Pero su perenne inconformidad con todos y todo tiene, además, otra raíz: su ensimismamiento, consecuencia a su vez de la intolerancia social frente al homosexualismo y de su concepto del amor –concepto que está en el centro de su vida– como una fuerza ajena a la sociedad, tanto por su naturaleza exclusivamente natural como por su carácter subversivo, de ruptura de cánones y restricciones impuestas por la práctica de la convivencia, esa segunda naturaleza que Cernuda no está dispuesto a obedecer en detrimento de la fidelidad a sí mismo.
Nuestro poeta quiere vivir como siente y se vuelve entonces hacia adentro –recordemos la segunda estrofa del poema “VIII” de Perfil del aire: “Y la fuga hacia dentro. Ciñe el frío, / Lento reptil, sus furias congeladas; / La soledad, tras las puertas cerradas, / Abre la luz sobre el papel vacío” –, se encierra y se desentiende de los preceptos sociales, y con ellos de la moral y del sustrato religioso que la nutre.
Cierto paganismo sustenta su poesía, parte consustancial de su vuelta a la cultura griega, de su clasicismo, tan presente en este poemario de 1927 en su cultivo de las formas. En esas páginas está, por su estilo y los temas esenciales que las conforman, el poeta posterior, como hemos venido señalando en estas reflexiones.
Acaso el más significativo rasgo de esta primera entrega, entre los que integrarían el Cernuda de los más célebres libros, es el de la conciencia de la inasibilidad del amor, su distanciamiento ontológico, visible en esa percepción de la lejanía que está en el centro de Perfil del aire.
La soledad radical –consecuencia de esa incomunicación– que apreciamos en el poeta que escribió aquellos poemas, nos define asimismo al que más tarde habría de mostrarse intransigente en su diálogo con la Historia y con sus semejantes. La lectura de este poemario nos trae la satisfacción de sus calidades intrínsecas, su acendramiento formal, y, al mismo tiempo, la del conocimiento, en sus inicios, de una personalidad singularísima de la poesía de nuestra lengua.
Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.
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